03/04/2025
EL AMOR DEL ALMA
O reflexiones y afectos sobre la Pasión de Jesucristo, de San Alfonso María Ligorio
CAPITULO PRIMERO
DEL AMOR QUE JESUCRISTO NOS HA MANIFESTADO, QUERIENDO SATISFACER EL MISMO A LA JUSTICIA DIVINA POR NUESTROS PECADOS.
I. Jesucristo ofrece su vida por el esclavo. —
La historia nos refiere un suceso en el cual se pone de manifiesto tan gran prodigio de amor, que será la admiración de todos los siglos. Un rey, señor de muchos estados, tenia un solo hijo, tan santo, tan amable y tan agraciado, que formaba las delicias de su padre, el cual le amaba como a sí mismo. El joven príncipe alimentaba en su corazón entrañable cariño a uno de sus esclavos. Más aconteció que el esclavo cometió un crimen, que debía expiar con la muerte. Al saberlo, el príncipe se ofreció a morir por el culpable, y el rey justiciero y celoso de sus derechos, convino en dar la muerte a su hijo idolatrado para librar al rebelde del merecido castigo. De este modo subió al cadalso el hijo inocente, y el esclavo culpable quedo en libertad.
Pues bien, este suceso, sin segundo en los anales de la humanidad, está consignado en el santo Evangelio; en el leemos que el Hijo de Dios y Señor del Universo, se dignó tomar carne humana y pagar con su muerte la pena eterna, que el hombre merecía por haber sido rebelde a su Hacedor. Se ofreció, dice ISAIAS, porque Él mismo lo quiso (1). Y el Padre Eterno consintió que su Hijo muriera en cruz para salvarnos a nosotros, desventurados pecadores. A su propio Hijo no perdono, añade SAN PABLO, sino que lo entrega a la muerte por todos nosotros (2). ¿Qué te parece, alma devota, de este amor del Hijo y del Padre?
¡Amadísimo Redentor mío!, ¡Conque para alcanzarme el perdón de los pecados habéis querido sacrificar vuestra vida en el ara de la cruz! ¿Qué os daré yo en agradecimiento de tan gran beneficio? Con mil títulos me habéis obligado a amaros, y si no os amase con todo mi corazón sería un monstruo de ingratitud. Vos habéis puesto a mi servicio vuestra vida divina; yo, aunque miserable pecador, os ofrezco también la mía. Si, Dios mío, a lo menos lo que me resta de vida quiero emplearlo en amaros, obedeceros y complaceros.
II. Jesucristo ofreció su vida por el esclavo pecador —
Amemos, mortales, amemos a nuestro Redentor, que a pesar de ser Dios no tuvo por caso de afrenta cargarse con nuestros pecados para satisfacer con sus p***s los castigos que por ellos merecimos. Es verdad, dice ISAIAS, que Él mismo tomo sobre si nuestras dolencias y cargo con nuestras penalidades (3). Dice a este propósito SAN ANSELMO «que el Señor, para criarnos, apeló a su omnipotencia; más para redimirnos y librarnos de la muerte puso por fundamento sus dolores y trabajos» (4).
¡Oh JESÚS, Salvador mío!, es tanto lo que os debo, que no podría saldar mis deudas ni aunque mil veces derramara por Vos mi sangre, ni diese mil veces la vida. Si yo pensase como debo en el amor que durante vuestra Pasión me habéis manifestado, ¿Cómo podría dejar de amaros para amar las criaturas? Pues bien, por aquel amor que me teníais en lo alto de la cruz, otorgadme la gracia de amaros con todo mi corazón. Os amo, bondad infinita, os amo sobre todas las cosas; solo os pido vuestro santo amor.
