24/08/2026
ALABANZA A DIOS POR LA VERDAD MANIFESTADA.
PIDE LA FIDELIDAD A LA VERDAD Y CONOCIMIENTO DE LOS DEFECTOS DE LOS MINISTROS
108 [Esta alma devota se humilla y da gracias a Dios. — Ora por todo el mundo, y especialmente por el cuerpo místico de la Iglesia. — También por sus hijos espirituales y por sus dos Padres espirituales. — Pide oír hablar a Dios de los defectos de los ministros de la santa Iglesia.]
Entonces, aquel alma, verdaderamente como ebria, parecía fuera de sí y con los sentidos enajenados por la unión realizada con su Creador. Elevando el espíritu y mirando dentro de la eterna verdad con los ojos de su entendimiento, y habiendo conocido la verdad, se hallaba enamorada de ella y decía:
—¡Oh suma y eterna bondad de Dios! ¿Y quién soy yo, miserable, para que tú, sumo y eterno Padre, me hayas manifestado tu verdad y las ocultas estratagemas del demonio; y el engaño de los propios sentidos, de modo que yo y los demás podamos recibir tu visita en esta vida de peregrinación y no seamos engañados ni por el demonio ni por nosotros mismos? ¿Quién te ha movido? El amor, pues tú me amaste sin haber sido amado por mí. ¡Oh fuego de amor! Gracias, gracias a ti, Padre eterno.
Yo, imperfecta, llena de oscuridades; tú, lleno de luz, me has enseñado la perfección y el camino-luz de la doctrina de tu Hijo unigénito. Estaba mu**ta, y me has resucitado; enferma, y me has proporcionado la medicina. Y no sólo me diste la medicina de la sangre, que proporcionaste al género humano enfermo por mediación de tu Hijo, sino la medicina contra una enfermedad oculta que yo no conocía cuando me diste la doctrina para que en cada caso pueda juzgar a la criatura racional, y especialmente a tus servidores, a los que con frecuencia juzgaba como ciega y enferma de esta enfermedad.
Por eso te agradezco, suprema y eterna Bondad, que, al manifestar tu verdad y el engaño del demonio y de la propia inclinación, me hayas hecho conocer mi enfermedad. Por ello te pido, como gracia y misericordia, que se ponga hoy término y Fin para que nunca me aparte de tu doctrina, la dada por tu bondad y la que otorgas a quien la quiera seguir, pues nada se ha hecho sin ti.
A ti, pues, recurro y en ti me refugio, Padre eterno. No te pido esto para mí sola, sino para todo el mundo, y principalmente para el cuerpo místico de la santa Iglesia. Que esta verdad y doctrina dada por ti, Verdad eterna, a mí, miserable, brille en tus ministros.
Te pido también de modo especial por todos aquellos que me has concedido [discípulos] que ame con singular amor, los que has hecho una cosa conmigo, porque ellos serán mi refrigerio para gloria y alabanza de tu nombre si los veo correr por este dulce y recto camino libres y mu***os a su propia voluntad y a sus pareceres, sin juzgar ni escandalizarse ni murmurar de su prójimo. Te ruego, Amor dulcísimo, que ninguno me sea arrebatado por las manos del demonio infernal, sino que en el último momento te consigan, Padre eterno y fin suyo (Jn 17,15).
Te hago aún otra petición por las dos columnas, los dos Padres que me has puesto en la tierra desde el principio de mi conversión hasta ahora con el fin de guardarme y adoctrinarme a mí, miserable enferma. Que tú les unas y de dos cuerpos hagas un solo espíritu y que ninguno atienda a otra cosa que a cumplir, en sí mismo y en los misterios que has puesto en sus manos, la gloria y alabanza de tu nombre en provecho de las almas. Y yo, indigna, miserable esclava y no hija, guarde para con ellos la mesura junto con la debida reverencia y santo temor por amor a ti, para que tu honor les sea paz y edificación del prójimo.
Estoy cierta, Vida eterna, que no desoirás mis deseos ni las peticiones que te he hecho, pues conozco por mis propios ojos, porque te ha placido manifestármelo de modo especial por la experiencia, que recibes con agrado los santos deseos. Yo, sierva indigna, me ingeniaré, con la gracia que me des, para guardar tus mandatos y doctrina.
¡Oh Padre eterno! Me he acordado de algo que me dijiste cuando me hablaste sobre el ministerio de la santa Iglesia. Me prometiste hablar más detalladamente en otro lugar de los defectos que hoy cometen [los ministros de la Iglesia]. Por lo cual, si es del agrado de tu bondad decirme algo sobre esto para tomarlo como materia para aumentar mi dolor, compasión y anhelante deseo de su salvación, te lo suplico, para que aumenten en mí estos sentimientos. Recuerdo que me has dicho anteriormente que con los sufrimientos, lágrimas, dolores, sudor y continua oración de tus servidores nos darías consuelo, reformando la santa Iglesia con buenos y santos ministros.
El Dialogo
Santa Catalina de Siena
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