09/30/2026
Uno de los pecados más comunes y más abominables.🤔
He sido testigo, en más ocasiones de las que quisiera, de pecados que casi no se mencionan desde los púlpitos, pero que se practican con una naturalidad sorprendente dentro de algunos círculos cristianos. Y también me ha tocado estar del otro lado: ser víctima de uno de ellos.
La calumnia.
Un pecado capaz de lastimar una reputación, destruir relaciones y corromper la unidad del cuerpo de Cristo. Y muchas veces, antes de que aparezca la calumnia, ya había otra cosa creciendo silenciosamente en el corazón: la envidia.
La envidia tiene mucho que ver con una identidad que se ha desenfocado.
En Lucas 15, cuando el hijo mayor escucha la celebración por el regreso de su hermano, se indigna. No entiende cómo aquel que desperdició los bienes de su padre ahora recibe vestido, anillo, sandalias y fiesta.
Su reclamo, en esencia, fue: “Yo he estado aquí. Yo he servido. ¿Y a mí qué?”
Pero la respuesta del padre desnuda el verdadero problema:
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.”
📖 Lucas 15:31
Ahí está. Vivía en la casa como hijo, pero pensaba como esclavo.
Trabajaba rodeado de una herencia que también le pertenecía, pero nunca aprendió a disfrutarla. Y cuando alguien no reconoce lo que ha recibido por gracia, comienza a molestarse cuando ve la gracia manifestándose sobre otro.
Ese es uno de los terrenos donde fácilmente crece la envidia. No porque Dios no te haya dado, sino porque quizás nunca aprendiste a disfrutar lo que ya te dio.
Entonces miras al otro.
Su oportunidad.
Su crecimiento.
Su ministerio.
La confianza que recibió.
La puerta que Dios abrió.
Lo que está viviendo.
Y surge aquella peligrosa pregunta:
“¿Por qué él, si yo lo merezco más?”
Cuando ese pensamiento no es llevado a la cruz, puede dar otro paso. Ya no basta con resentir lo que el otro tiene; ahora hay que desacreditarlo para convencer a los demás de que no merece aquello que recibió.
Ahí entra la calumnia.
La calumnia intenta ensuciar la reputación de alguien para hacerlo indigno, delante de otros, de aquello que recibió por gracia.
Por eso hay otro problema escondido detrás de ella: quien vive calumniando tampoco ha comprendido bien la gracia.
Porque la gracia, por definición, no se obtiene porque alguien logró demostrar que era más digno que los demás.
Y aquí aparece algo muy serio.
En el griego del Nuevo Testamento encontramos διάβολος —👺 diábolos, término que puede significar calumniador, acusador falso o difamador. Es la misma palabra que llegó a convertirse en una de las designaciones del Diablo: el acusador, el calumniador. Incluso el Nuevo Testamento utiliza diábolos para describir personas calumniadoras en pasajes como 1 Timoteo 3:11, 2 Timoteo 3:3 y Tito 2:3.
Eso debería hacernos pensar.
Porque cada vez que destruimos deliberadamente la reputación de alguien mediante mentiras, medias verdades, insinuaciones o acusaciones maliciosas, no estamos reflejando el carácter de Cristo.
Estamos copiando el patrón del acusador.
Y Proverbios 6:16-19 menciona siete cosas que Jehová aborrece:
los ojos altivos,
la lengua mentirosa,
las manos derramadoras de sangre inocente,
el corazón que maquina pensamientos inicuos,
los pies presurosos para correr al mal,
el testigo falso que habla mentiras
y el que siembra discordia entre hermanos.
Mire la lista otra vez.
Orgullo.
Mentira.
Maquinación.
Falso testimonio.
Discordia.
No estamos hablando solamente de los pecados que normalmente calificamos como “escandalosos”. Estamos hablando de actitudes que, lamentablemente, pueden esconderse detrás de una Biblia debajo del brazo, un micrófono, un título ministerial y hasta una aparente defensa de la sana doctrina.
Eso es lo preocupante.
Porque podemos indignarnos frente a determinados pecados mientras hemos aprendido a convivir tranquilamente con otros que Dios también aborrece.
Jesús estremeció a los religiosos de su tiempo cuando les dijo:
“De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.”
📖Mateo 21:31
¿Por qué?
El contexto no enseña que la prostitución o la corrupción fueran pecados menores. Todo lo contrario. El punto era todavía más incómodo: los publicanos y las prostitutas habían respondido al llamado al arrepentimiento, mientras aquellos líderes religiosos, convencidos de su propia justicia, se negaban a creer.
Y ahí está el peligro.
Hay pecados visibles que avergüenzan inmediatamente a quien los comete. Pero existen otros que pueden disfrazarse de espiritualidad.
⚠️La envidia puede llamarse “discernimiento”.
⚠️La calumnia puede disfrazarse de “preocupación”.
⚠️El chisme puede presentarse como “motivo de oración”.
⚠️La difamación puede venderse como “defensa de la verdad”.
⚠️Y sembrar discordia puede justificarse diciendo: “Yo simplemente estoy diciendo las cosas como son”.
⚠️Cuidado.
Porque no todo el que habla de Cristo está reflejando a Cristo.
✅️Cristo restaura.
El acusador destruye.
✅️Cristo cubre al arrepentido.
El acusador vive señalando.
✅️Cristo busca salvar.
El calumniador necesita destruir la reputación del otro para sentirse mejor consigo mismo.
Quizás por eso uno de los exámenes más incómodos que podemos hacernos no es solamente:
“¿Estoy viviendo en pecado?”
Sino también: “¿A quién me estoy pareciendo con la manera en que trato a mis hermanos?”
⚠️Porque podemos defender doctrina correcta y todavía permitir que el corazón se llene de cosas que Dios aborrece.
Y algo debemos tener claro:
✅️No podemos vivir imitando al acusador y, al mismo tiempo, pretender que estamos imitando a Cristo.
✅️Antes de mirar lo que Dios puso en las manos de otro, aprende a reconocer lo que el Padre ya puso en las tuyas.
✅️Quizás descubras que llevabas años viviendo como esclavo en una casa donde siempre fuiste hijo.
✅️Y lo más triste es que casi nunca verás a alguien arrepintiéndose de este pecado y pidiendo perdón, Y es aquí donde vemos su correlación con la definición del griego "diablos". El diablo se reveló en el cielo pero nunca se humilló porque no estaba en su naturaleza humillarse.
Pastor Omar Lugo