22/02/2026
Dicen que el peregrino no camina para llegar, sino para soltar. Cada paso bajo el sol, cada ampolla en los pies y cada gota de sudor son el lenguaje con el que le hablamos a Dios cuando nos faltan las palabras.
En la carretera se queda el orgullo, se queda la prisa y se quedan las p***s. Caminamos con el cuerpo cansado, pero con el alma encendida, porque sabemos que al final de esa calzada no hay solo un edificio de piedra, sino un regazo de madre que nos espera para decirnos: "¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?".
Llegar a la Basílica no es el final del viaje; es el momento en que le entregas tu carga a la Morenita y te das cuenta de que, aunque venías a pedirle algo, terminaste agradeciéndolo todo. Porque no llega el que tiene pies fuertes, sino el que tiene una fe inquebrantable.