Pero, ¡cómo es esto, torna a preguntar SAN AGUSTÍN, como es posible que vuestro amor, oh Salvador del mundo!, haya podido llegar a tal extremo que siendo yo el pecador hayáis Vos pagado la pena de mi crimen? (5). Y ¿Que os importaba que todos fuésemos condenados y castigados como merecíamos? ¿Por qué habíais de expiar nuestros pecados padeciendo en vuestra carne inocente y morir para librarnos de la muerte eterna? «; Oh, ¡buen JESÚS!, exclama SAN BERNARDO, ¿Qué interés os mueve a obrar así? Nosotros estábamos condenados a muerte, ¿y Vos pagáis las deudas?; nosotros somos los pecadores, y ¿Vos la victima?; Oh, acción sin ejemplo, ¡Oh, gracia no merecida, oh, amor incomprensible, por ser sin tasa ni medida!» (6).
De antemano nos había dicho Isaías que nuestro adorable Redentor debía padecer muerte de cruz y ser conducido como oveja a! matadero (7). ¡Que asombro, oh Dios mío, no debió causar a los Ángeles el ver a su inocente Señor que era llevado como víctima que se había de sacrificar en el ara de la cruz por amor del hombre! ¡Qué espanto no causó en el cielo y en el in****no ver a todo un Dios ajusticiado y pendiente de la cruz por los pecados de sus criaturas!
III. Cristo quiso con sus dolores librarnos de la maldición y purificarnos de las manchas de nuestros pecados.
JESUCRISTO, dice SAN PABLO, nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho por nosotros objeto de maldición; pues está escrito: ma***to todo aquel que es colgado en un madero (8 ). Glosando estas palabras, SAN AMBROSIO dice: «Quiso pasar por la maldición y afrenta de la cruz para que tú fueses bendito en el reino de los cielos» (9).
¡Oh amadísimo Salvador mío!; para alcanzarme las divinas bendiciones, quisisteis morir deshonrado en el patíbulo de la cruz, maldecido de todos y de todos abandonado, hasta de vuestro eterno Padre, que por esto os visteis obligado a exclamar: Dios mío, Dios mío!, ¿Por qué me habéis desamparado? (10). Explicando SIMÓN DE CASIA estas palabras, dice: «Jesús quedo desamparado en las agonías de su Pasión, para que Dios no nos abandonase en nuestros pecados» (11). ¡Oh, prodigio de bondad! ¡Oh, exceso del amor de Dios para con los hombres! Y ¿Como puede haber, JESÚS mío, almas que esto crean y no os amen?
JESUCRISTO nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre (12). Ved, oh mortales, a que extremos de amor llego Cristo, puesto que para limpiar las manchas de nuestros pecados quiso prepararnos un baño de salud con su propia sangre. «Ha ofrecido por nosotros su sangre, dice un docto escritor, que clama mejor que la de Abel: la sangre de Abel pedía justicia; la de Cristo demanda misericordia» (13). ¡Pero, oh, buen JESÚS!, exclama SAN BUENAVENTURA, ¿Qué es lo que habéis hecho? ¿A dónde os han llevado vuestros transportes de amor? ¿Quién soy yo para que os hayáis prendado de mí?» (14). ¿Por qué habéis querido padecer tanto por mi amor? ¿En tan grande estima lo teníais, que lo quisisteis comprar a tanto precio? Todo esto ha sido obra de vuestro infinito amor. Sea por siempre bendito y alabado.
Vosotros, todos los que pasáis por este camino, paraos a contemplar si hay dolor como el mío (15). El Seráfico Doctor considera estas palabras de JEREMÍAS como pronunciadas por nuestro Redentor cuando estaba agonizando en la Cruz por nuestro amor, y exclama: «Yo, Señor, me detendré a considerar si hay amor semejante al vuestro». Es decir, bien veo y entiendo, afligidísimo Señor mío, cuanto habéis padecido en el infame madero de la Cruz; pero lo que más me fuerza a amaros es el entender el amor que con tanto padecer me habéis manifestado, obligándome a responder a vuestro afecto con el mío.
IV. Cristo padeció por todos y cada uno de nosotros. —
El pensamiento que más encendía a SAN PABLO en el amor de JESUCRISTO era considerar que no solo murió por todos los hombres en general, sino también por él en particular. Me amó, exclamaba, y se entregó por mí a la muerte (16). Esto mismo podemos decir todos nosotros, porque, como asegura SAN JUAN CRISOSTOMO, «Dios ama con tan entrañable amor a cada hombre en particular como a todo el Universo» (17). De suerte que, si bien JESUCRISTO padeció por todos, yo estoy obligado a amarle como si Únicamente hubiera padecido por mí.
