Coro Adonai

Llamar Página web

Coro Adonai Coro Adonai, Saltillo, Coahuila
Síguenos en YouTube:
https://www.youtube.com/
https://www.youtube.com/-go1fh

130 [Otros defectos que cometen los malos ministros.]Queridísima hija: estos miserables de que te he hablado no tienen r...
01/10/2026

130 [Otros defectos que cometen los malos ministros.]
Queridísima hija: estos miserables de que te he hablado no tienen reflexión, puesto que, si la tuvieran, no caerían en tan grandes pecados ni ellos ni otros, sino que obrarían como los que viven virtuosamente, y elegirían antes la muerte que querer ofenderme, y manchar la cara de su alma y empequeñecer la dignidad en que les había colocado; más bien acrecentarían la dignidad y belleza de su alma. No es que la dignidad del sacerdote, la dignidad en sí, pueda crecer ni disminuir a causa del pecado, sino que las virtudes son el adorno y una dignidad que existe en el alma además de la pura belleza del alma, la que tiene desde el momento en que la creé a imagen y semejanza mía.
Conocieron la realidad de mi bondad, que es su belleza y dignidad, porque la soberbia y el amor propio no les había ofuscado ni quitado la luz de la razón por no estar privados de ella, y me amaban a mí y querían la salvación de las almas. Sin embargo, estos desgraciados, por hallarse privados de la luz, no se preocupan sino de ir de vicio en vicio hasta que caen en la fosa. Y del templo de su alma y de la santa Iglesia, que es un jardín, hacen un corral para animales.
¡Oh hija queridísima! ¡Qué abominable me es que sus casas, que deben ser refugio de mis servidores y de los pobres, sean cobijo de personas malvadas e inmundas! Debiendo tener por esposa al breviario, y a los libros de la Sagrada Escritura por hijos, y deleitarse en ellos para impartir las enseñanzas al prójimo para que emprendan santa vida, la esposa de éstos no es el breviario —más bien, lo tratan como a esposa adúltera—, sino una miserable concubina, que vive con él en inmundicia; sus libros son la caterva de hijos, y con ellos, tenidos en tanta deshonra y maldad, se deleitan sin vergüenza alguna.
En Pascua y fiestas solemnes, en las que debían dar gloria y alabanza a mi nombre con el oficio divino y ofrecerme el incienso de las devotas y humildes oraciones, se entregan al juego y solaz con sus mancebas, y se juntan con los seglares para cazar y coger pájaros como si fuesen seglares o señores de corte.
¡Oh hombre miserable! ¿A qué has llegado? Debías ir a la caza de almas para gloria y alabanza de mi nombre y estar en el jardín de la santa Iglesia, y te vas a los bosques. Como te has convertido en bestia, llevas en tu alma los animales de muchos pecados mortales, y por eso te has hecho cazador de bestias. El jardín de tu alma se ha vuelto salvaje y lleno de cardos, y por eso has encontrado gozo en ir por los lugares desiertos en busca de bestias salvajes.
Avergüénzate, hombre, y analiza tus pecados para que tengas materia de qué sonrojarte desde cualquier punto de mira que quieras. Pero tú no te avergüenzas porque has perdido el santo y verdadero temor, e, igual que una meretriz, que carece de vergüenza, presumirás de tu posición en el mundo, de tener una hermosa familia y una manada de hijos; y, si no los tienes, intentas tenerlos para que hereden tus bienes. Eres ladrón y salteador, porque sabes que no se los puedes dejar, porque tus herederos son los pobres y la santa Iglesia.
¡Oh demonio hecho carne! Buscas sin luz lo que no debes. Te precias y vanaglorias de lo que para ti debía ser motivo de gran confusión. Te avergüenzas ante mí, que veo el interior de tu corazón, así como ante las criaturas. Estás turbado, pero los cuernos de la soberbia no te dejan comprender tu confusión.
¡Oh carísima hija! He colocado a mis ministros sobre el puente de la doctrina de mi Verdad para que a vosotros, peregrinos, os distribuyan los sacramentos de la santa Iglesia, y ellos se encuentran en el miserable río de allá abajo, y desde el río de las delicias y miserias del mundo os los administran ellos, y no ven que les llega la ola de la muerte y van juntos con sus señores los demonios, a los que han servido y de los que se han dejado guiar por el camino del río sin freno alguno. Si no se enmiendan, llegan a la condenación eterna con tal represión y reproche, que tu lengua no sería capaz de contarlo. Y más fácilmente llegarán ellos que cualquier otro seglar por el oficio de sacerdote, pues una misma culpa es más castigada en ellos que en los que se hallan en el mundo, y con mayor reproche se levantarán sus enemigos en el momento de la muerte para acusarlos, como te he dicho.

El Dialogo
Santa Catalina de Siena
Puedes adquirir el libro en el siguiente enlace

https://meli.la/1g8Bkpv

01/10/2026

MI CANTO DE HOY

Mi vida es un instante, una efímera hora,
mi vida es sólo un día volandero y fugaz :
Tú lo sabes, Dios mío, ¡para amarte aquí abajo
no tengo más que hoy !

