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Sembradores Página católica de evangelización. Adm. BJP
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Jueves después de Pentecostés.Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.+ Lucas 22, 14-20. En aquel tiempo, llegada la hora de...
28/05/2026

Jueves después de Pentecostés.
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
+ Lucas 22, 14-20.
En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.
Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Celebramos hoy, con categoría de fiesta,
a Jesucristo como sumo y eterno Sacerdote.
Las lecturas y oraciones nos presentan el contenido de la celebración en una doble vertiente: Cristo, nuestro Sacerdote, y los sacerdotes como signos y continuadores de Cristo en su mediación para la comunidad cristiana.
También la lectura de la carta a los Hebreos, orienta nuestra atención hacia Cristo Jesús y su sacrificio pascual en la Cruz. Al autor de la carta le interesa hacer ver cómo Jesús ha cumplido y superado las promesas y figuras del Antiguo Testamento: él es el Sacerdote auténtico, y el suyo es el sacrificio que nos reconcilia con Dios, porque, de una vez para siempre, se ha ofrecido en la Cruz por la salvación de la humanidad. Su ejemplo nos llena de confianza y nos impulsa a ser también nosotros firmes en la esperanza, en nuestro seguimiento de discípulos y creyentes.
El tono sacerdotal y sacrificial de las dos primeras lecturas se subraya también con el salmo 39, en el que repetimos la frase que mejor expresa la disponibilidad ofertorial de Cristo: "Aquí estoy para hacer tu voluntad".
Ahora ya no se ofrecen sacrificios de animales, sino que Jesús (y nosotros, sus seguidores, con él) se ha ofrecido a sí mismo, vivencialmente, como ofrenda expiatoria por todos.
El evangelio nos ayuda a pasar desde el sacerdocio de Cristo al de la Iglesia.
En la última Cena, Jesús nos encargó que celebráramos el memorial de su muerte salvadora. En la Eucaristía, el Señor Resucitado nos hace presente cada vez, bajo la forma de pan y vino, su donación pascual de la Cruz, su Cuerpo entregado y su Sangre derramada, para que entremos en comunión con él y ofrezcamos al Padre, juntamente con él, nuestras propias vidas.
La comunidad es la que celebra este memorial, pero lo hace presidida por un sacerdote (presbítero u obispo) que actúa en nombre de Cristo y le representa visiblemente en y para la comunidad.
Terminado ya todo el ciclo de la Pascua (noventa días entre Cuaresma y Pascua), esta fiesta nos invita a mirar atrás, en conjunto, y dar gracias a Dios por esta doble donación, el sacerdocio de Cristo y la participación en ese sacerdocio por parte de la comunidad y, de modo especial, de los ministros ordenados.
Cantamos las alabanzas de Cristo como nuestro Mediador y Sacerdote: "Para gloria tuya y salvación del género humano, constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote" (oración), "pontífice de la Alianza nueva y eterna" (prefacio).
A la vez nos alegramos de que Dios haya querido hacernos partícipes del sacerdocio de Cristo. Esta participación es doble, según afirma y explicita el prefacio: el sacerdocio común a todos los fieles que se han incorporado a Cristo por el Bautismo: "Ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo", y el sacerdocio ordenado de los presbíteros y obispos: "También ha elegido a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión"; este sacerdocio ministerial se describe con breves trazos: "Ellos renuevan, en nombre de Cristo, el sacrificio de la redención", "y preparan a tus hijos el banquete pascual", "donde el pueblo santo se reúne en tu amor, se alimenta de tu palabra y se fortalece con tus sacramentos".
Sobre todo, en la Eucaristía, el pueblo cristiano se une a Cristo Sacerdote, con la reunión, la escucha de la Palabra y la celebración de la comunión eucarística. Esa es la finalidad: que toda la comunidad participe de Cristo y de la doble mesa a la que nos invita, la Palabra y el Sacramento.
Pero Cristo ha querido que, dentro de la comunidad, algunos participen de un ministerio ordenado, personificando al mismo Cristo, Pastor y Cabeza, y que lo hagan para bien de la comunidad entera, siguiendo las huellas del Sumo Sacerdote: "Al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo y así dan testimonio constante de fidelidad y de amor".
No es extraño que en la oración de esta misa se pida a Dios, para los sacerdotes: "Concédeles la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido". Necesitarán toda la fuerza de Dios para poder imitar a Cristo, el Sumo Sacerdote, el Mediador que se entregó totalmente por la humanidad.