Ahora bien; si JESÚS hubiera mu**to únicamente para salvarte a ti, dejando a todos los demás envueltos en la general ruina, ¿Cuán grande no debiera ser tu agradecimiento para con El?; pues has de advertir que le debes estar más agradecido por haber mu**to para salvar a todos. Si únicamente hubiera padecido por tu amor, ¿Qué género de aflicción dejaras de experimentar al considerar que tus parientes, tus padres, tus hermanos y amigos se habían de condenar, y que después de la muerte habías de vivir separado de ellos eternamente? Si en compañía de toda tu familia hubieras caído en la más ominosa esclavitud, y viniera un corazón compasivo a rescatarte a ti solo, ¿No le suplicarías con mil ruegos y lágrimas que librase también de tan duro cautiverio a tus padres y hermanos? Y si por complacerte accediese a ello, ¿No se lo agradecerías? Por esto puedes decir a JESUCRISTO con todas las veras de tu corazón:
¡Amadísimo Redentor mío!, esta obra admirable de caridad habéis llevado a buen término sin que yo os la pidiera; pero no solo me habéis rescatado a mí de la muerte con el precio de vuestra sangre, sino también a mis parientes y amigos, de suerte que, fundadamente, puedo esperar g***r en su compañía de Vos en el Cielo por toda la eternidad. Gracias os doy, Señor mío, y espero dároslas en el Cielo y amaros eternamente en aquella patria bienaventurada.
V. Jesucristo, como Pastor de nuestras almas, ha mu**to por darnos la vida. —
¿Y quién podrá jamás acertar a comprender el amor que el Verbo divino nos tiene a cada uno de nosotros? El de Cristo vence al amor que un hijo tiene por su madre, y el que una madre profesa a su hijo. Así nos lo advierte SAN LORENZO JUSTINIANO cuando dice: «La inefable caridad que nos tiene el Verbo de Dios sobrepuja a todo afecto maternal y filial; y no hay palabras que nos puedan decir el amor que tiene a cada uno de nosotros» (18 ). De suerte que como el Señor revelo a SANTA GERTRUDIS, estaría dispuesto a morir tantas veces cuantas son las almas que hay en el in****no, si todavía fueran susceptibles de redención (19).
¡Oh, JESÚS!, digno de ser amado con infinito amor, ¿Por qué los hombres os aman con tan menguado amor? Dadles, pues, a conocer lo que por cada uno de ellos habéis padecido, el amor que les habéis manifestado, el deseo que tenéis de que todos correspondan a vuestro amor, y, finalmente, las inefables cualidades que tenéis para que de Vos se enamoren. ¡Oh, JESÚS MIO!, daos a conocer, haceos amar.
Yo soy el buen Pastor, dice JESUCRISTO, y el buen pastor da la vida por sus ovejas (20). Pero, Señor, ¿Dónde dar con pastores semejantes a Vos? Los pastores, que todos conocemos, dan muerte a sus ovejas para conservar ellos la vida, mientras que Vos, Pastor onerosísimo, habéis sacrificado vuestra vida divina para devolverla a vuestras amadas ovejas; y en el número de estas ovejas, ;oh, Pastor amadísimo!, tengo yo la gran ventura de encontrarme. ¿Quién no advierte por esta razón cuan obligado estoy a amaros y a dar mi vida por vuestro amor, ya que habéis mu**to por mí de modo especial? ¿Por qué no poner toda mi confianza en vuestra preciosa sangre, derramada para borrar las manchas del pecado? Bien puedo deciros con ISAIAS: ¡Te alabare, oh, Señor!, porque Dios es el Salvador mío; viviré lleno de confianza, y no temeré (21). ¡Cómo, ¡Oh, Dios mío!, podre desconfiar de vuestra misericordia al contemplar vuestras llagas? Vayamos, pobres pecadores, y acudamos a JESÚS, que ha convertido su cruz en trono de misericordia, logrando aplacar a la divina Justicia, irritada contra nosotros. Si hemos ofendido a Dios, JESUCRISTO ha hecho penitencia por nosotros; lo único que nos pide es que nos arrepintamos de nuestros pecados.
