Pastor David Viera

Pastor David Viera Enfocados en predicar la sana palabra en tiempos de apostasía.

23/05/2026

*ANDAR EN EL ESPÍRITU*

“*Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne*” Gál. 5:16

Las iglesias de Galacia fueron las que más sufrieron la influencia de falsos maestros que intentaban imponer a los creyentes las restricciones de la ley judía. Sus argumentos resultaron tan convincentes que rápidamente abandonaron el fundamento de una vida basada en la fe en Cristo. Pablo debió escribirles para volver a explicar las bases del evangelio que habían creído.

El texto de hoy resume el llamado que el apóstol le hace a la iglesia. Los invita a que recuperen la forma de vivir que marca a aquellos que pertenecen al pueblo de Dios.

La sencillez del enunciado encierra uno de los principios fundamentales sobre la vida espiritual: la carne no puede ser derrotada por la carne. Es decir, no podemos lograr la transformación que tanto anhelamos por medio del esfuerzo disciplinado que propone la ley. La inclinación a reducir la vida espiritual a una serie de reglas conduce a un callejón sin salida: “*Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis*” Gál. 5:17

La forma de vencer la carne es dejar de concentrarse en la carne, para vivir enfocados en el Espíritu. La presencia del Espíritu en nuestras vidas permite el cumplimiento de la promesa que Jesús les dio a sus discípulos. “*Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros*” Jn. 14:15-17

De esta manera, nuestro llamado es a prestarle atención a la orientación que el Espíritu nos da. Cuando nos concentramos en tratar de percibir las formas en que el Espíritu de Dios se conecta con nuestro espíritu, nuestra obsesión por vencer la carne desaparece. Estamos ocupados en algo mucho más productivo y apasionante que el esfuerzo que implica intentar dominar aquello que se resiste a ser dominado.

La guía del Espíritu significa permitir que el Espíritu controle nuestra mente: “*Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz*” Ro. 8:6 Esto nos alerta al hecho de que esa actitud de atención debe estar orientada hacia la vida interior, pues es allí donde se produce la conexión espiritual. De esta manera, la obra del Espíritu puede llegar a través de diversos caminos (una plática, un comentario, una pieza de música, un paisaje o un momento de quietud), pero siempre desemboca en un único espacio, que es nuestro ser interior, donde nuestro espíritu interpreta lo que el Señor nos quiere decir.

Por esto, la práctica de andar por la vida atentos a lo que está ocurriendo en nuestro interior, es esencial. Es una capacidad que debemos recuperar si es que deseamos vivir la vida espiritual en todas sus dimensiones. El Espíritu está presente en nuestra vida. Nosotros necesitamos estar presentes para el Espíritu.

*“Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”* Gál. 5:25

23/05/2026
22/05/2026

*ESTAR ATENTOS*

“*Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias*” Col. 4:2

No quedan dudas de que la *oración* ocupaba un lugar muy importante en la vida de Pablo. En la gran mayoría de sus epístolas menciona las *oraciones* que eleva a favor de las iglesias y de aquellos que son los receptores de sus cartas. En Efesios, especialmente, encontramos el contenido de dos oraciones que revelan mucho acerca de las peticiones que el apóstol presentaba a Dios.

Seguramente su propia experiencia lo había convencido de la importancia que tenía la *oración* en la vida de un hijo de Dios, y es por esto que exhorta a la iglesia con textos como el que hoy nos ocupa.

La palabra “*Perseverad*” posee un sentido más fuerte, en el idioma original, significa “*mantenerse firme en la práctica de*”, “*invertir tiempo en*”, “*dedicarle incesante esfuerzo a*” la *oración*. El término describe la porfiada insistencia de la viuda ante el juez injusto.

Entiendo, por esta primera exhortación, que Pablo pretendía que la vida espiritual se construyera por medio de la “*oración*”. Este anhelo se basaba en el hecho de que a través de la oración se logran avances que no se pueden alcanzar por ningún otro camino. De hecho, tal como he señalado en reflexiones anteriores, en algunos asuntos el Señor ha decidido no hacer nada a menos que nos acerquemos a él en “*oración*”.

No obstante, el papel fundamental que juega la “*oración*” en la vida del creyente, es la disciplina menos practicada por el pueblo de Dios. Esto se debe, en parte, a que la “*oración*” presupone que aquel que la ofrece lo hace porque ha llegado a la convicción de que las herramientas que posee para resolver determinada situación no le sirven. Tristemente, debemos confesar que esta no es una conclusión a la que arribamos con facilidad. En ocasiones perdemos años de esfuerzo innecesario antes de darnos cuenta de que estamos intentando lo imposible.

A esta actitud de constancia en la “*oración*” Pablo le suma una exhortación adicional: nos llama a estar alertas. El término, en griego, se refiere a una actitud de vigilancia, la misma a la que Jesús llamó a sus tres discípulos en Getsemaní.

