29/10/2025
"Lo peor de Halloween, los católicos tibios"
En este mes de plegaria, de memoria y de guerra espiritual, los católicos hemos de ceñirnos la espada del rosario y alzar sin rubor ni desaliento, la bandera del rey eterno.
No ha de ser, pues, este tiempo de luz, mancillado por las tinieblas que el demonio procura disfrazar de fiesta inocente.
Mientras los cielos esperan las letanías de la Virgen y los corazones fieles se abisman en adoración ante el reinado de Cristo, el mundo apóstata se entrega a las mofas infernales de una noche profanada que algunos enceguecidos por la tibieza se atreven a llamar Halloween.
No en vano advirtió nuestro Señor Jesucristo: “Quien no está conmigo, está contra mí” (Mateo 12:30).
Y el enemigo, aunque derrotado en el Calvario, no cesa de urdir asechanzas para arrastrar las almas a su perdición.
¡Ay de aquellos que, habiendo heredado la antorcha de la verdadera fe, vuelven las espaldas a su linaje cristiano para revolcarse en las sombras del paganismo!
No faltan quienes, queriendo contemporizar con el espíritu del siglo, sostienen que nada hay de malo en permitir que los niños participen de esas festividades. Y en vez de vestirlos de brujas o demonios, se les disfraza de santos, de pastores o de criaturas inocentes.
Mas tal engaño es de los más sutiles que el enemigo ha sabido urdir, pues el mal no se convierte en bien por mudar de traje, ni la tiniebla se hace luz porque la adorne la vela.
Lo nacido en raíz pagana no puede sino producir fruto envenenado, aunque se lo cubra de flores.
Los druidas, ministros del error, recorrían antaño las aldeas exigiendo tributos, alimentos o víctimas humanas. Si la casa accedía, decían haber hecho un trato; si se negaba, caía sobre ella la maldición.
He ahí el origen de ese “dulce o travesura” que hoy se repite como inocente recreo, sin advertir que tales palabras son ecos de antiguos conjuros.
Portaban una linterna tallada en un nabo con rostro demoníaco, que más tarde se convirtió en la calabaza.
Así nació la grotesca “luz del condenado” que muchos colocan hoy en sus casas,
convidando sin saberlo al enemigo de Dios.
Ved qué artero es el demonio que sabe trocar los ídolos en juguetes y las ceremonias de hechicería en diversiones domésticas.
Aprovechó la tibieza de los bautizados para infiltrarse de nuevo entre los hogares cristianos, revistiendo de aparente inocencia lo que no es sino corrupción.
Mientras los santos son honrados en el altar con incienso y gloria, los hijos del mundo vagan por las calles disfrazados de espectros y brujas.
Su raíz es pagana, su intención demoníaca y su fruto, la corrupción del alma.
No es fiesta de inocencia, sino de burla. No celebra la vida, sino la muerte. No ensalza la santidad, sino el espanto.
San Pablo lo advirtió con divina severidad: “No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios.” (1 Corintios 10:21)
Si amáis de veras a vuestros hijos, no los forméis como juncos que se doblan al soplo de cada moda, sino como encinas firmes.
No consintáis que el respeto humano os arrebate el valor de confesar a Cristo. Mejor es llevar en el pecho la cruz de Cristo que en las manos los dulces del mundo.
Oh, locura de los tiempos. Confundir la aurora de todos los santos con la noche del demonio es profanar el altar con ceniza y llamar fiesta al desvarío.
Rezád en familia, invocad a los santos, ofreced penitencia por los que hierran.
“Es necesario que Cristo reine.” — Pío XI, Quas Primas
¿Cómo reinará Cristo en las almas si los fieles abren su casa al enemigo?
San Pío X denunció que el error se introduce bajo apariencia de novedad.
No temáis que os llamen exagerados o anticuados. Más vale ser juzgados por el mundo que condenados con él. Respondamos con una noche de luz del rosario, con la vigilia de reparación, con la oración fervorosa a María Santísima, Reina de todos los Santos.
“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y las asechanzas del demonio.”
Dejad las calabazas para los cerdos y las coronas para los santos.
El católico no necesita antifaz, sino gracia.
No necesita dulces, sino virtudes.
No necesita espectros, sino esperanza.
Servimos al Rey de Reyes, no al príncipe de este mundo.
Dos jefes y dos ejércitos: Jesucristo y Satanás, enfrentados en guerra sin cuartel.
Sabemos desde ahora que la última victoria será para Jesucristo, que derrotará a Satanás para siempre. No puede reinar Jesús donde se hace mofa de la vida eterna.
Dos banderas, ¿cuál escogéis?
¡Viva cristo rey! ¡Viva Santa María del Pilar!