¡Oh, Jesús, yo te amo, hacia ti mi alma tiende,
sé por un solo día mi dulce protección,
ven y reina en mi pecho y dame tu sonrisa
¡nada más que por hoy !

¿Qué me importa que en sombras esté envuelto el futuro ?
¡Nada puedo pedirte para mañana, oh Dios… !
Conserva mi alma pura, cúbreme con tu sombra
¡nada más que por hoy !

Si pienso en el mañana, me asusta mi inconstancia,
siento nacer tristeza, tedio en mi corazón.
Mas yo acepto, Dios mío, la prueba, el sufrimiento
¡nada más que por hoy !

¡Oh , Piloto divino, cuya mano me guía !,
en la ribera eterna pronto te veré yo.
Sobre las fieras olas guía en paz mi barquilla
¡nada más que por hoy !

¡Ah, déjame, Señor, esconderme en tu Faz !
allí no oiré del mundo el inútil fragor.
Dame tu amor, Señor, consérvame en tu gracia
¡nada más que por hoy !

Muy cerca de tu pecho, olvidada de todo,
ya no temo los miedos de la noche, mi Dios.
En tu amplio corazón dame un sitio , Jesús,
¡nada más que por hoy !

Pan vivo, Pan del cielo, divina Eucaristía,
¡oh misterio sagrado, regalo de tu amor !…
ven a habitar mi alma, Jesús, mi blanca Hostia,
¡nada más que por hoy !

Dígnate unirme a ti, Viña santa y sagrada,
y mi débil sarmiento dará fruto en sazón,
y yo podré ofrecerte mi racimo dorado, Señor, ¡ya desde hoy !

Es de amor el racimo, sus granos son las almas ;
para brotarlo, un día tengo que huye veloz.
¡Ay, dame, Jesús mío, el fuego de un apóstol
¡ nada más que por hoy !

¡Virgen Inmaculada, tú eres mi dulce Estrella
que irradias a Jesús y haces con Él mi unión !
Déjame, Madre buena, posar bajo tu manto
¡nada más que por hoy !

¡Santo ángel de mi guarda, cúbreme con tus alas,
que iluminen tus fuegos mi peregrinación !
Ven y guía mis pasos…, te suplico me ayudes
¡nada más que por hoy !

Señor, verte deseo sin velos y sin nubes,
mas, aún exiliada, ¡sin ti que débil soy !
Que tu adorable rostro tan solo se me oculte
¡nada más que por hoy !

Yo volaré muy pronto para ensalzar tus glorias
cuando el día sin noche se abra a mi corazón.
Entonces cantaré con las liras angélicas
¡el sempiterno hoy… !

Santa Teresita del Niño Jesús

01/10/2026
INVITACIÓN AL LLANTO, QUE ATRAE LA MISERICORDIA [Males derivados de los defectos de los ministros. — Castigo de los malo...
30/09/2026