VIII Miércoles del tiempo Ordinario+ En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban de camino subiendo a Jerusalén y Jesús...
27/05/2026

VIII Miércoles del tiempo Ordinario
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En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos iban de camino subiendo a Jerusalén y Jesús se les iba adelantando. Los discípulos estaban sorprendidos y la gente que lo seguía tenía miedo. Él se llevó aparte otra vez a los Doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: “Ya ven que estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; van a condenarlo a muerte y a entregarlo a los paganos; se van a burlar de él, van a escupirlo, a azotarlo y a matarlo; pero al tercer día resucitará”.
Entonces se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “¿Qué es lo que desean?”. Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: “No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?”. Le respondieron: “Sí podemos”. Y Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado”.
Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

Pedro recuerda a los recién bautizados la suerte que han tenido, porque ahora creen en Cristo Jesús, han sido rescatados de su antigua vida y han vuelto a nacer de Dios.
Ser rescatados significa que alguien ha pagado el precio, la fianza por su liberación. Ese alguien ha sido Cristo, que no ha pagado con una cantidad de dinero, sino con su propia sangre.
Con eso ha cambiado la situación de estos neófitos: ahora ponen su fe y su esperanza en Dios, que ha resucitado a Cristo de la muerte. Han vuelto a nacer, no de un padre mortal, sino de Dios mismo, de su Palabra viva y duradera, el evangelio.
Pedro quiere que los cristianos saquen de esta convicción una consecuencia concreta: «Amaos unos a otros de corazón». Si todos hemos nacido del mismo Dios, todos somos hermanos.
Una perspectiva tan optimista debería motivar nuestra vida cristiana. De nosotros se tendría que poder decir que «habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza». Tenemos motivos abundantes para esta confianza. Hemos vuelto a nacer, esta vez del amor de Dios mismo, no del amor de unos padres mortales. Hemos sido rescatados por la sangre de Cristo: debemos valer mucho, cada uno de nosotros, a los ojos de Dios, porque ha pagado un precio muy alto por nosotros.
Una primera consecuencia es que nuestra vida queda cambiada radicalmente. Esa Palabra viva de Dios que escuchamos y acogemos, nos quiere regenerar día tras día, infundiéndonos su fuerza transformadora. Otras palabras y doctrinas que nos pueden gustar son caducas, «como flor campestre: se agosta la hierba, la flor se cae, pero la Palabra del Señor permanece para siempre». La Palabra de Dios es firme: si construimos sobre ella, edificamos para siempre.
Hay otra consecuencia que se deriva de la anterior: los mismos dones que yo, los han recibido también los demás. Debo considerarlos hermanos míos, hijos del mismo Dios. La invitación de Pedro va para nosotros, cada uno en su ambiente: «habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente».
¿Cuántas veces nos enseña Dios, a través de las lecturas bíblicas, esta doble dirección de nuestra vida cristiana: la unión gozosa con él y la caridad sincera con el prójimo?

