04/10/2020
David conocía por experiencia la amargura ocasionada por las divisiones en las familias, y estaba preparado para celebrar en Salmos selectos la bendición de la unidad por la que
suspira.
Vers. 1. Mirad. Es un portento que se ve raramente; por tanto, ¡miradlo! Se puede ver, porque es la característica de los santos de veras; por tanto, ¡no dejéis de inspeccionarlo! Es bien digno de admiración; ¡haced pausa y observadlo! Os inducirá a que tratéis de imitarlo; por tanto, ¡notadlo bien!
¡Cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Podemos prescindir de la uniformidad si poseemos la unidad de vida, de verdad y de camino; la unidad en Cristo Jesús; la unidad de objeto y de espíritu hemos de poseerlas, pues de lo contrario nuestras asambleas serán sinagogas de contiendas más bien que iglesias de Cristo. La unidad cristiana es buena en sí, buena para nosotros mismos, buena para los hermanos, buena para nuestros
convertidos, buena para el mundo exterior; y con toda seguridad es placentera; porque un
corazón amante ha de tener placer y dar placer asociándose con los que son de naturaleza semejante. Una iglesia unida durante años en servicio sincero al Señor es una fuente de bondad y de gozo para todos los que están a su alrededor.
Vers. 2-3: Nunca conoceremos el pleno poder de Dios hasta que seamos uno como una familia en un solo corazón y el espíritu; nunca descenderá el sagrado rocío del Espíritu en toda su plenitud hasta que estemos perfectamente unidos pensando una sola cosa; nunca la bendición del pacto será enviada por el Señor, nuestro Dios, hasta que una vez más tengamos «un Señor, una fe, un bautismo». Señor, llévanos a esta preciosísima unidad espiritual, por amor a tu Hijo. Amén.
Charles Spurgeon.