INVITACIÓN AL LLANTO, QUE ATRAE LA MISERICORDIA
[Males derivados de los defectos de los ministros. — Castigo de los malos. — Envilecimiento de la dignidad sacerdotal. —La muerte del justo: ciencia de verdad y bienaventuranza. —La muerte del pecador: acusación de la conciencia. —Pregusto de las penas y del premio.]
129 [Otros muchos defectos que se cometen a causa de la soberbia y del amor propio.]
Te he dicho todo esto para que tengas más materia para tu llanto y amargura a causa de su ceguera, es decir, al verles en estado de condenación, y para que conozcas mejor mi misericordia, y en ella encuentres confianza y certeza plena, y ante mi presencia pongas a estos ministros de la santa Iglesia y a todo el mundo, pidiéndome misericordia para ellos. Cuanto más dolorosos y amorosos deseos me ofrezcas por ellos, tanto más me mostrarás el amor que me tienes, puesto que, si ni tú ni mis servidores podéis causarme el bien, sí debéis hacerlo y demostrarlo por medio de ellos. Entonces yo me dejaré obligar por el deseo, las lágrimas y las oraciones de mis servidores, y haré misericordia a mi esposa, reformándola con buenos y santos pastores.
Una vez reformada, los súbditos se enmendarán, porque de casi todo lo malo que hacen tienen la culpa los malos pastores. Si éstos se corrigiesen y en ellos brillase la margarita de la justicia por su honesta y santa vida, no obrarían los súbditos de ese modo.
¿Sabes qué sigue a todo esto? Que unos van en pos de las huellas de los otros. Y así los súbditos no son obedientes porque, cuando el prelado era súbdito, tampoco lo fue; por lo que recibe del súbdito lo mismo que él dio. Como fue mal súbdito, es mal pastor.
De todo esto y de cualquier otro pecado es causa la soberbia, fundada en el amor propio. Ignorante y soberbio era de súbdito, y mucho más lo es ahora que es prelado. Tan grande es su ignorancia, que, como ciego, hará sacerdote a un hombre inculto que apenas sabrá leer, y no sabrá recitar el oficio divino; es su deber elegir hombres expertos y bien fundados en la virtud, que sepan y entiendan lo que dicen. Muchas veces, por no saber bien las palabras sacramentales, no consagrarán, con lo que caen en el mismo pecado de no consagrar, como lo hacían los otros por malicia, no haciendo sino simular que consagran. Estos caen en lo contrario, porque no tienen en cuenta lo que los súbditos saben, o no lo averiguan a tiempo; parece que eligen a niños y no a hombres maduros. Tampoco procuran que sean de honesta y santa vida, ni los candidatos conocen la dignidad a que son elevados ni el gran misterio que van a celebrar. Sólo procuran multiplicar la gente, pero no la virtud (Is 9,3). Son ciegos y guías de ciegos (Mt 15,14). No comprenden que de ésta y otras cosas les pediré cuenta en el último extremo de la muerte. Después de haber ordenado sacerdotes tan obtusos y de haberles puesto a cuidar almas, se dan cuenta de que éstos no pueden tener cuidado ni de sí mismos.
Entonces, ¿cómo podrán corregirse y corregir los de los demás los que no conocen sus pecados? No pueden ni quieren actuar contra sí mismos; y las ovejas, que no tienen pastor que se preocupe de ellas ni que las sepa guiar, se descarrían fácilmente y con frecuencia son devoradas y descuartizadas por los lobos. Como el pastor es malo, no se preocupa de tener un perro que ladre cuando vea venir el lobo, y tiene sólo uno, que es como ellos (de des cuidado). Así, los ministros y pastores que no son solícitos no tienen ni el perro de la conciencia ni el cayado de la santa justicia para corregir con la vara y para ladrarse a sí mismos con la conciencia. Al no reprender cuando las ovejas se descarrían y no mantener el camino de la virtud, o sea, la observancia de los mandamientos, el lobo infernal las devora. Si el perro ladrara y con la vara de la santa justicia castigaran en sí sus pecados y los de aquéllos, lucharían con las ovejas y éstas volverían al redil.
Pero como es pastor sin cayado y sin el perro de la conciencia, las ovejuelas perecen. No se preocupan de esto, porque el perro de la conciencia se halla muy debilitado por no habérsele dado de comer, y no tiene fuerzas para ladrar. La comida que hay que dar a este perro es la sangre del Cordero, mi Hijo. En cuanto la memoria se halle llena de la sangre, se enciende el alma en aborrecimiento del vicio y en amor a la virtud. Este aborrecimiento y este amor purifican al alma de la mancha del pecado mortal y dan tanto vigor a la conciencia, que la defienden. Si, de pronto, algún enemigo del alma, o sea, el pecado, quiere entrar en ella —no sólo por el afecto, sino con el pensamiento—, inmediatamente la conciencia con el remordimiento, como un perro, ladra tan fuertemente, que hace despertar a la razón.
Estos malvados, que ni son dignos de ser llamados ministros ni siquiera racionales, embrutecidos por sus defectos, no tienen perro, pues es tal la debilidad de la conciencia, que se puede decir que no la tienen, y, consiguientemente, tampoco el cayado de la justicia. Tanto les han atemorizado sus pecados, que una sombra les causa miedo, no por santo temor, sino por temor servil. Ellos deben exponerse a la muerte para arrancar las almas de las manos de los demonios, y, por el contrario, se las ponen en las manos, porque no dan la enseñanza de la buena y santa vida y por no querer sufrir ni una palabra injuriosa por la causa de la salvación.
Muchas veces se hallará el alma del súbdito envuelta en gravísimos pecados. Tendrá que pagar deudas, y por amor desordenado a su familia, por no empobrecerla, no pagará lo adeudado. Su vida será conocida por gran cantidad de gente y hasta al mismo sacerdote le habrán hecho saber que, puesto que es médico, que cure su alma. El desventurado querrá cumplir con lo que debe, y no le importará que le digan palabras injuriosas o le echen malas miradas. Alguna vez le obsequiarán, por lo que, entre el regalo y el temor servil, consiente que el alma siga en manos de los demonios y les dará el sacramento de Cristo, mi Hijo unigénito. Mira y tiene en cuenta que aquel alma no se ha deshecho de las tinieblas del pecado mortal, y, sin embargo, por complacer a los hombres del mundo, por el desordenado temor y por el regalo recibido, administrará a algunos el sacramento, le enterrará en la iglesia con gran honor, cuando, como criminal y miembro separado del cuerpo, debería echarlo fuera.
