21/05/2026
Hay momentos en la vida donde la mesa está tendida, el vino corre, los hijos ríen, el cuerpo responde.
Y en esos días, es fácil levantar la copa y decir "Dios es bueno".
Y lo es.
Pero esa alabanza nace en la boca, no en las entrañas.
La verdadera alabanza nace en el desierto.
Cuando la mesa está vacía.
Cuando la nevera tiene más eco que comida.
Cuando el teléfono no suena con la oferta que esperabas, sino con otra noticia que te parte el pecho.
Cuando el médico entra con la mirada baja y las palabras pesadas.
Cuando la persona que más amabas se fue, o se fue de ti.
Cuando lloras en el carro manejando sin rumbo, o en la ducha donde nadie te escucha.
Cuando te duermes preguntándote si valió la pena creer.
Ese es el desierto.
Ahí, hermano, hermana… ahí es donde duele decir "Dios es bueno".
Porque tus labios tiemblan, tus ojos arden, y tu alma se siente como un trapo viejo.
Pero aún así, lo dices.
Y esa palabra, dicha entre lágrimas, esa sí sube al cielo.
Esa sí huele a incienso verdadero.
Porque en el desierto no cantas porque te va bien.
Cantas porque aunque te vaya mal, Él sigue siendo Dios.
Y eso… eso no lo entiende quien nunca ha pasado hambre de verdad.
Hambre de pan. Hambre de amor. Hambre de esperanza.
En el desierto Dios no te abandona.
Te desnuda.
Te rompe.
Te desarma.
Te quita las máscaras, los títulos, los apoyos falsos, los amigos de fiesta, los "amén" automáticos.
Te deja en pelotas delante del espejo de tu alma.
Y ahí, cuando ya no puedes fingir, Él te abraza.
Pero no como tú esperabas.
Te abraza como el padre que abraza al hijo que volvió después de haberlo perdido todo.
No con palabras bonitas. Con silencio. Con presencia. Con un "Yo estoy aquí, aunque no veas nada".
Moisés en el desierto quiso morirse.
David en las cuevas lloró hasta mojar su lecho.
Elías pidió morir debajo de un árbol.
Jesús sudó gotas como sangre en Getsemaní.
Los gigantes de la fe no nacieron en la alfombra roja.
Nacieron en el polvo, las piedras, la noche, la soledad, la espera que parecía eterna.
No maldigas el desierto.
No lo hagas.
Porque el desierto es la escuela donde Dios te enseña a caminar cuando no ves el suelo.
Donde te enseña a beber cuando no hay agua.
Donde te enseña a vivir cuando todo dentro de ti quiere morir.
Un día, y ese día llegará, vas a mirar atrás.
Y vas a entender que los días más duros no fueron para destruirte.
Fueron para que dejaras de depender de lo que ves y comenzaras a depender de quien eres: su hijo, su hija.
Y cuando salgas de ahí —y vas a salir—
no caminarás igual.
Caminarás como quien ha estado con Dios.
Como quien ha llorado en su pecho.
Como quien ha gritado en su oído.
Como quien ha sobrevivido porque Él era el único piso firme en medio del derrumbe.
Hoy puede que estés en el desierto.
No te rindas ahora.
No tires la toalla a media pelea.
Él no te ha soltado.
Él te está sosteniendo aunque no lo sientas.
Y al final del desierto, no hay espejismo.
Hay un abrazo.
Hay un "bien hecho, mi valiente".
Hay una mesa servida, no como premio, sino como promesa cumplida.
Porque el Dios que te vio llorar en la arena,
ese mismo Dios te verá reír en la abundancia.
Pero ahora ya no reirás como antes.
Reirás como quien sabe lo que cuesta una lágrima.
Y tu fe ya no será frágil.
Tu fe será de hierro.
Hierro forjado en el fuego del desierto.