En el camino hacia Jerusalén -lo cual no es un dato geográfico, sino un símbolo teológico de su marcha hacia la pasión y la muerte- sitúa Marcos varias escenas programáticas. Jesús «sube» a la pasión, muerte y resurrección, y el evangelista quiere dejar bien claro que los discípulos han de seguir el mismo camino. Jesús va decidido y se adelanta un poco a los demás. Marcos dice que «los discípulos se extrañaban y los que seguían iban asustados».
Jesús les anuncia por tercera vez su muerte. Marcos subraya cada vez que los discípulos no querían entender nada. La primera vez fue Pedro el que tomó aparte a Jesús y le echó en cara que hablara de muerte y fracaso. La segunda vez que Jesús anunció su muerte, los discípulos se pusieron a discutir sobre los primeros puestos. En esta tercera, de nuevo Marcos subraya la cerrazón de los apóstoles: nos cuenta la escena de Santiago y Juan, ambiciosos, en búsqueda de grandeza y poder, pidiendo los primeros puestos en el Reino.
Como respuesta Jesús les anuncia la muerte que deberán asumir esos dos discípulos que ahora piden honores: lo hace con las comparaciones de la copa y el bautismo. Beber la copa es sinónimo de asumir la amargura, el juicio de Dios, la renuncia y el sacrificio. Pasar por el bautismo también apunta a lo mismo: sumergirse en el juicio de Dios, como el mundo en el diluvio, dejarse purificar y dar comienzo a una nueva existencia. La pasión de Cristo, la copa amarga y el bautismo de la muerte les espera también a sus discípulos. Santiago será precisamente el primero en sufrir el martirio por Cristo.
Los otros diez se llenan de indignación, no porque creyeran que la petición hubiera sido inconveniente, sino porque todos pensaban lo mismo y esos dos se les habían adelantado. Jesús aprovecha para dar a todos una lección sobre la autoridad y el servicio. Se pone a sí mismo como el modelo: «El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».
Por si también nosotros ambicionamos, más o menos conscientemente. puestos de honor o intereses personales en nuestro seguimiento a Jesús, nos viene bien su lección.
La autoridad no la tenemos que entender como la de «los que son reconocidos como jefes de los pueblos», porque esos, según la dura descripción de Jesús, los tiranizan y los oprimen. Para nosotros, «nada de eso». Los cristianos tenemos que entender toda autoridad como servicio y entrega por los demás: el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Cuando nos examinamos sinceramente sobre este punto, a veces descubrimos que tendemos a dominar y no a servir, que en el pequeño o grande territorio de nuestra autoridad nos comportamos como los que tiranizan y oprimen. Tendríamos que imitar a Jesús, que estaba en medio de los suyos como quien sirve.
Pero, además, y yendo a la raíz de la lección, debemos preguntarnos si aceptamos el evangelio de Jesús con todo incluido, también con la cruz y la subida a Jerusalén, sólo en sus aspectos más fáciles. El mundo de hoy nos invita a rehuir el dolor y el sufrimiento. Lo que cuenta es el placer inmediato. Pero un cristiano se entiende que tiene que asumir a Cristo con todas las consecuencias: que cargue cada día con su cruz y me siga. Ser cristiano es seguir el camino de Cristo e ir teniendo los mismos sentimientos de Cristo. Él va hacia Jerusalén. Nosotros no hemos de rehuir esa dirección.
Igual que el amor o la amistad verdadera, también el seguimiento de Cristo exige muchas veces renuncia, esfuerzo, sacrificio. Como tiene que sacrificarse el estudiante para aprobar, el atleta para ganar, el labrador para cosechar, los padres para sacar la familia adelante. Depende del ideal que se tenga. Para un cristiano el ideal es colaborar con Cristo en la salvación del mundo. Por eso, en la vida de comunidad muchas veces debemos estar dispuestos al trabajo y a la renuncia por los demás, sin pasar factura. La filosofía de la cruz no se basa en la cruz misma, con una actitud masoquista. sino en la construcción de un mundo nuevo, que supone la cruz. Lo que parece una paradoja-buscar los últimos lugares, ser el esclavo de todos- sólo tiene sentido desde esta perspectiva y este ejemplo de Jesús.

MariologíaSan Francisco y su devoción a MaríaSi algo caracteriza la espiritualidad deSan Francisco de Asís, no es unadev...
27/05/2026

Mariología

San Francisco y su devoción a María

Si algo caracteriza la espiritualidad de
San Francisco de Asís, no es una
devoción ornamental a María, sino
una relación vital, concreta y
teológicamente densa. La tradición
franciscana no exagera cuando afirma
que la Orden nace bajo el amparo de
la Virgen.

