22/03/2026
Lázaro ya llevaba cuatro días mu**to.
Todo había terminado. No había esperanza. El dolor era real… y definitivo.
Y entonces llega Jesús.
No corre. No se apresura. No actúa como muchos esperarían. De hecho, permite que la situación llegue al límite. ¿Por qué?
Porque lo que estaba a punto de hacer no era solo un milagro… era una revelación.
Cuando Jesús manda a quitar la piedra, no solo está abriendo una tumba… está abriendo el corazón de quienes habían perdido la fe.
Y entonces pronuncia esas palabras que atraviesan la historia:
“Lázaro, sal fuera”.
Y el mu**to sale.
Pero aquí está lo clave: Jesús no resucita a Lázaro simplemente para devolverle la vida terrena. Lázaro moriría otra vez.
Entonces… ¿para qué lo hizo?
Para mostrar algo mucho más grande: que Él tiene poder sobre la muerte. Que Él no es solo un profeta… es la Resurrección y la Vida.
Ese milagro era un anuncio de lo que vendría: su propia victoria sobre la muerte.
Y también es un mensaje directo para nosotros.
Porque todos tenemos “tumbas” en nuestra vida: pecados, heridas, desesperanza, situaciones que creemos que ya no tienen solución.
Y Jesús hoy sigue diciendo: “quita la piedra”.
Es decir: confía, aunque parezca tarde. Cree, aunque todo parezca perdido.
Porque cuando Dios actúa… no llega tarde. Llega perfecto.
La pregunta no es si Jesús puede devolver la vida.
La pregunta es si tú estás dispuesto a dejarlo entrar en lo que ya diste por mu**to.
Señor Jesús, Tú que eres la Resurrección y la Vida, entra en mis oscuridades, rompe mis piedras y devuélveme a la vida que solo Tú puedes dar. Amén.