Créditos: "Lo peor de Halloween, los católicos tibios"
En este mes de plegaria, de memoria y de guerra espiritual, los católicos hemos de ceñirnos la espada del rosario y alzar sin rubor ni desaliento, la bandera del rey eterno.
No ha de ser, pues, este tiempo de luz, mancillado por las tinieblas que el demonio procura disfrazar de fiesta inocente.
Mientras los cielos esperan las letanías de la Virgen y los corazones fieles se abisman en adoración ante el reinado de Cristo, el mundo apóstata se entrega a las mofas infernales de una noche profanada que algunos enceguecidos por la tibieza se atreven a llamar Halloween.
No en vano advirtió nuestro Señor Jesucristo: “Quien no está conmigo, está contra mí” (Mateo 12:30).
Y el enemigo, aunque derrotado en el Calvario, no cesa de urdir asechanzas para arrastrar las almas a su perdición.
¡Ay de aquellos que, habiendo heredado la antorcha de la verdadera fe, vuelven las espaldas a su linaje cristiano para revolcarse en las sombras del paganismo!
No faltan quienes, queriendo contemporizar con el espíritu del siglo, sostienen que nada hay de malo en permitir que los niños participen de esas festividades. Y en vez de vestirlos de brujas o demonios, se les disfraza de santos, de pastores o de criaturas inocentes.
Mas tal engaño es de los más sutiles que el enemigo ha sabido urdir, pues el mal no se convierte en bien por mudar de traje, ni la tiniebla se hace luz porque la adorne la vela.
Lo nacido en raíz pagana no puede sino producir fruto envenenado, aunque se lo cubra de flores.
Los druidas, ministros del error, recorrían antaño las aldeas exigiendo tributos, alimentos o víctimas humanas. Si la casa accedía, decían haber hecho un trato; si se negaba, caía sobre ella la maldición.
He ahí el origen de ese “dulce o travesura” que hoy se repite como inocente recreo, sin advertir que tales palabras son ecos de antiguos conjuros.
Portaban una linterna tallada en un nabo con rostro demoníaco, que más tarde se convirtió en la calabaza.
Así nació la grotesca “luz del condenado” que muchos colocan hoy en sus casas,
convidando sin saberlo al enemigo de Dios.
Ved qué artero es el demonio que sabe trocar los ídolos en juguetes y las ceremonias de hechicería en diversiones domésticas.
Aprovechó la tibieza de los bautizados para infiltrarse de nuevo entre los hogares cristianos, revistiendo de aparente inocencia lo que no es sino corrupción.
Mientras los santos son honrados en el altar con incienso y gloria, los hijos del mundo vagan por las calles disfrazados de espectros y brujas.
Su raíz es pagana, su intención demoníaca y su fruto, la corrupción del alma.
No es fiesta de inocencia, sino de burla. No celebra la vida, sino la muerte. No ensalza la santidad, sino el espanto.
San Pablo lo advirtió con divina severidad: “No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios.” (1 Corintios 10:21)
Si amáis de veras a vuestros hijos, no los forméis como juncos que se doblan al soplo de cada moda, sino como encinas firmes.
No consintáis que el respeto humano os arrebate el valor de confesar a Cristo. Mejor es llevar en el pecho la cruz de Cristo que en las manos los dulces del mundo.
Oh, locura de los tiempos. Confundir la aurora de todos los santos con la noche del demonio es profanar el altar con ceniza y llamar fiesta al desvarío.
Rezád en familia, invocad a los santos, ofreced penitencia por los que hierran.
“Es necesario que Cristo reine.” — Pío XI, Quas Primas
¿Cómo reinará Cristo en las almas si los fieles abren su casa al enemigo?
San Pío X denunció que el error se introduce bajo apariencia de novedad.
No temáis que os llamen exagerados o anticuados. Más vale ser juzgados por el mundo que condenados con él. Respondamos con una noche de luz del rosario, con la vigilia de reparación, con la oración fervorosa a María Santísima, Reina de todos los Santos.
“San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y las asechanzas del demonio.”
Dejad las calabazas para los cerdos y las coronas para los santos.
El católico no necesita antifaz, sino gracia.
No necesita dulces, sino virtudes.
No necesita espectros, sino esperanza.
Servimos al Rey de Reyes, no al príncipe de este mundo.
Dos jefes y dos ejércitos: Jesucristo y Satanás, enfrentados en guerra sin cuartel.
Sabemos desde ahora que la última victoria será para Jesucristo, que derrotará a Satanás para siempre. No puede reinar Jesús donde se hace mofa de la vida eterna.
Dos banderas, ¿cuál escogéis?
¡Viva cristo rey! ¡Viva Santa María del Pilar!
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