05/12/2026
¿BAUTISMOS O CONVERSIONES?
Una reflexión necesaria en la obra evangelística
Por Marlon Retana
En los últimos años, he tenido la oportunidad de observar distintos enfoques en la obra evangelística. En algunos casos, se reportan numerosos bautismos en períodos relativamente cortos. Esto ciertamente puede ser motivo de gozo, siempre y cuando esas decisiones reflejen una obediencia genuina al evangelio. Al mismo tiempo, me ha llevado a reflexionar con mayor cuidado sobre una pregunta importante: ¿estamos presenciando verdaderas conversiones, o simplemente respuestas incompletas?
La urgencia de obedecer el evangelio es innegable. En el Nuevo Testamento vemos personas que, al comprender el mensaje, respondieron sin demora. Sin embargo, esa prontitud nunca estuvo separada de una comprensión básica del evangelio y de un corazón dispuesto a arrepentirse. La Escritura es clara: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros […]» (Hechos 2:38, RVR1960). Asimismo, nuestro Señor advierte: «[…] antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lucas 13:3). El bautismo, por lo tanto, no es un acto aislado, sino parte de una respuesta que incluye fe, arrepentimiento y una decisión de apartarse del pecado.
Una situación ocurrida años atrás en Panamá hizo que esta preocupación tomara aún más fuerza en mi mente. Se me pidió estudiar con una pareja que vivía junta sin estar casada. Mientras estudiábamos, estaba trabajando cuidadosamente para ayudarles a reconocer la necesidad de corregir aquella situación a la luz de las Escrituras. Sin embargo, antes de que ese proceso pudiera desarrollarse, otro hermano bautizó al hombre a petición de su madre. Cuando pregunté al respecto, la explicación fue que el hombre «necesitaba obedecer». No obstante, la realidad era que no había habido arrepentimiento alguno respecto a su condición pecaminosa. Vivía en fornicación antes del bautismo, permaneció en esa misma relación durante el bautismo y continuó en ella después del bautismo. La situación pecaminosa nunca cambió. Esto me preocupó profundamente, porque el arrepentimiento no era simplemente incompleto, sino totalmente ausente. Si el arrepentimiento implica una decisión sincera de apartarse del pecado, entonces, ¿cómo puede considerarse completa una obediencia donde no ha existido ningún abandono del pecado? Más importante aún, ¿cómo podemos bautizar a alguien sin considerar las consecuencias eternas de llevar a una persona a creer que ha obedecido el evangelio cuando el verdadero arrepentimiento nunca ocurrió?
Más recientemente, durante un receso en uno de nuestros seminarios de evangelismo, hice la declaración de que yo no estoy en el negocio de «simplemente mojar personas», sino de ayudar a las personas a entender lo que la Biblia enseña para que puedan responder con verdadera obediencia. Sería muy fácil meter a alguien en el bautisterio y añadir otro número a un informe, pero esa jamás debe ser la motivación detrás del estudio bíblico ni de la obra evangelística. Ese comentario dio lugar a una conversación con un hermano que expresó que, si alguien le pide ser bautizado, él procederá inmediatamente, sin preguntas ni estudios adicionales. Le expliqué que, aunque jamás quisiéramos impedir que alguien obedezca, también tenemos la responsabilidad de asegurarnos de que la persona comprende el compromiso que está tomando. ¿Qué sucede si esa persona continúa en una práctica pecaminosa, como en el caso mencionado anteriormente, o ni siquiera ha considerado el llamado al arrepentimiento? La conversación dejó en evidencia una diferencia significativa de enfoque.
El apóstol Pablo enseña que en el bautismo somos «sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo» (Romanos 6:4). Esa imagen asume una ruptura con el pecado, no una continuación en él. Asimismo, la obediencia aceptable es aquella que procede «de corazón» (Romanos 6:17), lo cual implica entendimiento y convicción, y no simplemente una acción externa.
Estas experiencias no se comparten para cuestionar la sinceridad de nadie, sino para invitar a una reflexión necesaria. El propósito del evangelismo no es simplemente aumentar números, sino conducir almas a una verdadera reconciliación con Dios. ¿Qué se gana si alguien cree haber sido salvo cuando, en realidad, el bautismo no fue precedido por un arrepentimiento genuino? Bautizar a alguien sin asegurar una comprensión básica del evangelio y una sincera disposición a apartarse del pecado puede crear una apariencia de éxito, mientras deja abierta la posibilidad de que una verdadera transformación nunca haya ocurrido.
Al mismo tiempo, debemos cuidarnos del extremo opuesto. No se trata de retrasar innecesariamente a alguien que está listo para obedecer, ni de exigir un conocimiento perfecto antes del bautismo. El equilibrio bíblico consiste en enseñar lo suficiente para producir fe, arrepentimiento y una decisión sincera de someterse a Cristo, y entonces proceder sin demora.
Quizás la pregunta que debemos hacernos no es cuántos bautismos están ocurriendo, sino cuántas vidas están siendo verdaderamente transformadas. Después de todo, fue el Espíritu Santo, por medio de la pluma del apóstol Pablo, quien describió lo que un cristiano es y debe ser:
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:2).
Procuremos hacer todo conforme a la voluntad de Dios, recordando que cada alma tiene un valor inmenso delante de Él. Ayudemos a las almas a ser transformadas, y no simplemente mojadas.