¿Quién fue la causa de esto? El amor propio y los cuernos de la soberbia, porque, si me hubiese amado sobre todas las cosas, y al alma de aquel pobrecillo, y se hubiese portado con humildad y sin temor, habría buscado la salvación de aquella alma.
Mira, por tanto, cuánto mal sigue a estos vicios —soberbia, avaricia, inmundicia—, que te he colocado sobre tres columnas, de donde proceden los demás pecados del cuerpo y del espíritu. Tus oídos no aguantarían los males de que son causantes como miembros del demonio. Tú conoces casos y sabes que a personas sencillas ocurrió caer en esos vicios sólo por miedo. Estos eran de buena fe, y se dolerán de sus pecados y se verán atormentados de escrúpulos. Temiendo estar poseídos del demonio, van al indigno sacerdote creyendo que les podrá librar de él, y llegar para que un diablo arroje al otro. Y, como ansioso de recibir presentes y como deshonesto y lascivo, bruto y miserable, dirá a esas pobrecillas: «Este pecado que tenéis no se puede quitar sino de tal modo», y así, forzándolas, las hará acostarse con él.
¡Oh demonio y más que demonio, que en todo se ha hecho peor que el demonio! Muchos demonios hay a quienes ha repugnado este pecado, y tú te has hecho peor que ellos y te revuelcas en el lodo como un puerco. ¡Oh animal inmundo! ¿Es esto lo que pido, y no que tú, con la virtud de la sangre de la que te he hecho administrador, arrojes a los demonios de las almas y de los cuerpos? Y tú te metes en ellos. ¿No ves que la segur de la divina justicia se halla ya colocada a la raíz de tu árbol? Te aseguro que los pecados se acumulan como los intereses en la usura, y en su lugar y tiempo, si tú mismo no castigas tus maldades con la penitencia y contrición de corazón, no se te tendrá en consideración el ser sacerdote, antes bien serás miserablemente castigado, y sufrirás penas por ti y por ellos, y serás atormentado más cruelmente que los demás.
¡Te vendrá entonces al pensamiento el arrojar al demonio con el demonio de la concupiscencia! ¿Y qué será de la desgraciada cómplice que acude a la criatura para que la libere, y será ligada a él más fuertemente con un pecado mayor y caerá por nuevos modos y caminos? Si te acuerdas bien, tú viste con tus propios ojos a quién esto ocurrió. He aquí un pastor sin perro de la conciencia, que no sólo ahoga su conciencia, sino la de los demás.
Yo he puesto a los ministros para que canten y salmodien por la noche en el oficio divino, y ellos han procurado hacer maldades y producir encantamiento en las «demonias», haciéndolas que vengan, por engaño, a medianoche —alguna vez parecerá que van a llegar y no lo harán—. ¿Te he hecho sacerdote para que tu vigilia de la noche la gastes en esto? Ciertamente, no; sino para que la emplees en oración, a fin de que por la mañana vayas preparado para celebrar y des al pueblo la fragancia de la virtud y no el hedor del pecado. Estáis colocados en el estado angélico para que podáis tratar con los ángeles por medio de la santa meditación en esta vida y después, al final, gustéis con ellos de mi eterna visión; tú, sin embargo, te deleitas en ser demonio y tener trato con ellos antes de que llegue el momento de la muerte.
Los cuernos de la soberbia han herido los ojos de tu entendimiento, en la pupila de la santísima fe, y has perdido la luz; por eso no ves en cuánta miseria te hallas. No crees de veras que la culpa es castigada y toda buena obra remunerada. Si de veras lo creyeses, no obrarías así y no buscarías ni querrías tan frecuentemente trato, sino que, más bien, vivirías con terror a pronunciar su nombre. Pero como sigues su voluntad, encuentras deleite en el demonio y en sus obras. ¡Ciego, más que ciego! Quisiera que preguntases al demonio qué premio se te sigue de servirle con todo lo que haces. Él te respondería que te darán el premio que ellos tienen y que no te pueden dar otra cosa que eso: horrorosos tormentos y fuego en que arden continuamente, en el que cayeron, por su soberbia, desde las alturas del cielo. Y tú, ángel en la tierra, caes de tu altura por la soberbia; de la dignidad del sacerdote y del tesoro de la virtud, a la pobreza más miserable, y, si no te enmiendas, caerás en el in****no.
Al mundo y a ti mismo los has hecho dios y señor para ti. Te he colocado en el estado sacerdotal para que te menospreciases a ti mismo y al mundo en lo material sensible. Di ahora al mundo, con todas las delicias, qué has sacado en esta vida, y a los sentidos cómo has usado las cosas del mundo; diles que te justifiquen ante mí, supremo Juez. Te responderán que no te pueden ayudar, y se burlarán, diciendo: «Arriésgate tú, pues es conveniencia tuya». Y te dejarán confuso y burlado ante mí y ante el mundo.
Todo este daño no lo ves, porque los cuernos de tu soberbia te han cegado; pero lo verás en el último momento de la muerte, cuando no podrás tomar como remedio ninguna virtud tuya, porque no la hay, sino sólo mi misericordia, confiando en aquella dulce sangre de la que fuiste ministro. Ni a ti ni a nadie se le privará de confiar en ella y en mi misericordia, si bien ninguno debe ser tan mentecato ni tan ciego que aguarde hasta el último momento.
Piensa que, en ese instante, al hombre que ha vivido pecaminosamente le acusan los demonios, el mundo y la propia fragilidad. No les agrada ni ven deleite allí donde se encontraba lo amargo, ni ven lo perfecto donde había imperfección, ni luz donde había oscuridad, tal como les ocurría durante su vida, sino que le presentan la verdad tal como es. El perro de la conciencia, que era débil, comienza a ladrar con tanto ahínco, que casi lleva al alma a la desesperación, aunque algunas veces no llega a ella, sino a la esperanza en la sangre, a pesar de los pecados cometidos, puesto que, sin comparación, la misericordia que recibís por la sangre es mayor que todos los pecados que se cometen en el mundo. Por tanto, ninguno demore hacer penitencia, porque es muy duro al hombre encontrarse con los enemigos desarmado en el campo de batalla.