En este mes mariano que por esta
ocasión coincide con el año jubilar
franciscano, hemos querido resaltar
esta relación inseparable entre el
santo de Asís y la Madre de Dios.

Tomás de Celano lo expresa con una intensidad difícil de ignorar: Francisco
“rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús” (2Cel 198): María ha hecho
“hermano nuestro al Señor de la majestad”. Es decir, la devoción mariana nace
de la comprensión de la Encarnación. Si Cristo es verdaderamente hermano, es
porque ha habido una mujer que lo ha dado a la carne. Si se diluye el lugar de
María, se termina debilitando la realidad concreta de la Encarnación. Francisco
lo entiende con una radicalidad absoluta.

La elección de la Porciúncula no es casualidad. Francisco no se instala ahí por
comodidad ni por romanticismo. Se trata de una iglesia dedicada a Santa
María, abandonada, pobre, casi en ruinas. Y precisamente ahí decide quedarse:
el no busca lo funcional, busca lo significativo. La Porciúncula se convierte en
el lugar donde inicia todo: “aquí progresó en las virtudes, aquí alcanzó la meta”
(LM II,8). Lejos de ser sólo un espacio físico, es un lugar bajo la mirada de
María nace una forma de vida.

Más aún, Francisco recomienda este lugar al morir, como el más querido de la
Virgen. ¿Por qué esa insistencia? Porque entiende que la identidad franciscana
no se sostiene sólo en una regla o en un carisma abstracto, sino en una
pertenencia concreta de vivir bajo la protección de la Madre.

¿puede sostenerse una espiritualidad cristiana sin un lugar concreto,
sin raíces, sin mediaciones visibles? Francisco parece decir que no.
San Buenaventura recoge una afirmación decisiva: Francisco,
“después de Cristo, ponía en ella su confianza” (LM IX,3). Esto puede
sonar excesivo si no se entiende bien. Pero Francisco no coloca a
María en competencia con Cristo, sino en relación con Él. María no
sustituye ni a su Hijo, sino que conduce hacia Él.

Uno de los rasgos que más atrae a Francisco es la misericordia de
María. La invoca como “Reina de misericordia” y reconoce en ella una
mediación concreta en su propia vocación (cfr. 3Cel 106). El episodio
del Perdón de Asís no se entiende sin esta clave: la misericordia de
Dios se despliega históricamente, y María aparece como intercesora
activa.

Por otro lado, las oraciones de Francisco no son adornos piadosos,
sino síntesis teológicas. En la Antífona a la Virgen, la llama “hija y
esclava del altísimo Padre… madre de nuestro Señor Jesucristo…
esposa del Espíritu Santo”. Esta formulación expresa una comprensión
trinitaria de María.

En el Saludo a la Bienaventurada Virgen María, la riqueza simbólica es
aún mayor: “palacio de Dios”, “tabernáculo”, “casa”, “vestidura”.
Francisco no está improvisando imágenes bonitas; está diciendo algo
muy precioso, que María es el lugar donde Dios habita.

Francisco no contempla a María sólo para admirarla, sino para imitarla.
Él mismo desea convertirse en “morada” de Cristo. María no es sólo
objeto de veneración, sino forma de vida.

Francisco no separa a María de Cristo ni de su forma de vida. En su
testamento espiritual afirma: quiere seguir “la vida y pobreza de
nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre”. María no es sólo la
Madre del Señor; es la mujer que comparte su pobreza. El Verbo
“recibió la carne” de ella, y esa carne no es abstracta: es concreta,
histórica, pobre.

Además, Francisco la llama “virgen hecha Iglesia”. Reconociéndola no sólo como
una figura individual, sino el inicio de una humanidad nueva. En ella se anticipa lo
que la Iglesia está llamada a ser.

