10/03/2026
Sed
“Buscamos saciar nuestra sed de las maneras más extrañas: desde la comida hasta convencernos de que somos animales o algo semejante. Sin embargo, todo tiene un mismo origen: nuestro corazón tiene sed.
Seguramente en algún momento de tu vida has tenido sed. Esa sensación incómoda, incluso desesperante, que reclama nuestro cuerpo. Es como si se encendiera un chip que indica que necesitamos agua, y ese chip no se apaga hasta cumplir su cometido: hasta que bebemos agua.
Lo mismo sucede con nuestro corazón. Se enciende una señal que nos indica que algo nos hace falta. No importa si tenemos la vida resuelta con dinero y fama; algo falta. Tenemos sed.
De maneras inverosímiles, y hasta ingenuas, creemos tener las respuestas para lo que nuestro corazón reclama. Así terminamos saciándonos de carbohidratos inútiles que no sacian y mucho menos nutren.
Algunos encuentran paliativos extraordinarios para esa sed incómoda, y de esa manera llegan a los excesos de las adicciones. Otros nos equivocamos de remedios y lo único que conseguimos es una vida descontrolada por el exceso de calorías que consumimos mientras intentamos calmar nuestra sed.
Pero al final de la búsqueda, la verdad siempre ha sido la misma: “Mi alma tiene sed de ti, Dios de la vida; ¿cuándo vendré a presentarme ante ti, mi Dios?” (Salmos 42:2, RVC).
Necesitamos a Dios, y a menos que volvamos a Él nunca estaremos satisfechos. Siempre tendremos sed.
Solo Dios sacia, porque solo Él tiene el agua de vida. Todo lo demás es vanidad de vanidades, calorías sin nutrientes, comida chatarra.
Alguien podría decir: “Pero me gusta esa comida chatarra, aunque me enferme”. Bueno, eres libre de elegir.
Lo cierto es que tu sed tiene remedio y tu búsqueda tiene un final. Jesús es la respuesta. Él es el final de la búsqueda.
Deja de buscar donde no está. La verdad es contundente: “tu alma tiene sed de Dios.”