El Dialogo
Santa Catalina de Siena
Puedes adquirir el libro en el siguiente enlace

https://meli.la/1g8Bkpv

128 [En dichos ministros reina la soberbia. — Esta ciega a la inteligencia. — Los que simulan consagrar y no consagran.)...
25/09/2026

128 [En dichos ministros reina la soberbia. — Esta ciega a la inteligencia. — Los que simulan consagrar y no consagran.)
Te quiero hablar ahora de la tercera columna, o sea, de la soberbia. Aunque nombrada la última, es la última y la primera, ya que todos los vicios se hallan fundados en ella, como, por el contrario, las virtudes lo están en la caridad y de ella reciben la vida.
La soberbia nace del amor propio sensitivo y es fomentada por él. Te dije de éste que era fundamento de las tres columnas, como de todos los pecados que cometen las criaturas. Por ello, quien se ama con amor desordenado, queda privado de mi amor, porque en realidad no me ama, y, al no amarme, me ofende por no observar el mandamiento de la ley, esto es, de amarme sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Por esta razón, al amarse con amor sensitivo, no me sirven ni me aman, sino que sirven y aman al mundo, pues el amor sensitivo y el mundo no se hallan en conformidad conmigo. Si les falta la caridad, se sigue que aman al mundo con amor sensitivo, que le sirven a él y me odian a mí. Por eso dijo mi Verdad que nadie puede servir a dos señores que son enemigos, pues, si sirve a uno, será menospreciando al otro (1 Mt 6,24; Lc 16,13). Tal como ves, el amor propio priva al alma de mi caridad y la viste con el pecado de la soberbia, de la que nace todo pecado por medio del principio del amor propio.
Me duelo y lamento de toda criatura racional que se halla en este pecado, pero especialmente de mis ungidos, que deben ser humildes, tanto porque cada uno debe poseer la virtud de la humildad que fomenta la caridad, como por haber sido hechos ministros del humilde e inmaculado Cordero, mi Hijo unigénito. No se avergüenzan, ni ellos ni el género humano, de ensoberbecerse cuando me ven a mí, Dios, humillado al hombre, dándoles el Verbo de mi Hijo unigénito en vuestra carne. Ellos lo ven correr y humillarse a la afrentosa cruz en razón de la obediencia que yo le impuse (Flp 2,8.)