El llamado de Pablo nos recuerda cuán fácil resulta distraerse en la “*oración*”; lo propensos que somos a deambular con la mente cuando nos disponemos a entrar en comunión con el Señor. Es fácil caer en la rutina, las frases armadas, las peticiones que se elevan más por hábito que por convicción, la “*oración*” que es simplemente parte de una costumbre.

Cuando nos disponemos a orar debemos hacerlo con todas las facultades atentas a la disciplina que emprendemos. Nuestra mente y nuestro espíritu deben participar del diálogo que intentamos sostener con Dios. Es cuando estamos plenamente presentes en el momento de la “*oración*” que el Señor puede ministrarnos de maneras inusuales. ¡No perdamos, bajo ningún concepto, esa bendición!

*En ningún otro lugar llegamos a conocer la santidad de Dios y experimentar su influencia y poder como en el cuarto interior*.

21/05/2026

*LA NECESIDAD DE PERDÓN*

“*que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación*” Éx. 34:7

Este texto forma parte de la proclama que hizo el Señor cuando pasó delante de Moisés, en el monte Sinaí. Él es: “*Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad*” Éx. 34:6 Su amor es tan fiel que se extiende a mil generaciones. Si tomamos como promedio para el ser humano cincuenta años de vida, este amor se extiende por *¡50.000 años!*

Su amor, no obstante, está ligado a su justicia y santidad. Por esto no podía pasar por alto al culpable, a menos que se hiciera una expiación por su pecado. Esto requería que los sacerdotes ofrecieran sacrificios continuos, hasta que Jesús: “*que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo*” Heb. 7:27

Nuestro texto menciona tres clases de mal que Dios perdona: la *iniquidad*, la *rebelión* y el *pecado*. La palabra que se usa para “*pecado*” proviene de la acción de disparar una flecha. El sentido es el de “*no dar en el blanco*”, pero incluye aquellos disparos que no poseen suficiente fuerza como para alcanzar el blanco. Es el concepto que tiene en mente el libro de Hebreos cuando escribe: “*Temamos, pues, no sea que, permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado*” Heb. 4:1 Pecado, entonces se refiere a un esfuerzo que no da con la talla de lo esperado.

Un ejemplo sería la mentira de Ananías y Safira. La rebelión, que algunas versiones llaman “*transgresión*”, se refiere a la violación de un principio establecido. Es una acción que traspasa los límites que Dios ha establecido para sus hijos, tal como ocurrió con Adán y Eva cuando tomaron el fruto que se les había prohibido, o con Saúl cuando perdonó al rey que se le había ordenado matar.

La raíz de la palabra “*iniquidad*” es algo que está torcido o deformado. Se refiere a aquellas desfiguraciones que resultaron de la Caída; como el *egoísmo*, que es común a todos los seres humanos. Es a esta tercera categoría que el Señor hace referencia cuando dice que los pecados de los padres se extienden sobre los hijos y los nietos. La deformación en la personalidad que lleva a una persona al alcoholismo se transmite a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, si Dios no interviene y rompe esa cadena de maldiciones.

Cuando meditamos en las diferentes manifestaciones del pecado en nuestra vida podemos entender por qué necesitamos tan desesperadamente la *MISERICORDIA* de Dios. No existen aspectos de nuestra persona que se hayan mantenido al margen de la ruina que trajo la Caída.

*Señor, ahora entiendo por qué tu Palabra dice que no hay uno bueno, ni uno solo. Todos arrastramos las consecuencias del pecado en nuestro ser. Todos necesitamos a diario de tu inmensa misericordia y tu increíble bondad. ¡Qué no se aparten nunca de nuestra vida, oh Dios!*

20/05/2026

*EL ORDEN CORRECTO*

“*Y me dijo: Hijo de hombre, toma en tu corazón todas mis palabras que yo te hablaré, y oye con tus oídos*” Ez. 3:10

Cuando el Señor visitó a Ezequiel para enviarlo a hablar al pueblo de Israel, le pidió que se comiera el rollo que contenía las palabras de su mensaje “*Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel*” Ez. 3:3 El profeta abrió su boca y comió, y sintió un sabor tan dulce como la miel “*Luego me dijo: Hijo de hombre, ve y entra a la casa de Israel, y habla a ellos con mis palabras*” Ez. 3:4

El incidente nos provee una poderosa alegoría acerca de la relación que debe existir entre el mensajero y el mensaje que se le confía. El mensajero es llamado a encarnar el mensaje, de manera que la vida del mensajero complemente perfectamente lo que intenta comunicar al
pueblo.

Como para que no existiera ninguna duda acerca del proceso al cual había sido sometido, el Señor instruye al profeta con las palabras que contienen el texto de este día. Antes de que las palabras del Señor puedan hablar al pueblo de Dios deben penetrar en lo más profundo de su corazón. El camino para lograr esto consiste en escucharlas atentamente para el bien propio.

