22/05/2025
Dijo Jesús a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones, de no ser así, no les habría dicho, que me voy a prepararles un lugar. Y después, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes.
Juan 14, 1-3
Fuera de la fe, nadie tiene el más mínimo vislumbre acerca de lo que nos espera detrás del “muro”.
Jesús nos dice que el Padre está levantando piedra a piedra una mansión para cada uno.
La mente divina es un inmenso planisferio donde están escritos nuestros sueños; y en ese planisferio está también señalada la hora de regresar al hogar del Padre amado.
No estamos en el caso del prisionero que, arrastrando cadenas, llega a un hogar desconocido, sino ante el hijo amado que, tras larga peregrinación, arribará al hogar deseado. No se trata del caminante que entra en la angostura del camino, se trata del “ave” que despliega las alas para emprender el vuelo hacia la Patria soñada.
Llegaremos a un mundo nuevo, a un cálido hogar soñado desde siempre. En la puerta de la Casa nos esperará el Padre. Nos reconocerá, nos convocará a su “seno” maternal. Y no habrá madre en el mundo capaz de acallar el llanto de sus pequeños como lo hará el Padre.
Aquel día, la paz, como una sombra azul envolverá nuestros sueños y desvelos.
Extractado del L. Las fuerzas de la decadencia
P. Ignacio Larrañaga
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