01/27/2026
FUIMOS EXTRANJEROS Y DIOS NOS RECIBIO
En la Biblia vemos que Dios se molestó con el Rey Saul porque no obedeció completamente Su mandato respecto a los amalecitas. Dios había ordenado que todo lo que provenía de ellos fuera destruido (1 Samuel 15:2–3).
¿Por qué? Porque cuando Israel estaba en el desierto, indefenso y vulnerable, los amalecitas los atacaron por la espalda, sin misericordia (Deuteronomio 25:17–18).
Saúl decidió no obedecer del todo. Conservó lo que Dios había dicho que debía desaparecer (1 Samuel 15:9). Y por causa de esa desobediencia, Dios reafirma que los amalecitas serían raídos de la tierra, precisamente porque no tuvieron misericordia (1 Samuel 15:10–11; Deuteronomio 25:19).
Sin embargo, ese mismo Dios le dio a Israel un mandamiento muy claro:
que cuidaran al extranjero y tuvieran misericordia de ellos, porque extranjeros fueron ellos en tierra ajena (Éxodo 22:21; Levítico 19:33–34).
Es decir, Dios juzga la falta de misericordia, pero también demanda misericordia de Su pueblo (Deuteronomio 10:18–19).
Aquí hay algo profundo:
Nosotros mismos, que en otro tiempo no habríamos tenido acceso a la gracia de Dios, fuimos injertados por Él (Romanos 11:17).
No éramos parte del pueblo, pero Dios nos hizo uno, nos incorporó a un solo cuerpo. Vivimos por la gracia, no por derecho propio (Efesios 2:12–13, 19).
En otra ocasión, Dios se enojó con David a causa del censo. Y cuando David tuvo que elegir el castigo, prefirió caer en manos de Dios antes que en manos de los hombres, porque reconoció algo clave:
los hombres no siempre tienen misericordia, pero Dios sí (2 Samuel 24:14).
Como hijos de Dios, nuestra postura no puede basarse únicamente en opiniones políticas sobre lo que está bien o mal. Nuestra responsabilidad es otra:
ser sal de la tierra (Mateo 5:13–16).
Eso significa que:
• al caos llevamos paz (Juan 14:27),
• al odio llevamos amor (Mateo 5:44),
• a la tristeza llevamos esperanza (Romanos 15:13),
• al llanto llevamos consuelo (2 Corintios 1:3–4).
El gobierno tiene potestad sobre la ley, pero nosotros pertenecemos al Reino de Dios (Romanos 14:17).
Jesús lo resume con claridad cuando dice:
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21).
Y no hablaba solamente de dinero, sino también de autoridad, lealtad y postura.
No siempre la política y las enseñanzas de Jesús se alinean.
Y cuando eso ocurre, nos toca elegir.
Nuestra postura política nunca puede estar por encima de la postura de Dios.
Y la postura de Dios siempre está inundada de misericordia (Miqueas 6:8).
Por eso, invito a reflexionar en esta palabra sin sacarla de contexto.
No se trata de elegir un partido político, sino ser portadores de las misericordias de Dios (Mateo 6:33).
Negar misericordia al extranjero —aun cuando la ley lo permita— es olvidar a Dios y Sus enseñanzas (Zacarías 7:9–10).
Y es importante decirlo con claridad:
Se puede cumplir la ley sin dejar de cumplir la misericordia (Mateo 23:23).
Finalmente, tengamos confianza en esto:
Dios siempre cumplirá Sus promesas en nosotros (Lamentaciones 3:22–23; Filipenses 1:6).