24/07/2026
Jesús mismo lo dio todo para hacer la obra del Padre. Entregó su tiempo, sus fuerzas, su amor, sus lágrimas y, finalmente, entregó su propia vida. Sanó enfermos, alimentó multitudes, levantó al caído, perdonó al pecador y anunció el Reino de Dios. Sin embargo, no todos fueron agradecidos.
De los diez leprosos que fueron sanados, solamente uno regresó para dar gracias. Muchos recibieron el milagro, pero no todos regresaron al que hizo el milagro.
Esto nos enseña algo muy importante: no debemos medir el valor de lo que hacemos por la cantidad de personas que nos agradecen.
Jesús sabía que algunos lo seguirían por un tiempo y después lo abandonarían. Sabía que uno de sus discípulos lo traicionaría y que otro lo negaría. Sabía que la misma multitud que un día gritaba "¡Hosanna!" después permitiría que fuera llevado a la cruz. Y aun así, Jesús no dejó de hacer la voluntad del Padre.
¿Por qué?
Porque Jesús no vivía para recibir aplausos; vivía para cumplir un propósito.
Hay momentos en los que tú has dado lo mejor de ti y nadie te ha dicho "gracias". Has servido, has ayudado, has orado por otros, has extendido tu mano y quizás ni siquiera reconocieron tu esfuerzo. Pero hoy quiero recordarte:
Dios sí lo vio.
Tal vez las personas olvidaron lo que hiciste, pero Dios no lo olvidó. Tal vez no reconocieron tu sacrificio, pero Dios conoce cada lágrima que derramaste en secreto.
No permitas que la ingratitud de otros te convierta en una persona amarga. No dejes de hacer el bien porque alguien no supo valorar tu entrega. No dejes de servir porque alguien te decepcionó.
Jesús continuó hasta la cruz.
Y allí está nuestra mayor enseñanza: el amor verdadero no depende de la gratitud de los demás.
Cuando haces algo para Dios, hazlo de corazón. Sirve porque amas a Dios. Ayuda porque tienes compasión. Ora porque sabes que alguien necesita una respuesta. Da porque has entendido que todo lo que tienes primero lo recibiste de Dios.
Y recuerda: la recompensa más grande no siempre viene de los hombres; viene del Padre que ve en lo secreto.
Quizás hoy estás cansado porque has dado mucho y has recibido poco. Quizás estás pensando en rendirte porque ya no ves reconocimiento. Pero escucha esto:
No te detengas por la ingratitud de quienes recibieron de ti. Sigue caminando por el propósito de Aquel que te llamó.
Jesús lo dio todo, aun sabiendo que no todos serían agradecidos.
Y si Cristo no abandonó su propósito por causa de la ingratitud de los hombres, tú tampoco abandones el propósito que Dios puso en tus manos.
La gente puede olvidar tu sacrificio, pero Dios nunca olvida tu fidelidad.
"Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres." — Colosenses 3:23