30/09/2026
INVITACIÓN AL LLANTO, QUE ATRAE LA MISERICORDIA
[Males derivados de los defectos de los ministros. — Castigo de los malos. — Envilecimiento de la dignidad sacerdotal. —La muerte del justo: ciencia de verdad y bienaventuranza. —La muerte del pecador: acusación de la conciencia. —Pregusto de las penas y del premio.]
129 [Otros muchos defectos que se cometen a causa de la soberbia y del amor propio.]
Te he dicho todo esto para que tengas más materia para tu llanto y amargura a causa de su ceguera, es decir, al verles en estado de condenación, y para que conozcas mejor mi misericordia, y en ella encuentres confianza y certeza plena, y ante mi presencia pongas a estos ministros de la santa Iglesia y a todo el mundo, pidiéndome misericordia para ellos. Cuanto más dolorosos y amorosos deseos me ofrezcas por ellos, tanto más me mostrarás el amor que me tienes, puesto que, si ni tú ni mis servidores podéis causarme el bien, sí debéis hacerlo y demostrarlo por medio de ellos. Entonces yo me dejaré obligar por el deseo, las lágrimas y las oraciones de mis servidores, y haré misericordia a mi esposa, reformándola con buenos y santos pastores.
Una vez reformada, los súbditos se enmendarán, porque de casi todo lo malo que hacen tienen la culpa los malos pastores. Si éstos se corrigiesen y en ellos brillase la margarita de la justicia por su honesta y santa vida, no obrarían los súbditos de ese modo.
¿Sabes qué sigue a todo esto? Que unos van en pos de las huellas de los otros. Y así los súbditos no son obedientes porque, cuando el prelado era súbdito, tampoco lo fue; por lo que recibe del súbdito lo mismo que él dio. Como fue mal súbdito, es mal pastor.
De todo esto y de cualquier otro pecado es causa la soberbia, fundada en el amor propio. Ignorante y soberbio era de súbdito, y mucho más lo es ahora que es prelado. Tan grande es su ignorancia, que, como ciego, hará sacerdote a un hombre inculto que apenas sabrá leer, y no sabrá recitar el oficio divino; es su deber elegir hombres expertos y bien fundados en la virtud, que sepan y entiendan lo que dicen. Muchas veces, por no saber bien las palabras sacramentales, no consagrarán, con lo que caen en el mismo pecado de no consagrar, como lo hacían los otros por malicia, no haciendo sino simular que consagran. Estos caen en lo contrario, porque no tienen en cuenta lo que los súbditos saben, o no lo averiguan a tiempo; parece que eligen a niños y no a hombres maduros. Tampoco procuran que sean de honesta y santa vida, ni los candidatos conocen la dignidad a que son elevados ni el gran misterio que van a celebrar. Sólo procuran multiplicar la gente, pero no la virtud (Is 9,3). Son ciegos y guías de ciegos (Mt 15,14). No comprenden que de ésta y otras cosas les pediré cuenta en el último extremo de la muerte. Después de haber ordenado sacerdotes tan obtusos y de haberles puesto a cuidar almas, se dan cuenta de que éstos no pueden tener cuidado ni de sí mismos.
Entonces, ¿cómo podrán corregirse y corregir los de los demás los que no conocen sus pecados? No pueden ni quieren actuar contra sí mismos; y las ovejas, que no tienen pastor que se preocupe de ellas ni que las sepa guiar, se descarrían fácilmente y con frecuencia son devoradas y descuartizadas por los lobos. Como el pastor es malo, no se preocupa de tener un perro que ladre cuando vea venir el lobo, y tiene sólo uno, que es como ellos (de des cuidado). Así, los ministros y pastores que no son solícitos no tienen ni el perro de la conciencia ni el cayado de la santa justicia para corregir con la vara y para ladrarse a sí mismos con la conciencia. Al no reprender cuando las ovejas se descarrían y no mantener el camino de la virtud, o sea, la observancia de los mandamientos, el lobo infernal las devora. Si el perro ladrara y con la vara de la santa justicia castigaran en sí sus pecados y los de aquéllos, lucharían con las ovejas y éstas volverían al redil.
