26/08/2026
EL SANTO DEL 26 DE AGOSTO: SANTA TERESA DE JESÚS JORNET
Santa Teresa de Jesús Jornet, la mujer que convirtió el cuidado de los ancianos en un camino de santidad
Cada 26 de agosto, la Iglesia celebra a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española y fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Su vida tiene algo especialmente bonito porque no estuvo marcada por grandes discursos ni por obras llamativas. Su santidad fue creciendo en algo mucho más sencillo, cuidar, acompañar, escuchar y devolver un poco de hogar a quienes habían llegado a la última etapa de su vida sin tener a nadie que los cuidara.
Teresa nació el 9 de enero de 1843 en Aitona, Lérida, España, en una familia profundamente cristiana. Estudió para ser maestra y ejerció la docencia en Argensola. Desde joven mostró una sensibilidad especial hacia las personas necesitadas. También sintió el deseo de consagrarse a Dios y buscó distintos caminos hasta encontrar finalmente la misión que marcaría toda su vida.
Su camino no fue sencillo ni estuvo definido desde el principio. En un momento quiso ingresar en un monasterio de clarisas, pero las circunstancias políticas de la época se lo impidieron. Posteriormente se incorporó a una forma de vida vinculada al Carmelo y continuó buscando cuál era realmente la voluntad de Dios para ella. No tuvo desde el primer momento una respuesta completamente clara. Esto hace que su historia resulte cercana, porque también los santos tuvieron que discernir, esperar y descubrir poco a poco qué quería Dios de ellos.
La respuesta comenzó a aparecer cuando conoció al sacerdote Saturnino López Novoa, quien había concebido la creación de una obra dedicada a atender a los ancianos pobres y abandonados. Teresa comprendió que allí podía estar el camino que Dios le estaba mostrando. En 1873, en Barbastro, comenzó junto con otras mujeres la obra que daría origen a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. La congregación fue creciendo con rapidez y posteriormente estableció su casa madre en Valencia.
Lo que Teresa había descubierto era algo que hoy puede parecernos evidente, pero que tenía una enorme importancia en la sociedad de su tiempo, un anciano abandonado no pierde su dignidad porque ya no pueda trabajar, producir o valerse por sí mismo. Precisamente cuando una persona se vuelve más frágil necesita todavía más cuidado, compañía y cariño.
Por eso las Hermanitas no querían ofrecer solamente un lugar donde los ancianos pudieran dormir y recibir alimentos. Querían crear verdaderos hogares. El papa Pablo VI, durante la canonización de Teresa en 1974, destacó que muchas de estas personas sufrían pobreza, soledad e indiferencia, y que la obra de Teresa buscaba devolverles precisamente aquello que muchas veces habían perdido, el calor de una familia.
Teresa tenía además una manera muy concreta de entender el servicio. No se trataba de hacer grandes cosas para sentirse buenas. Había que atender los detalles, cuidar la alimentación, la limpieza, la salud, el ánimo y también las necesidades espirituales de cada anciano. En una intervención de 1958, el papa Pío XII recordó la delicadeza maternal con la que Teresa enseñaba a sus religiosas a tratar a los ancianos.
Una de las expresiones atribuidas a su espiritualidad resume muy bien esta misión, «Cuidar los cuerpos para salvar las almas». No se trataba de separar lo material de lo espiritual. Para Teresa, cuidar a una persona enferma, darle de comer, acompañarla cuando estaba triste o simplemente permanecer a su lado también podía ser una manera de anunciarle el amor de Dios.
Y hay un detalle de su vida que me parece especialmente hermoso. Teresa no buscaba hacer cosas extraordinarias. Tenía una mirada muy concreta sobre las pequeñas acciones. Pío XII recordó una de sus expresiones, «No hay nada pequeño, cuando se hace a gloria de Dios». Esta frase explica muy bien su espiritualidad. Para Dios no hay servicio insignificante cuando nace del amor. Preparar una comida, tender una cama, escuchar una historia repetida muchas veces, acompañar a alguien que se siente solo o simplemente sentarse junto a un anciano puede convertirse en una verdadera obra de caridad.
La obra creció muchísimo. Cuando Teresa murió, el 26 de agosto de 1897 en Liria, Valencia, las Hermanitas ya habían establecido numerosas casas en España y América. Las fuentes señalan que en ese momento existían 103 casas, una expansión impresionante para una obra que había comenzado apenas unas décadas antes.
Teresa murió relativamente joven, pero dejó detrás de sí una obra que continuaría atendiendo a miles de personas mayores. Fue beatificada por el papa Pío XII el 27 de abril de 1958 y canonizada por el papa Pablo VI el 27 de enero de 1974. En 1977, Pablo VI la proclamó Patrona de la ancianidad.
Pero quizá lo más fuerte de Teresa no está en la cantidad de casas que fundó. Está en la mirada que tuvo hacia los últimos. En una sociedad que fácilmente puede considerar a una persona valiosa mientras produce, trabaja, estudia o puede valerse por sí misma, Teresa recordó con su vida algo fundamental para la fe cristiana, la dignidad de una persona no disminuye cuando disminuyen sus fuerzas.
Y esto sigue siendo profundamente actual. Hay ancianos que tienen familia y se sienten solos. Hay otros que prácticamente no tienen a nadie. Algunos necesitan ayuda física, otros necesitan que alguien los escuche. Otros simplemente necesitan sentir que todavía importan.
Santa Teresa nos recuerda que quizá uno de los gestos más cristianos que podemos tener es aprender a no pasar de largo frente a quien se ha vuelto frágil.
Teresa de Jesús Jornet nos enseña que la caridad no consiste solamente en ayudar cuando tenemos tiempo, dinero o ganas.
A veces la verdadera caridad comienza cuando alguien deja de resultarnos cómodo.
Cuando tenemos que escuchar una historia por quinta vez.
Cuando una persona necesita más paciencia de la que pensábamos tener.
Cuando tenemos que cuidar a alguien que ya no puede devolvernos nada.
Cuando debemos detener nuestras propias cosas para acompañar a otro.
Ahí aparece una pregunta muy importante para un cristiano, ¿amo a las personas por lo que son o por lo que pueden hacer por mí?
Teresa entendió que cuidar a los ancianos era cuidar al mismo Cristo. No buscó solamente resolver una necesidad social. Quiso que cada persona pudiera terminar su vida sintiéndose querida, respetada y acompañada.
Y quizá eso también nos toca a nosotros. No todos podemos cuidar a un anciano de la misma manera, pero todos podemos aprender a mirar con más ternura a quienes necesitan de nosotros.
¿Cómo trato a las personas que ya no pueden darme lo que espero de ellas? ¿Tengo paciencia con los ancianos, con los enfermos y con quienes necesitan más tiempo y atención, o me impaciento porque siento que sus necesidades interrumpen mi vida y mis propios planes?
Esta semana realizaré un acto concreto de cercanía con una persona mayor. No buscaré solamente ayudarla en algo práctico, sino regalarle un poco de mi tiempo, escucharla con atención y hacerle sentir que su vida sigue siendo valiosa para mí. Procuraré hacerlo sin apuro y sin mirar constantemente el reloj, recordando que para Santa Teresa de Jesús Jornet ningún gesto de amor era demasiado pequeño cuando se hacía por Dios.