Tiene la cabeza inclinada, para saludarte, y la corona en la cabeza, para adornarte; los brazos extendidos, para abrazarte; los pies clavados, para permanecer contigo. Y tú, hombre miserable, que has sido hecho administrador de tanta generosidad y de tanta humildad, que debes abrazarte con la cruz, la rehúyes y te abrazas con las criaturas malvadas e inmundas. Debes permanecer firme y estable, siguiendo la doctrina de mi Verdad, fijando tu corazón y tu espíritu en él, y te mueves como hoja al viento y te dejas llevar de cualquier cosa. Si es próspera, te mueves con alegría; si es adversa, con impaciencia; y así sacas la médula de la soberbia, el desasosiego, porque igual que la caridad tiene como médula la paciencia, así la impaciencia lo es de la soberbia. Por eso, todo turba y produce escándalo a los soberbios e iracundos.
Tan desagradable me es la soberbia, que por ella cayó del cielo aquel ángel que quiso ensoberbecerse. La soberbia a nadie lo lleva al cielo, sino que lo conduce a lo profundo del in****no. Por eso dijo mi Verdad: «Quien se ensalza —esto es, por soberbia— será humillado y quien se humilla será ensalzado» (Mt 23,12; Lc 14,11 y 18,14).
En toda clase de gente me desagrada la soberbia, pero mucho más en estos ministros, porque les he puesto en el cargo para administrar a mi humilde Cordero; ellos, empero, hacen todo lo contrario. ¿Cómo no se avergüenza el desgraciado sacerdote de ensoberbecerse viendo que me he humillado a vosotros al daros al Verbo de mi Hijo unigénito? Y a ellos los he hecho ministros, ¡y el Verbo, por obediencia a mí, se ha humillado hasta la afrentosa muerte de cruz! Él tiene la cabeza con espinas, y este desgraciado levanta la cabeza frente a mí y frente a su prójimo. De cordero humilde que debía ser, se ha hecho un carnero, que con los cuernos de la soberbia embiste a todo el que se le aproxima.
¡Oh hombre desventurado! ¿No piensas que te es imposible escapar de mí? ¿Te he dado por cometido el que me hieras con los cuernos de la soberbia, injuriándome a mí y a tu prójimo? ¿Lo tratas con injuria e ignorancia? ¿Es ésta la mansedumbre con que debes ir a celebrar el cuerpo y la sangre de mi Hijo unigénito? Te has convertido en una bestia, sin temerme en nada. Devoras a tu prójimo y estás en disensión con él. Te has convertido en uno que se mueve por favoritismos, aceptando a los que te sirven y se te humillan y a los que te gusta que lleven la misma vida que tú, a esos a quienes debes corregir y cuyos pecados debes aborrecer. Haces lo contrario, dando ejemplo para que ellos obren peor. Si fueses bueno, cumplirías tu deber; pero, como eres malo, ni sabes reprender ni te desagrada el pecado de los demás.
Desprecias a los pobres humildes y virtuosos. Huyes de ellos. Tienes razón para hacerlo, aunque no lo deberías hacer. Huyes de ellos porque el hedor del vicio no puede sufrir la fragancia de la virtud. Te sientes vilipendiado si ves a mis pobres a tu puerta; rehúyes visitarles en sus necesidades; les ves morir de hambre y no les socorres. Todo esto es obra de los cuernos de la soberbia, pues no se quieren inclinar a ejercitar un pequeño acto de humildad. ¿Por qué no se inclinan? Porque el amor propio, que fomenta la soberbia, no ha desaparecido del interior, y por ello no quiere repartir a los pobres bienes temporales ni espirituales, sino revenderlos.
¡Oh maldita soberbia, fundada en el amor propio! ¡Cómo has cegado los ojos de su entendimiento, de modo que, pareciendo que los amas y eres tierno, se han convertido en crueles consigo mismos: pareciéndoles ganar, pierden; creyendo hallarse en delicias, riquezas y posición excelente, se encuentran en tan gran pobreza y miseria por estar privados de la virtud; han caído de las alturas de la gracia al abismo del pecado mortal! Son ciegos al comprenderlo ellos así y no conocerse a sí mismos ni a mí. No reconocen su situación, ni la dignidad en que les he colocado, ni la fragilidad del mundo y su poca estabilidad, porque, si las reconocieran no harían de ellas su dios. ¿Quién les ha privado del conocimiento? La soberbia. Por ella se han convertido en demonios, habiéndolos yo elegido a ellos para ángeles, para que fueran ángeles terrestres en esta vida. Ella causa la caída del cielo al profundo de las tinieblas. Tanto se han multiplicado éstas y su iniquidad, que caen en el pecado que te diré.
Hay algunos que son tan demonios, que algunas veces harán como que consagran, y no lo hacen por temor a mi juicio, liberándose de todo freno y temor del mal obrar. Por la mañana se habrán levantado de la inmundicia, y por la tarde, del desordenado comer y beber. Tendrán que dar gusto al pueblo, y, considerando sus maldades, ven que no lo pueden hacer en buena conciencia y que no pueden celebrar. Por eso tienen un poco de temor a mi juicio; no por odio al pecado, sino por el amor que se tienen a sí mismos.
¿Ves, queridísima hija, lo ciegos que son? No acuden a la contrición de corazón ni al aborrecimiento del pecado, sino que toman como remedio el no consagrar. Como ciegos, no ven que el error y el pecado que se sigue es mayor que el primero, porque hacen al pueblo idólatra poniéndoles a la adoración aquella hostia no consagrada, como si fuera el cuerpo y la sangre de mi Hijo unigénito, Dios y hombre verdadero, como ocurre cuando está consagrada. Y lo que les presentan es sólo pan.
Ahora ves cuan grande es esta abominación y cuánta es mi paciencia sufriéndolos (Crón 21,135). Si no se enmiendan, toda gracia se les convertirá en motivo de juicio.
Pero ¿qué debería hacer el pueblo para no llegar a esa situación? Debe orar bajo condición: «Si este ministro ha pronunciado las palabras que debería decir, creo que verdaderamente tú eres Cristo, Hijo de Dios verdadero y vivo, y que me ha sido dado en comida por el fuego de la inestimable caridad y el memorial de la dulcísima pasión y del inmenso beneficio de la sangre que con tanto fuego de amor derramaste para limpiar nuestra iniquidad» (Lc 22,19-20). Haciéndolo así, la ceguera de aquéllos no les producirá tinieblas cuando adoran una cosa por otra, sino, más bien, la culpa de pecado es sólo del miserable ministro y no harán ellos algo que no debieran (La ignorancia y falsos escrúpulos en sacerdotes indignos llevaron a estos abusos que recrimina la Santa y eran causa de escándalo de los fieles. Ella misma lo experimentó cuando, estando enferma, en Luca, un sacerdote le llevó una hostia sin consagrar para que comulgara. Al parecer, intentaba aquel sacerdote cerciorarse de si Catalina podía distinguir una hostia sin consagrar de una consagrada.)
¡Oh, dulcísima hija! ¿Quién detiene a la tierra paraque no les trague? ¿Quién frena mi paciencia para que no les haga quedar inmóviles; como estatuas ante el pueblo para confusión suya? La misericordia divina. Me contengo a mí mismo, esto es, con la misericordia retengo a mi divina justicia a fin de vencerles a fuerza de misericordia. Pero ellos, demonios obstinados, no la reconocen ni la ven. Obran como si creyeran recibirla porque se les debe, porque la soberbia les ha cegado, y no ven que la tienen sólo por una gracia y no porque se les deba.