Pero como es pastor sin cayado y sin el perro de la conciencia, las ovejuelas perecen. No se preocupan de esto, porque el perro de la conciencia se halla muy debilitado por no habérsele dado de comer, y no tiene fuerzas para ladrar. La comida que hay que dar a este perro es la sangre del Cordero, mi Hijo. En cuanto la memoria se halle llena de la sangre, se enciende el alma en aborrecimiento del vicio y en amor a la virtud. Este aborrecimiento y este amor purifican al alma de la mancha del pecado mortal y dan tanto vigor a la conciencia, que la defienden. Si, de pronto, algún enemigo del alma, o sea, el pecado, quiere entrar en ella —no sólo por el afecto, sino con el pensamiento—, inmediatamente la conciencia con el remordimiento, como un perro, ladra tan fuertemente, que hace despertar a la razón.
Estos malvados, que ni son dignos de ser llamados ministros ni siquiera racionales, embrutecidos por sus defectos, no tienen perro, pues es tal la debilidad de la conciencia, que se puede decir que no la tienen, y, consiguientemente, tampoco el cayado de la justicia. Tanto les han atemorizado sus pecados, que una sombra les causa miedo, no por santo temor, sino por temor servil. Ellos deben exponerse a la muerte para arrancar las almas de las manos de los demonios, y, por el contrario, se las ponen en las manos, porque no dan la enseñanza de la buena y santa vida y por no querer sufrir ni una palabra injuriosa por la causa de la salvación.
Muchas veces se hallará el alma del súbdito envuelta en gravísimos pecados. Tendrá que pagar deudas, y por amor desordenado a su familia, por no empobrecerla, no pagará lo adeudado. Su vida será conocida por gran cantidad de gente y hasta al mismo sacerdote le habrán hecho saber que, puesto que es médico, que cure su alma. El desventurado querrá cumplir con lo que debe, y no le importará que le digan palabras injuriosas o le echen malas miradas. Alguna vez le obsequiarán, por lo que, entre el regalo y el temor servil, consiente que el alma siga en manos de los demonios y les dará el sacramento de Cristo, mi Hijo unigénito. Mira y tiene en cuenta que aquel alma no se ha deshecho de las tinieblas del pecado mortal, y, sin embargo, por complacer a los hombres del mundo, por el desordenado temor y por el regalo recibido, administrará a algunos el sacramento, le enterrará en la iglesia con gran honor, cuando, como criminal y miembro separado del cuerpo, debería echarlo fuera.
¿Quién fue la causa de esto? El amor propio y los cuernos de la soberbia, porque, si me hubiese amado sobre todas las cosas, y al alma de aquel pobrecillo, y se hubiese portado con humildad y sin temor, habría buscado la salvación de aquella alma.
Mira, por tanto, cuánto mal sigue a estos vicios —soberbia, avaricia, inmundicia—, que te he colocado sobre tres columnas, de donde proceden los demás pecados del cuerpo y del espíritu. Tus oídos no aguantarían los males de que son causantes como miembros del demonio. Tú conoces casos y sabes que a personas sencillas ocurrió caer en esos vicios sólo por miedo. Estos eran de buena fe, y se dolerán de sus pecados y se verán atormentados de escrúpulos. Temiendo estar poseídos del demonio, van al indigno sacerdote creyendo que les podrá librar de él, y llegar para que un diablo arroje al otro. Y, como ansioso de recibir presentes y como deshonesto y lascivo, bruto y miserable, dirá a esas pobrecillas: «Este pecado que tenéis no se puede quitar sino de tal modo», y así, forzándolas, las hará acostarse con él.
¡Oh demonio y más que demonio, que en todo se ha hecho peor que el demonio! Muchos demonios hay a quienes ha repugnado este pecado, y tú te has hecho peor que ellos y te revuelcas en el lodo como un puerco. ¡Oh animal inmundo! ¿Es esto lo que pido, y no que tú, con la virtud de la sangre de la que te he hecho administrador, arrojes a los demonios de las almas y de los cuerpos? Y tú te metes en ellos. ¿No ves que la segur de la divina justicia se halla ya colocada a la raíz de tu árbol? Te aseguro que los pecados se acumulan como los intereses en la usura, y en su lugar y tiempo, si tú mismo no castigas tus maldades con la penitencia y contrición de corazón, no se te tendrá en consideración el ser sacerdote, antes bien serás miserablemente castigado, y sufrirás penas por ti y por ellos, y serás atormentado más cruelmente que los demás.