En otras palabras “*escúchalas atentamente*” significa, literalmente, escucharlas con los oídos. Nos recuerda la reiterada exhortación de Jesús a quienes escuchaban su mensaje:

“*Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga*” Mr. 4:9,

“*Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó fruto a ciento por uno. Hablando estas cosas, decía a gran voz: El que tiene oídos para oír, oiga*” Lc. 8:8,

“*Ni para la tierra ni para el muladar es útil; la arrojan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga*” Lc. 14:35

Constituye un llamado a escuchar no solamente las palabras, sino a realizar el esfuerzo necesario para entender su verdadero significado. Por esto la frase se traduce: “*el que tenga oídos para oír, que escuche y entienda*”

El hecho es que el Señor le señala a Ezequiel que las palabras son primeramente para su propio provecho y libra al profeta de hablarle al pueblo con una actitud de altivez, como si él estuviera exento de los males que padecen los israelitas. Trabajar la Palabra primeramente en el plano de la vida personal produce la clase de convicción que permite que luego sea entregada con la autoridad necesaria. Nada le da tanto peso a nuestras palabras como el hecho de que hemos sido primeramente ministrados por ellas en nuestras propias vidas.

La experiencia de Ezequiel nos recuerda que no podemos convertirnos nunca en profesionales de la Palabra, personas que hablan acerca de verdades que nunca se han convertido en vida para nosotros.

Los mensajes que tocan los corazones de aquellos a quienes hablamos son aquellos que han tocado primeramente nuestros propios corazones.

Este principio no se limita solamente a aquellos que hemos sido llamados a exponer la Palabra al pueblo de Dios. Abarca también a todos los que desean compartir una palabra con las personas que son parte de sus vidas. Un buen consejo goza de mejor recepción cuando el consejero ha intentado vivir por el mismo principio. Una exhortación llega mejor cuando el que la da demuestra que también ha sido corregido por esa misma palabra.

*La mejor manera de lograr que el mensaje se funda con el mensajero es cultivando una vida en la que escudriñar las Escrituras sea una parte integral de nuestra existencia. Nuestro amor por la Palabra y nuestra sujeción a ella nos darán mayor peso que la más elaborada exposición del texto.*

19/05/2026

*PLANES INÚTILES*

“*¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, Y príncipes consultarán unidos Contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, Y echemos de nosotros sus cuerdas*” Sal. 2:1-3

Cuando leo este texto me cuesta entender que fue escrito ¡hace tres mil años! Describe con escalofriante exactitud lo que vemos ocurrir en una nación tras otra en estos tiempos de frenética emancipación moral. En cada país donde alguien asume la presidencia, pareciera que su intención fuera demostrar que es aún más osado que sus colegas de otras naciones.

La población, intoxicada con los aparentes beneficios de este movimiento, celebra la llegada del consumo libre de dr**as, la posibilidad de definir el matrimonio en los términos que a uno le plazca e, incluso, la seductora insinuación de que ya no es determinante el s**o con el que uno nace. Según los antojos de cada individuo es posible anular lo que, hasta ahora, la genética ha determinado.

El salmista se muestra sorprendido e indignado ante el enojo de las naciones y sus interminables maquinaciones. *Todos sus esfuerzos apuntan a un solo objetivo: librarse de lo que, imaginan, es la opresiva esclavitud que Dios les ha impuesto*. Esta rebeldía es tan antigua como el ser humano mismo. La serpiente logró despertar en la mujer ese espíritu, apelando a la misma sensación: insinuaba que, de alguna manera, si lograban deshacerse de la restricción que Dios les había impuesto serían como él y gozarían de la misma libertad.

La ilusión de ser libres impulsa la revolución social de la que somos testigos en estos tiempos. No queremos que nadie nos diga cómo debemos vivir ni que otros nos impongan restricciones. Cada uno, reza el nuevo mantra, es libre de vivir como quiere. La verdadera libertad, sin embargo, no consiste en la posibilidad de hacer lo que se nos antoja. La misma naturaleza de la vida requiere ciertas leyes y principios que la ordenen y le provean la estructura necesaria para su existencia.

Consideremos un sencillo ejemplo. Imaginemos que cada conductor decide que va a conducir de la manera que se le antoja. Escoge la velocidad, la dirección y los lugares por los que va a transitar su vehículo. No hace falta mucha astucia para entender que en muy poco tiempo tendríamos una situación de absoluto caos en el tránsito. De la misma manera, no se pueden violar indefinidamente las leyes que gobiernan la vida sin eventualmente caer en un caos, que es la condición que resulta cuando no existe ninguna clase de ley.

Esta ilusión de libertad es simplemente una nueva expresión de la esclavitud al pecado. La verdadera libertad es aquella capacidad de ponerle límite a mis propios caprichos y deseos, para vivir conforme a los propósitos de aquel que me creó.

“*Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres*” Jn. 8:34-36

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