¿la devoción a María está configurando realmente un modo de vida, o se queda en
práctica devocional sin consecuencias?
Para Francisco, la respuesta es evidente, si no transforma la vida, no es auténtica.
Uno de los puntos más fuertes (y menos digeridos) de la espiritualidad franciscana
es este: la carne de Cristo es la carne de María.
Esto tiene consecuencias profundas. Si Cristo asume la carne de María, entonces la
salvación pasa por la historia, por lo concreto, por lo humano. No hay un Cristo
abstracto.

Aquí Francisco se distancia de cualquier espiritualismo desencarnado. Y
también cuestiona ciertas formas modernas de religiosidad que hablan mucho
de Dios pero poco de mediaciones concretas.
La devoción de Francisco a María no es un añadido a su espiritualidad, sino una
de sus claves de lectura. En ella descubre lo que significa dejar que Dios actúe,
acogerlo, llevarlo en la propia vida y entregarlo al mundo.

María no es sólo la “obra maestra” de Dios, sino el modelo de lo que el hombre
está llamado a ser. Por eso, para Francisco, la relación con ella no termina en la
contemplación, sino que exige una verdadera Metanoia (transformación).
Si María es realmente modelo, entonces la vida cristiana no puede seguir
instalada en la superficialidad.
O se convierte en espacio donde Cristo toma carne… o la devoción se queda en
palabras.

Martes de la VIII Semana del Tiempo Ordinario. + Marcos 10, 28-31En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:«Ya ves ...
26/05/2026

Martes de la VIII Semana del Tiempo Ordinario. + Marcos 10, 28-31
En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:
«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús dijo:
«En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna.
Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».
Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.
Seguimos meditando el gran discurso de Jesús sobre el desprendimiento. Un discurso que comenzó con la invitación a ser como niños, pasó por el encuentro con el joven rico y hoy llega a este momento en el que Pedro, con esa espontaneidad que le caracteriza, le dice al Maestro: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.
Pedro ha entendido que el verdadero problema no es solo tener riquezas, sino el apego a ellas. Y con sinceridad le dice a Jesús: “Nosotros sí lo hemos dejado todo”. No lo dice con orgullo, sino con esa mezcla de confianza y expectación: “Señor, ¿qué hay para nosotros que sí hemos renunciado a todo?”
La respuesta de Jesús es un regalo de esperanza. No solo promete que quien deja casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por Él recibirá cien veces más en esta vida, sino que añade algo inesperado: también recibirá persecuciones.
¿Qué clase de recompensa es esta? En el mundo pensamos que quien hace un sacrificio merece descanso, éxito, reconocimiento. Pero Cristo nos ofrece algo más valioso: una vida transformada, una vida fecunda, una vida unida a la suya.
Este pasaje nos muestra que seguir a Cristo no es solo una renuncia, sino una ganancia infinita. Porque el que lo deja todo por Jesús, recibe todo en Dios. Y no solo en la vida eterna, sino ya aquí, en esta tierra. Es una promesa real: cuando uno se entrega a Cristo, su familia se multiplica. No en la carne, sino en el Espíritu. La Iglesia se convierte en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro refugio.
Sin embargo, Jesús no nos engaña: junto con las bendiciones vendrán también las persecuciones. Porque optar por Cristo implica ir en contra del mundo, implica renunciar a la lógica del poder, del egoísmo, del materialismo. Implica abrazar la cruz. Pero quien sufre por Cristo, lejos de perder, gana. Porque el que ama, comprende que el sufrimiento por amor no destruye, sino que engrandece.
Es una locura sufrir por Cristo si no se le ama. Pero quien lo ama, todo lo soporta por Él. Y sabe que los padecimientos de esta vida no son eternos. Eterna es la gloria junto a Cristo.
Por eso, no tengamos miedo. Optar por Cristo es la mejor elección de nuestra vida. Vivamos desprendidos, confiados, con la certeza de que todo lo que dejemos por amor a Dios nos será devuelto con creces. Porque Dios nunca se deja ganar en generosidad.
Que María, nuestra Madre, nos ayude a entregarnos totalmente a su Hijo, con la seguridad de que en Él encontramos nuestra verdadera riqueza.

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