05/11/2025
Lo conocían como el campeón. Un atleta férreo, disciplinado, con la mirada puesta en las olimpiadas. Su cuerpo era su herramienta y su orgullo… hasta que ese mismo cuerpo comenzó a traicionarlo. Una artritis reumatoide agresiva irrumpió sin aviso, quebrando articulaciones, destruyendo movilidad, arrancándole sueños. Los médicos fueron contundentes: crónico, irreversible, olvídese del deporte.
La palabra “nunca más” cayó sobre él como una sentencia final.
Una noche, el dolor lo dejó postrado. El atleta indomable estaba en el suelo, vencido. Entonces recordó una Biblia guardada en casa. La tomó con torpeza, y entre lágrimas desesperadas apenas pudo balbucear:
“Señor… ten misericordia de mí.”
En medio del silencio, escuchó una respuesta clara: “Todavía no.”
No era la cura inmediata que deseaba, pero era una promesa. Una pausa con propósito.
Sin poder entrenar, cambió las pesas por las Escrituras. Pasaba horas leyendo, no buscando un milagro físico, sino intentando entender el vacío espiritual que lo consumía. Hasta que un día, oyendo la predicación de un evangelista, algo lo atravesó como fuego. Se encerró, cayó de rodillas y se rindió completamente a Jesucristo. Ya no pedía ayuda como último recurso; entregó su vida sin reservas.
Desde ese momento, la esperanza dejó de ser teoría y se volvió certeza.
Y un día, en el mismo espacio donde había llorado de dolor tantas veces, sucedió lo que la ciencia había descartado: la artritis desapareció. Quedó completamente sano. No por disciplina, ni por fuerza mental. Por gracia. Por el poder de Cristo que restaura lo que parece perdido para siempre.
Pero lo más profundo no fue la sanidad del cuerpo, sino la transformación del alma. Entendió que su historia ya no era la del atleta recuperado, sino la del pecador redimido. Y decidió contarlo.
La primera noche que compartió su testimonio, nervioso, vio multitudes rendirse a Cristo. Después, noches enteras en oración se transformaron en mensajes que estremecían corazones. Mientras más se escondía en su cuarto a orar, más se abrían los cielos en público.
El hombre que antes vivía para competir, ahora vivía para predicar.
Dios llevó su mensaje a plazas, estadios, cárceles de máxima seguridad y finalmente, a miles de hogares por satélite. Donde había muerte, Él habló vida; donde había desesperanza, Él declaró misericordia; donde había cadenas, llegó la libertad espiritual.
La historia de Yiye Ávila no es la historia de un atleta que volvió a caminar.
Es la historia de un hombre que murió a su orgullo y resucitó en Cristo.
El protagonista no es el esfuerzo humano, sino el poder de Dios.
Lo que Dios hizo con él, puede hacerlo con cualquiera hoy:
perdonar, sanar, restaurar y enviar.