12/06/2026
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí. No me expulses de tu presencia y no me quites tu Espíritu Santo”. Salmos 51:10-11 (NTV)
Lee completo el Salmo 51 es una oración de arrepentimiento pidiendo purificación. Mientras lo haces, con una actitud de súplica, permite que el Espíritu Santo hable a tu corazón. No te apures a avanzar en la lectura, confiesa el pecado que viene a tu mente, aquello que cometiste quizás sin saber que ofendías a Dios. Renuncia a lo que tengas que renunciar y aférrate a Sus promesas.
“Purifícame con hisopo, y seré limpio”, oró David porque había quebrantado los mandamientos del Señor, y de hecho nosotros también lo hicimos, pero si le pedimos: “Lávame, y seré más blanco que la nieve”, Él lo hará, hará correr Su Palabra, que es agua limpia, y aplicará la sangre de Su Hijo Jesús, que fue derramada para el perdón de nuestros pecados.
Al decir: “Yo reconozco mis rebeliones”, el rey David se estaba humillando, admitía su desobediencia, que se había levantado en contra del Rey de reyes y Señor de señores. Por eso, necesitaba un nuevo corazón, un espíritu recto. Igualmente, cada uno de nosotros debería orar así, porque precisamos un alma pura para vivir en intimidad con Él.
El versículo 8 dice: “Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido”. Y el Salmo 32, que también lo escribió David y destaca la dicha del perdón, en el versículo 3 señala: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día”. No lo sabemos, pero quizás, mientras no confesó su pecado, se sintió culpable y comenzaron a dolerle los huesos, a sufrir algunas de esas enfermedades que hoy en día la medicina dice que su raíz es emocional (amargura, falta de perdón, resentimiento, culpabilidad). Podrían haber sido respiratorias o digestivas, pero menciona los huesos. ¿Será que ese dolor físico te viene por un pecado no confesado? Hay sanidad, liberación y perdón en Su presencia.
Aquíeta tu alma y escucha la voz del Padre, conéctate a Su poder para recibir sanidad, un renuevo y una frescura. En tu tiempo con Dios, humíllate, levanta tus manos y deja que la sangre de Jesús te limpie.
Lectura congregacional: Deuteronomio 17; Salmos 104