15/08/2026
En este día, el decimoquinto del mes de Agosto, la Santa Iglesia Ortodoxa solemnemente celebra la fiesta de la Dormición de la Madre de Dios y siempre Virgen María.
Cuando Cristo nuestro Dios consideró oportuno llamar a Su madre con Él, envió a un ángel tres días antes para darle la noticia. Al presentarse ante ella, el ángel le dijo a la llena de gracia: ‘Esto es lo que dice tu Hijo: “ha llegado el momento de llamar a mi madre conmigo.” No sientas temor por esta noticia, sino más bien alégrate, porque vas a la vida eterna.’ Aceptando con beneplácito este mensaje de alegría, la Madre de Dios, llena de un ferviente deseo de elevarse hasta su Hijo, fue al monte de los Olivos para orar allí con tranquilidad, como lo hacía a menudo. Un asombroso milagro ocurrió entonces: en el momento en el que la Santísima llegó a la cima del monte, los árboles se inclinaron para glorificar a la Reina del mundo, como siervos dotados de razón.
Después de haber orado, la Santísima regresó a su casa en el monte Sión. Cuando ella entró a la casa, repentinamente ésta se estremeció. Dando gracias a Dios, encendió las lámparas de aceite de la casa y reunió a sus parientes y amigos. Ordenó todas sus cosas, preparó su lecho de muerte y les dijo a todos que se preparasen para su funeral. A las mujeres que acudieron a su llamado, les reveló la noticia de su partida al cielo y, como prueba, les dio la rama de palma, símbolo de la victoria y la incorruptibilidad, que le había dado el ángel. Aún aferrados al mundo, todos escucharon la noticia con dolor, derramando abundantes lágrimas y lamentándose, rogándole a la Madre de Dios que no los dejara huérfanos. Ella los consoló, asegurándoles que aunque se iba al cielo, los seguiría protegiendo tanto a ellos como a todo el mundo por sus oraciones. Al oír estas palabras, las mujeres dejaron de llorar y se apresuraron a hacer los preparativos. La Santísima también les dijo que les dieran las dos únicas vestimentas que poseía a dos viudas pobres que eran sus constantes compañeras y amigas.
Dicho esto, la casa se estremeció nuevamente como si hubiese estallado un trueno, y se cubrió de nubes que llevaban a los Apóstoles, traídos desde las partes más lejanas del mundo. Fue así que toda la Iglesia, a través sus personas, estuvo místicamente presente para celebrar el funeral de su Soberana Señora. Al coro de los Apóstoles se le unió el de los jerarcas como San Hieroteo (4 oct.), San Dionisio el Areopagita (3 oct.) y San Timoteo (22 ene.). Con sus ojos llenos de lágrimas, le dijeron a la Madre de Dios: ‘Si pudiese permanecer en el mundo y vivir entre nosotros, nos gustaría, por supuesto, pues implicaría un gran consuelo, Señora, ya que sería como ver a su Hijo y nuestro Señor. Sin embargo, como ha llegado la hora según la voluntad de Él, de ser llevada al cielo, lloramos y nos lamentamos como puede ver. Pero nos alegramos por todo lo que le ha sido preparado.’ Ella respondió: ‘¡Oh, discípulos y amigos de mi Hijo y mi Dios!, no transformen mi alegría en tristeza, sepulten mi cuerpo y eviten modificar la posición que adoptaré en mi lecho de muerte.’
Al oír estas palabras, San Pablo, el instrumento escogido, se arrojó a los pies de la Santísima para venerarla, dirigiéndole esta alabanza: ‘¡Salve, oh Madre de la Vida y motivo de mi predicación, pues, aunque nunca he visto a Cristo encarnado, al verla a usted, creo verlo a Él!’.
Después de haberse despedido de todos los presentes, la Inmaculadísima se tendió en su lecho de muerte, en la posición deseada, y ofreció una oración ferviente a su Hijo por la preservación de la paz en el mundo entero. Entonces, después de haberles dado su bendición a los apóstoles y jerarcas, ella, con una sonrisa y con toda tranquilidad, entregó su alma, más blanca y resplandeciente que cualquier luz, en las manos de su Hijo y su Dios, que se había presentado junto al Arcángel Miguel y un ejército de ángeles. Su muerte se produjo sin ningún sufrimiento ni angustia, ya que su maternidad había sido sin dolor.