El Dialogo
Santa Catalina de Siena
Puedes adquirir el libro en el siguiente enlace

https://meli.la/1g8Bkpv

127 [En los malos ministros reina la avaricia. — Prestan con usura. — Venden y compran los beneficios y prelacias. — Mal...
24/09/2026

127 [En los malos ministros reina la avaricia. — Prestan con usura. — Venden y compran los beneficios y prelacias. — Males que se siguen a la santa Iglesia.]
Te hablaré ahora de la segunda columna, que es la avaricia. Puesto que mi Hijo unigénito ha dado con tanta generosidad, no seas tú tacaño. Tú ves su costado, completamente abierto en el madero de la cruz, y la sangre, vertida por todas partes. No ha comprado la libertad ni con oro ni con plata, sino con la sangre, por largueza de su amor (1 Pe 1,18-10) No redimió a una parte del mundo, sino a todo el género humano, tanto a los hombres que existieron como a los presentes y venideros. No os ha dado la redención con sangre, sino con fuego, por que os ha dado el fuego del amor. No la hizo con fuego y sangre, sin mi naturaleza divina, puesto que se halla unida perfectamente a la humana. De esta sangre, unida con el amor generoso a ti, miserable, te he hecho administrador, y tú, con avaricia y codicia, de lo que mi Hijo adquirió en la cruz —las almas, redimidas con tanto amor—, eres avaro; con tan extremada tacañería por avaricia, que te determinas a vender la gracia del Espíritu Santo, eso que te ha dado al ser hecho administrador de la sangre (Hct 8,18-20) Quieres que tus súbditos se compren de nuevo a sí mismos cuando te piden lo que has recibido como regalo (Mt 10,8).
No tienes tu boca preparada para alimentarte de almas por mi honor, sino para engullir dinero. Te has hecho tan mezquino en la caridad con lo que tan generosamente has recibido, que no tengo cabida en ti por la gracia, ni tampoco cabe tu prójimo. Ni los bienes temporales, que con generosidad recibes en virtud de la sangre, ni tú, avaro miserable, sois buenos más que para ti mismo. Como ladrón digno de muerte eterna, has robado lo de los pobres y lo de la santa Iglesia y lo has gastado en lujurias con mujeres, con hombres deshonestos y con tus parientes. Lo has gastado en placeres y en el cuidado de tus hijos.
¡Oh miserable! ¿Dónde están los hijos de las verdaderas virtudes que has debido tener? ¿Dónde el celoso deseo de mi honor y de la salvación de las almas? ¿Dónde el torturado dolor que debiste sufrir al ver al lobo infernal arrebatar tus ovejas? Nada existe, porque en tu mezquino corazón no hay amor para ti ni para ellos. Te amas únicamente a ti con amor propio sensitivo, y con él te envenenas y envenenas a los demás. Eres el demonio infernal que engulle las almas con amor desordenado. Tu garganta no apetece otra cosa, y por ello no te preocupa que el demonio invisible las lleve consigo. Tú, demonio visible, te has convertido en instrumento para que vayan al in****no.
¿A quién das vestido y engordas con lo que pertenece a la Iglesia? A ti, a los otros demonios juntamente contigo y a los animales, es decir, a los caballos lustrosos que tienes para tu placer desordenado y no por necesidad; tú los debes tener por necesidad y no por gusto, porque éstos son gustos de los hombres del mundo. Tus gustos deben ser los pobres y la visita a los enfermos, socorriéndolos en sus necesidades espiritual y temporalmente, pues no para otra cosa te he hecho ministro ni te he dado tan gran dignidad. Pero como te has convertido en un animal inmundo, por eso te complaces en esos animales. No ves; porque, si vieses los suplicios que te están preparados si no te enmiendas, no obrarías así, antes bien te dolerías de lo que has hecho en el tiempo pasado y te corregirías en el presente.
¿Ves, carísima hija, cuánta razón tengo para quejarme de estos miserables y cuánta generosidad he usado con ellos y cómo me han pagado con tanta tristeza? Como te dije, habrá quienes presten con usura, aunque no tengan tienda como los públicos usureros, sino que por modos mucho más sutiles venderán el tiempo a su prójimo a causa de la codicia, la que a nadie es lícita en el mundo. Si algo le regalasen y lo recibiesen con la intención de que fuera precio por el servicio que han prestado, eso es usura, y lo mismo por cualquier cosa que se reciba por el tiempo empleado. Yo he puesto a ese miserable para que prohíba esto a los seglares, y él hace lo mismo y más. Si alguien le va a pedir un consejo sobre esta materia, como él se halla en pecado semejante y ha perdido la luz de la razón, se lo da oscuro y tendencioso a causa de la inclinación que tiene en su espíritu.
Estos y muchos otros defectos nacen de su mezquino corazón, codicioso y avaro. Se puede repetir lo que dijo mi Verdad cuando entró en el templo y encontró a la gente vendiendo y comprando. Echándola fuera con el látigo de cuerdas, dijo: «De la casa de mi Padre, que es casa de oración, habéis hecho una cueva de ladrones (Mt 21,13).
