05/11/2025
El fuego no pudo con su presencia
Todavía tengo grabado en el corazón el silencio que quedó después del incendio. Las llamas se habían llevado todo: el techo, los bancos, los objetos que durante años acompañaron nuestras celebraciones.
Caminé entre los restos de lo que fue nuestra amada Capilla Sagrada Familia con un n**o en la garganta, intentando comprender… el olor a humo, el crujir de las maderas calcinadas y el dolor de ver nuestra casa de oración reducida a cenizas eran difíciles de soportar.
Entré a lo que antes era la sacristía, me acerqué al lugar donde sabíamos que estaba el ropero donde guardábamos los elementos de uso común: la indumentaria eclesiástica, manteles, velas, papeles, y también, dentro de una caja, la llave del sagrario. Todo estaba destruido, irreconocible. Sin embargo, sobre la montaña de restos calcinados, vi algo que brillaba tenuemente: era la llave del sagrario.
No puedo explicar cómo llegó hasta ahí, mucho menos que estuviera tan a la vista. La levanté con mis manos, temblorosas ante algo que no podía entender, sentí el metal tibio, y supe que debía acercarme al altar. El sagrario estaba ennegrecido por el humo, pero todavía se mantenía entero. Intenté usar la llave y aunque no encajaba bien -quizás deformada por el calor- y no abría la cerradura, logré abrir la pequeña puerta.
Lo que encontré adentro me dejó sin palabras. El corporal y todas las formas consagradas estaban intactas, sin una sola marca de fuego. Todo dentro del sagrario se mantenía como si el incendio nunca hubiera ocurrido. Y junto a ellas, los óleos sagrados, guardados en simples envases de plástico, también estaban en perfecto estado.
El fuego había devorado todo a su alrededor, hasta el mármol, que se desgranaba cristalizado por la temperatura… pero no pudo tocar lo sagrado.
Me arrodillé en ese suelo ennegrecido y lloré. No de tristeza, sino de asombro y gratitud. En medio de la destrucción, allí estaba Él: vivo, presente, fiel. Sentí que el Señor nos hablaba al corazón: “No teman, estoy con ustedes. Aunque todo parezca perdido, Mi presencia permanece.”
Ese día entendí que el templo de piedra puede caer, la casa donde la fe toma vida, donde la Iglesia somos nosotros, no se destruye. La Eucaristía, los óleos, la llave… todo fue un mensaje de esperanza. Un recordatorio de que Cristo nunca nos abandona, está vivo… en su casa y en Pehuen Có.
Hoy, mientras vemos nuestra capilla herida pero no vencida, creo firmemente que este milagro no fue sólo para mí, sino para todos nosotros. Es una invitación a creer, a confiar, a reconstruir con fe.
Porque el fuego puede consumir la madera, el mármol y el hierro, pero no puede apagar el amor de Dios.
Y así, entre las cenizas, descubrimos una vez más que Jesús vive en medio de su pueblo. Él nos cuida, nos acompaña y nos muestra, con ternura y poder, que nada puede separarnos de su amor.
C.A.K.