28/09/2026
Hoy en la homilía de la Eucaristía de hoy , Jesús nos enseña algo que toca profundamente el corazón: “El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí”. Y también nos recuerda: “No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes.”
Qué hermoso sería aprender a vivir nuestra misión con un corazón de niño: sin orgullo, sin rivalidades, sin buscar protagonismo y, sobre todo, sin poner obstáculos al hermano que también quiere servir y anunciar el Evangelio.
A veces, incluso dentro de nuestras pastorales, podemos encontrarnos con situaciones que duelen: puertas que parecen cerrarse, invitaciones que generan incomodidad o dificultades que nos hacen perder hasta las ganas de participar. Pero el Evangelio de hoy nos invita a no responder con resentimiento.
Perdonemos. Oremos. Dejemos las cosas en las manos de Dios.
Si Dios abre una puerta para llevar nuestra experiencia, nuestro testimonio o una palabra de esperanza a otros hermanos, no debemos preocuparnos por quién nos pone obstáculos. La obra es de Dios, no nuestra.
Y así como los discípulos quisieron impedir que alguien anunciara y obrara en nombre de Jesús, también nosotros debemos cuidar de no caer en la tentación de pensar que solo nosotros podemos servir.
El Evangelio no tiene dueño. La misión es de Cristo.
Que nunca seamos quienes apaguen en otro hermano el deseo de servir. Y cuando nos toque recibir una herida, aprendamos de los niños: perdonar, levantarnos y seguir caminando con un corazón limpio.
Porque al final, no se trata de quién fue, quién habló o quién recibió la invitación… se trata de que Cristo sea anunciado y de que muchas familias puedan conocer cuánto las ama Dios.
Matrimonio: Grijalva Quezada