09/07/2020
Bitácora de la agonía : Cerré la puerta de Salamanca un viernes por la tarde, estaba dispuestx a no mirar atrás al irme, a no llorar y tampoco escribir tangos sobre despedidas y adioses ni comenzar con sentimentalismos que te venden las películas sobre las despedidas. Parecía una película , sí.
Salí en busca de nuevos aires, al menos eso pude decirle a un amigo mientras puteaba diciendo que todo esto era un error , fu***ng chabón y que tipo choto el dueño , y es que todos lo veían así, pero los dueños hacen lo que quieren con sus casas. La casa aunque muy acogedora y llena de arte por un momento, ya desde el principio contenía el germen de una desdicha o por lo menos algo amargo. Los pasillos que susurraban los textos de muchas obras que se ensayaron ,los muebles carcomidos en la terraza por los años, la montaña de basura que saqué recién unos meses antes del fin y todo lo que alguna vez brilló de esplendor me retumbaban en la cabeza. Había vivido presx de ese lugar, como un Segismundo feliz sin flores ni jardín y los mismos vecinos por años. Salamanca que había sido mi hogar retumbaba en mis oídos con su rechinar de puertas y fantasmas , y el tiempo como un carcelero me dictaba la sentencia de que todo concluye al fin , y yo cobarde me había resignado a cumplir mi sentencia injusta, lo hice , estaba dispuesto a vivir otras melodías en este espanto de mundo con final abierto, a conseguir otra forma de agenciarme de alimento, romper mediocre el ritual del tiempo , salir a un vacío sin horas ni minutos , muy sosegado y dócil, lo habría hecho de no ser porque en ese punto del quebranto de mi reducido mundo, al contemplar mis visibles cicatrices y mi equilibrio gastado de tanto andar, no hubiese ocurrido esa supensión… en la cual solo me basto mirar alrededor y contemplar lo miserable y pobre que fui toda mi vida y lo poco que realmente había vivido.
Un día salí de Salamanca para no volver más, con un cúmulo de sueños rotos en la maleta, con los ojos inundados de soltura, con ese aire irrespetuoso de comerme el mundo y también con vacilación y algo de ansiedad porque había escuchado que vivir daba mucho pánico pero en ese instante comprendí que no vivir nos mataba en agonía.