17/05/2026
LA ASCENCION DEL SEÑOR
Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono, ¡aleluya! Con esta aclamación, respondimos al pasaje de los Hechos de los apóstoles que nos ha contado a detalle el momento en que Cristo se elevó al cielo (Hch 1, 1-11).
En ese día tan majestuoso, los discípulos, purificados y reivindicados en la comunión de su Señor; no pudieron evitar la nostalgia de ver que quien los había amado tanto, hasta morir y resucitar por ellos, los privaba de su presencia física para retomar su sitial en la gloria de Dios. En ese entonces, aunque aguardaban la esperanza del Paráclito prometido, no podían no sentir melancolía de mirar como ese Jesús que había estado con ellos por un buen tiempo, ahora estará de otro modo muy diferente, ya no con ellos, sino en ellos. El pensador alemán Friedrich Nietzsche decía que: “lo que más
nos acerca o aproxima a las personas es la despedida”. En efecto, uno se entera de cuánto ama a las personas, las cosas y lugares, cuando llega el momento de dejarlos. Y para los discípulos, la ascensión de Jesús al cielo no fue la excepción.
Los seguidores del Señor somos personas de carne y hueso y, no de piedra, ni de hule. Tenemos sentimientos y nos duelen las separaciones y las despedidas. Sin embargo, en medio de la tristeza, había una promesa bastante consoladora: llegará el Espíritu divino que, además de confortarnos, estará en quien lo reciba para ayudarnos, defendernos e inspirar en cada uno las obras del resucitado para que el mundo vea que, quien ahora parece alejarse, en realidad, se queda en su pueblo fiel; tanto en la Palabra, los sacramentos, sobre todo en la eucaristía y, en las obras de misericordia impulsadas por la inconfundible caridad. De tal forma que, lo que aparentemente se posa como un desánimo en el corazón de los primeros cristianos, se transforme en testimonio perenne de que Cristo está con nosotros, que no se ha ido. Sólo pasó de estar afuera, a dentro de nosotros y, esta es la novedad que hemos de entender para anunciar.
De hecho, la principal tarea de los apóstoles y de quienes se abrirán a su predicación es anunciar el evangelio. Porque el mandato es claro: «Vayan, pues, y hagan discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado» (Mt 28, 19-20). “Vayan”, dijo el Señor. Salgan, muévanse; no se queden estáticos, como pensando “no hay nada que hacer”. El encargo es: “ir”, porque esta es la razón de existir de la Iglesia: ir, moverse, manifestar que el Soplo de Dios que es su mismo Espíritu; está en ella, puesto que él es dínamis, o sea, movimiento. Y donde hay
movimiento, hay vida. Por eso, decía el Papa Francisco: “No entiendo una Iglesia pasiva, encerrada y enferma por estar instalada en su comodidad; prefiero una Iglesia accidentada, manchada por anunciar el evangelio y no enferma por estar enclaustrada”.
Ciertamente, el gran peligro de hoy, como el de tiempos pasados es cruzarse de brazos y esperar como aburridos a que el Señor regrese. Hoy tenemos que revertir tanta pereza e indiferencia porque eso ha llevado a que muchos se alejen y pierdan la chispa
de la fe, la esperanza y la caridad e incluso, pierdan a Dios. El bautismo que hemos recibido nos faculta y nos incita a atraer a los demás al Señor, contagiarlos de su amor, a eso Jesús le llama “pescadores de hombres”. ¿Y cómo lo haremos, si sólo nos conformamos con medio participar cada domingo en la celebración eucarística; si no oramos, si no profundizamos la lectura de la Escritura; si no purificamos el corazón en el sacramento de la reconciliación; y si nos creemos la falsa idea de que Dios nos ha abandonado?
La tarea de evangelizar no es sólo del clero, sino también de los laicos y de los. consagrados, ¡hagámoslo! Que nadie se siga justificando: “es que yo no sé nada de Dios, no sé rezar, no sé quehacer, no tengo tiempo”, porque eso es mentira, ¡sí sabemos qué hacer y tiempo hay! Llevemos, por lo tanto, una vida más piadosa, menos egoísta e impía. Esforcémonos por dejar de expresarnos mal de los demás y miremos con misericordia sus limitaciones. Reconciliémonos más y paliémonos menos. Sólo así podremos transformar nuestro tétrico presente, en un glorioso futuro, donde se diga
otra vez: Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono, ¡aleluya!
“Deus caritas est”