¡Te vendrá entonces al pensamiento el arrojar al demonio con el demonio de la concupiscencia! ¿Y qué será de la desgraciada cómplice que acude a la criatura para que la libere, y será ligada a él más fuertemente con un pecado mayor y caerá por nuevos modos y caminos? Si te acuerdas bien, tú viste con tus propios ojos a quién esto ocurrió. He aquí un pastor sin perro de la conciencia, que no sólo ahoga su conciencia, sino la de los demás.
Yo he puesto a los ministros para que canten y salmodien por la noche en el oficio divino, y ellos han procurado hacer maldades y producir encantamiento en las «demonias», haciéndolas que vengan, por engaño, a medianoche —alguna vez parecerá que van a llegar y no lo harán—. ¿Te he hecho sacerdote para que tu vigilia de la noche la gastes en esto? Ciertamente, no; sino para que la emplees en oración, a fin de que por la mañana vayas preparado para celebrar y des al pueblo la fragancia de la virtud y no el hedor del pecado. Estáis colocados en el estado angélico para que podáis tratar con los ángeles por medio de la santa meditación en esta vida y después, al final, gustéis con ellos de mi eterna visión; tú, sin embargo, te deleitas en ser demonio y tener trato con ellos antes de que llegue el momento de la muerte.
Los cuernos de la soberbia han herido los ojos de tu entendimiento, en la pupila de la santísima fe, y has perdido la luz; por eso no ves en cuánta miseria te hallas. No crees de veras que la culpa es castigada y toda buena obra remunerada. Si de veras lo creyeses, no obrarías así y no buscarías ni querrías tan frecuentemente trato, sino que, más bien, vivirías con terror a pronunciar su nombre. Pero como sigues su voluntad, encuentras deleite en el demonio y en sus obras. ¡Ciego, más que ciego! Quisiera que preguntases al demonio qué premio se te sigue de servirle con todo lo que haces. Él te respondería que te darán el premio que ellos tienen y que no te pueden dar otra cosa que eso: horrorosos tormentos y fuego en que arden continuamente, en el que cayeron, por su soberbia, desde las alturas del cielo. Y tú, ángel en la tierra, caes de tu altura por la soberbia; de la dignidad del sacerdote y del tesoro de la virtud, a la pobreza más miserable, y, si no te enmiendas, caerás en el in****no.
Al mundo y a ti mismo los has hecho dios y señor para ti. Te he colocado en el estado sacerdotal para que te menospreciases a ti mismo y al mundo en lo material sensible. Di ahora al mundo, con todas las delicias, qué has sacado en esta vida, y a los sentidos cómo has usado las cosas del mundo; diles que te justifiquen ante mí, supremo Juez. Te responderán que no te pueden ayudar, y se burlarán, diciendo: «Arriésgate tú, pues es conveniencia tuya». Y te dejarán confuso y burlado ante mí y ante el mundo.
Todo este daño no lo ves, porque los cuernos de tu soberbia te han cegado; pero lo verás en el último momento de la muerte, cuando no podrás tomar como remedio ninguna virtud tuya, porque no la hay, sino sólo mi misericordia, confiando en aquella dulce sangre de la que fuiste ministro. Ni a ti ni a nadie se le privará de confiar en ella y en mi misericordia, si bien ninguno debe ser tan mentecato ni tan ciego que aguarde hasta el último momento.
Piensa que, en ese instante, al hombre que ha vivido pecaminosamente le acusan los demonios, el mundo y la propia fragilidad. No les agrada ni ven deleite allí donde se encontraba lo amargo, ni ven lo perfecto donde había imperfección, ni luz donde había oscuridad, tal como les ocurría durante su vida, sino que le presentan la verdad tal como es. El perro de la conciencia, que era débil, comienza a ladrar con tanto ahínco, que casi lleva al alma a la desesperación, aunque algunas veces no llega a ella, sino a la esperanza en la sangre, a pesar de los pecados cometidos, puesto que, sin comparación, la misericordia que recibís por la sangre es mayor que todos los pecados que se cometen en el mundo. Por tanto, ninguno demore hacer penitencia, porque es muy duro al hombre encontrarse con los enemigos desarmado en el campo de batalla.
El Dialogo
Santa Catalina de Siena
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