¡Amadísimo Salvador mio!, ¡A que extremo os ha llevado la piedad y el amor que me habéis tenido! Delinque el esclavo, y Vos, Señor, os ofrecéis a pagar la pena de su delito. Si pienso, pues en mis pecados, debo temblar por los castigos que me han merecido; pero, al recordar vuestra Pasión y muerte, tengo más fundados motivos de esperar que de temer. ¡Oh, sangre preciosa de Cristo, to eres el fundamento de toda mi esperanza!
VI. La Pasión de Cristo nos obliga a amarle. — Pero si la sangre de Cristo es fuente de confianza, nos obliga también a consagrar todos los afectos del corazón a nuestro amoroso Redentor. ¿Por ventura ignoráis, dice SAN PABLO, que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio? (22).
¡Oh, JESÚS mío!, sin manifiesta injusticia no puedo disponer de mí y de mis cosas, porque habiéndome comprado con vuestra muerte, he venido a ser propiedad vuestra; mi cuerpo, mi alma y mi vida ya no son míos, son vuestros, con absoluto dominio y señorío.
Por tanto, solo en Vos espero, ¡Oh, Salvador mío!, ¡Solo a Vos quiero amar! ¡Oh Dios crucificado y mu**to por mí! No tengo que ofreceros más que esta alma, rescatada con vuestra sangre, y esto es lo que os ofrezco. Ya que solo Vos sois el objeto de todos mis deseos, dadme licencia para amaros, ¡oh Salvador y Dios mío!, mi amor y mi todo. Hasta ahora he mostrado mi agradecimiento a los hombres, solo con Vos he sido ingrato, más al presente os amo, y lo que más me atormenta es haberos disgustado en mi pasada vida. ¡Oh JESÚS mío!, dadme confianza en vuestra Pasión y arrancad de mi corazón todos los afectos que a Vos no vayan dirigidos. Solo a Vos quiero amar, puesto que merecéis todo mi amor que tanto habéis hecho por cautivarlo. ¿Quién podrá rehusar amaros, al considerar que sois el Hijo amadísimo del Eterno Padre, y que por vuestro amor habéis querido acabar la vida con muerte tan cruel e ignominiosa?
¡Oh, María, Madre del Amor Hermoso!, por los méritos de vuestro inflamado corazón impetradme la gracia de gastar toda mi vida en amar a vuestro Hijo, que siendo por sus cualidades digno de infinito amor, ha querido conquistar a tanta costa el afecto de un pecador tan miserable como yo.
¡Oh JESÚS mío!, amor de las almas, os amo, os amo, os amo; pero os amo demasiado poco; dadme más encendido amor, dadme más llamas de amor, que me obliguen a vivir de continuo inflamado en vuestro amor; verdad es que yo no merezco tan gran-
de gracia, pero la merecéis Vos, bondad infinita. Amen, así lo espero, así sea.
1) Is., LIII, 7
2) Rom., VIII, 32
3) Is., LIII, 4
4) In lo., tr. 15, n. 6
5) Med. c. VII
6) Cfr. LOHNER , Bibliotheca concionatoria, tit. 110. Passio Christi
7) Is., LIII, 7
8 ) Gal. III, 13
9) Epis. 47 ad Sabinum
10) Matth., XXVII, 46
11) Libr. 13 de P. H.
12) Apoc., I, 5
13) CONTENSON , L. 10, d. 4, c. 1
14) Slim. div. am., p. 1, c. 13
15) Thren., I, 12
16) Gal., II, 20
17) In Gal., 11, 20
18 ) De Tr. Chr. Ag., c. 5
19) Revelaciones, I. 7, c.19
20) lo., X, II
21) Is., XII, 1-2
22) I Cor., VI, 19-20
Fuente: El amor del alma o Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo - San Alfonso María Ligorio, publicación 2/17
Fotografía: de Belén