04/04/2026
La máxima rentabilidad para su inversión.
"Honra a Jehová con tus bienes, Y con las primicias de todos tus frutos; 10 Y serán llenos tus graneros con abundancia, Y tus lagares rebosarán de mosto". Proverbios 3:9-10
Augusto Francke, pastor luterano en Halle, Alemania, a finales del siglo XVII, se sentía afligido por las necesidades de los niños huérfanos que vagaban por las calles. Decidió fundar un orfanato para ellos, pero los gastos eran elevados y el dinero siempre escaseaba para cubrir las numerosas necesidades de más de cien niños. Un día, mientras Francke luchaba por administrar los fondos para pagar las facturas, una pobre viuda acudió a su oficina pidiendo ayuda. Cuando él, con pesar, le informó que no podía ayudarla, ella rompió a llorar.
Conmovido por su situación, Francke fue a orar. Creía que Dios lo guiaba a ayudarla, así que regresó y le dio un ducado, una moneda de oro. Esa misma semana, recibió una carta de agradecimiento de la viuda. En ella, expresaba su gratitud y le decía a Francke que, por su generosidad, le había pedido a Dios que bendijera su labor. Antes de que terminara la semana, Francke recibió catorce ducados de oro por correo… ¡y se enteró de que la herencia de un príncipe adinerado incluía un legado de quinientos ducados de oro para el orfanato!
No es popular hablar de dar. La filosofía del mundo es acumular, ahorrar y conservar todo lo que podamos. Pero si bien es sabio prever el futuro, no hay nada más importante que podamos hacer con los recursos que tenemos que honrar a Dios. Dado que todo lo que tenemos proviene de Dios, lo máximo que podemos hacer es devolverle lo que ya es suyo. Cuando damos de esta manera, Él nos bendecirá. Dios no promete que quienes dan lo tendrán todo, pero sí promete que tendrán todo lo que necesitan.
Cuando damos generosamente, Dios promete una recompensa por nuestra inversión que va más allá de lo que podríamos producir por nosotros mismos.
Nuestro Pan Bautista.