16/01/2026
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Hay personas cuya muerte no clausura su presencia, sino que la expande. Francisco es una de ellas. Su vida dejó una huella tan profunda que hoy puede decirse, con esperanza y convicción, que volverá santo.
Volverá santo no porque regrese físicamente, sino porque su ejemplo seguirá regresando una y otra vez a la conciencia del mundo. Volverá en cada gesto de misericordia, en cada opción por los pobres, en cada palabra sencilla que acerque a Dios sin miedo ni condena. Volverá cuando alguien recuerde que la fe se vive más con las manos abiertas que con el dedo acusador.
Se hará santo porque vivió con coherencia aquello que predicó. No buscó el poder ni los honores, sino el servicio. Eligió la humildad como camino y la cercanía como lenguaje. Caminó con los que nadie miraba, habló por los que no tenían voz y recordó incansablemente que la dignidad humana está por encima de cualquier sistema, ideología o frontera.
Volverá santo porque su legado no es una doctrina fría, sino una forma de vivir el Evangelio. Una fe que abraza, que perdona, que acompaña. Una Iglesia que sale al encuentro, que no se encierra, que no teme ensuciarse las manos para curar heridas. Esa visión seguirá viva mucho después de su muerte.
Por eso hoy, con fe y esperanza, pidamos su intercesión. Que desde la presencia de Dios acompañe a la Iglesia y al mundo, y que su vida sea reconocida como camino de santidad. Que su ejemplo nos acerque más al amor, y que, si es voluntad de Dios, vuelva a nosotros oficialmente como lo que ya muchos creen en su corazón: un santo.