Pedro, el líder de los Apóstoles, entonó entonces el himno fúnebre y sus compañeros tomaron el féretro, precedido por los demás presentes que llevaban antorchas y acompañaban el cortejo cantando. San Juan el Teólogo encabezaba la procesión en silencio, sosteniendo la palma de la victoria en la mano, seguido por la multitud de discípulos. También se podía oír a los ángeles, uniendo sus voces a las de los hombres, por lo que el cielo y la tierra se llenaron por completo con este lamento en honor de la soberana Señora de todo el mundo. El aire se purificó por el ascenso de su alma, la tierra se santificó por el entierro de su cuerpo, y muchos enfermos recuperaron la salud. No pudiendo soportar esta visión, los líderes de los judios despertaron a sus seguidores y los enviaron a destruir el féretro que lleva el vivificador cuerpo. Pero la justicia divina se anticipó a su oscuro plan, y los dejó a todos ciegos. A uno de ellos, el sacerdote Jefonías, que con gran audacia había logrado tocar el sagrado féretro, también le fueron cortadas sus manos hasta el codo por la espada de la ira divina, y sus brazos cercenados quedaron colgados del féretro, mostrando un espectáculo lamentable. Llevado al arrepentimiento por el castigo, Jefonías abrazó con entusiasmo la fe y, a una palabra de Pedro, fue curado y se convirtió para sus compañeros en un instrumento de salvación y sanidad. Cuando se le dio una rama de la palma de la Madre de Dios, él la puso sobre los ojos de sus compañeros, y estos se curaron simultáneamente de su ceguera física y espiritual.
Al llegar al Huerto de Getsemaní, los Apóstoles sepultaron el cuerpo santísimo de la Madre de Dios y permanecieron allí durante tres días, orando sin cesar y entonando himnos angelicales. De conformidad con una disposición de la divina Providencia, uno de los Apóstoles (Tomás, según algunos), no estuvo presente en el funeral. Sólo llegó a Getsemaní al tercer día, y estaba desconsolado por no haber visto por última vez el cuerpo divinizado de la Santísima. Los Apóstoles, entonces, de común acuerdo, decidieron abrir la tumba para que pudiera venerar el cuerpo santo. Cuando levantaron la piedra que cerraba la entrada, todos se llenaron de asombro al descubrir que el cuerpo había desaparecido y que sólo estaba el manto que lo cubría, vacío y manteniendo la forma del cuerpo. Fue una prueba irrefutable del traslado al cielo de la Madre de Dios: su resurrección y la ascensión de su cuerpo, unido de nuevo con su alma, por encima de los cielos y cerca de su Hijo, para ser nuestra representante y defensora ante Dios.
María, ‘hija de Adán’, habiéndose convertido verdaderamente en ‘Madre de Dios’ y ‘Madre de la Vida’ al dar a luz a aquel que es la Plenitud de la Vida (cf. Jn. 14:6), tuvo que pasar por la muerte. Pero su muerte no fue una deshonra, porque fue vencida por Cristo, quien se sometió voluntariamente a ella para nuestra salvación, y convirtió a la condenación de Adán en una ‘muerte vivificadora’ y principio de una nueva existencia. Y la tumba de Getsemaní, así como el Santo Sepulcro, aparecieron como una ‘cámara nupcial’, donde se solemnizó la boda de la incorruptibilidad.
Fue conveniente, en efecto, que, conforme en todo a Cristo, nuestro Salvador, la Santísima Virgen transitase todos los caminos recorridos por Cristo para difundir la santificación por toda nuestra naturaleza. Después de haberlo seguido durante Su Pasión y habiendo ‘visto’ Su Resurrección, ahora tenía que experimentar la muerte. Apenas se separó del cuerpo, su alma purísima se unió a la Luz divina, y su cuerpo, después de haber permanecido poco tiempo en la tierra, se elevó rápidamente por la gracia de Cristo resucitado. Este ‘Cuerpo Espiritual’ fue recibido en el cielo como el tabernáculo de Dios hecho hombre, como el trono de Dios. Es la parte más significativa del Cuerpo de Cristo, y a menudo fue comparada por los Santos Padres con la propia Iglesia, la morada de Dios entre los hombres, el primer fruto de nuestro estado futuro y fuente de nuestra divinización. A través del vientre de María purísima, la Madre de Dios, se ha abierto para nosotros el Reino de los Cielos, y es por eso que su traslado al cielo es motivo de alegría para todos los creyentes, después de haber adquirido así la garantía de que, en su persona, se reúne el conjunto de la naturaleza humana, después de haberse convertido en portadora de Cristo, y está llamada a permanecer en Dios.
Por las intercesiones de Tu purísima Madre, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.
Apolitíkion - Modo Primero
En el Nacimiento conservaste la virginidad y en la dormición no abandonaste al mundo, oh Theotokos. Te trasladaste a la vida, siendo la Madre de la Vida, habiendo, pues, por tus intercesiones librado de la muerte a nuestras almas.
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Fuente:
“EL SINAXARION -La Vida de los Santos de la Iglesia Ortodoxa-“ por el Hieromonje Makarios de Simonopetras