Ves bien, dulcísima hija, que es así, pues de mi Iglesia, que es lugar de oración, se ha hecho cueva de ladrones. Venden y compran, y han hecho mercadería de la gracia del Espíritu Santo. Ves que los que quieren prelaturas y beneficios de la santa Iglesia, las compran con muchos regalos a los que son ricos en dinero y posesiones. Estos miserables no miran si es bueno o malo el que solicita el beneficio, y por complacerle y por el amor al regalo recibido, se ingenian para sembrar esta planta podrida en el jardín de la santa Iglesia, y por esta razón darán, los miserables, buenos informes al cristo en la tierra. Ambos usan la falsedad y el engaño con cristo en la tierra, a quien hay que ir limpios y con toda verdad. Si el vicario de mi Hijo se enterara de uno y del otro, los debería castigar, y a ése quitarle el cargo, si no se enmienda, y al que compra el cargo le estaría bien que se le diese prisión como recompensa hasta que se enmiende de su pecado, a fin de que los demás tomen ejemplo de éste y teman, de modo que ninguno intente hacerlo más. Si Cristo en la tierra lo hace, cumple con su deber, y no será castigado por este pecado cuando venga a dar razón de sus ovejas ante mí.
Créeme, hija mía, que hoy no se obra así, y por ello ha caído mi Iglesia en tantos pecados y abominaciones. Cuando se dan las prelaturas, no se indaga e investiga la vida de los que las pretenden, si son buenos o malos; y, si algo se pregunta, no lo hacen ni se informan sino por los malos, que no harán sino dar buenos informes, porque los pecados que tienen son los mismos que los suyos propios. No se mira ni se atiende más que a su buena posición social, a su gallardía y riqueza, a que sepan hablar mucho y elegantemente; y aún peor: alguien argumentará que es de buena presencia. ¡Lenguaje de demonios! ¡Cuando deben preguntar por el adorno y belleza de la virtud, atienden a la belleza del cuerpo! Deben buscar a los humildes y a los pobres, quienes por su humildad huyen de las prelaturas; pero eligen a los que las buscan con vanidad y engreída soberbia.
Se fijan en la ciencia. La ciencia es en sí buena y perfecta cuando el que la posee tiene la ciencia de una vida buena y honesta junto con la verdadera humildad. Sin embargo, la del soberbio, deshonesto y malvado en su vida, es un veneno. De la Escritura no entienden más que la letra, y oscuramente, porque han perdido la luz de la razón y tienen su entendimiento ofuscado. Con la luz de la razón, añadida la sobrenatural, se ha explicado y entendido la Sagrada Escritura, como te enseñé con más claridad en otro lugar (Cf. c.15). Ves, por tanto, que la ciencia es buena en sí, pero no en el que la usa indebidamente; antes bien le será para él fuego de penas si no enmienda su vida. Por eso deben fijarse más en la buena y santa vida que en la ciencia que desoriente su vida. Ellos hacen lo contrario; pues, aunque los buenos y virtuosos se hallen cargados de ciencia, los consideran tontos y son por ellos despreciados. Evitan a los pobres, porque nada tienen que dar.
Ves, pues, mi casa, que debería ser casa de oración (Is 56,7; Jer 7,11; Mt 21,13; Mc 11,17; Lc 19,46), donde debería brillar la margarita de la justicia y la luz de la ciencia con honesta y santa vida, y donde debería sentirse la fragancia de la verdad, abundando en mentira. Deben poseer la pobreza voluntaria y conservar las almas con verdadera solicitud y arrancarlas de los malos demonios, y ellos apetecen las riquezas. Se han preocupado tanto de los bienes temporales, que han abandonado completamente el cuidado de los espirituales. No atienden sino al juego, a las risas y a acrecentar y multiplicar los bienes temporales. Los desgraciados no se dan cuenta de que es el modo de perderlos, porque, si abundasen en virtud y se cuidaran, como deben, de las cosas espirituales, abundarían también en las temporales. Muchas rebeliones ha habido, esposa mía, que los eclesiásticos no deberían haber fomentado. Deben dejar que los mu***os entierren a los mu***os (Mt 8,22) y seguir la doctrina de mi Verdad cumpliendo mi voluntad, es decir, aquello para los que se les ha designado. Pero hacen todo lo contrario, pues se oponen a enterrar los mu***os y cosas transitorias con afecto y solicitud y quitan los cargos a los hombres del mundo. Esto me desagrada y hace daño a la santa Iglesia. Deben dejar esas cosas para ellos —un mu**to que entierre al otro—, es decir, que gobiernen las cosas del mundo los que están designados para ello. ¿Por qué te he dicho que «un mu**to entierre al otro»? Mu**to se entiende de dos modos: uno, cuando se administran y gobiernan las cosas temporales en pecado mortal por el afecto y solicitud desordenados, y el otro, porque se trata de oficio del cuerpo y cosas muertas, que no tienen más vida en sí que en cuanto tienen relación con el alma y participan de la vida mientras el alma está en el cuerpo, y no más.
Deben, por tanto, estos ungidos míos, que han de vivir como ángeles, dejar las cosas muertas a los mu***os y gobernar ellos las almas, que son lo vivo, que nunca muere, dirigiéndolas y distribuyéndoles los sacramentos, dones y gracias del Espíritu Santo y alimentándolas con el manjar de buena y santa vida. De este modo sería mi casa, casa de oración, abundando ellos en gracia y virtud. Como no hacen sino lo contrario, puedo decir que ha sido convertida en cueva de ladrones, por haberse convertido en mercaderes por la avaricia, vendiendo y comprando, como se ha dicho. Ha sido convertida deshonestamente en cuadra de animales, se ha convertido en establo, pues en ella se hallan tumbados en el lodo de la deshonestidad y tienen a sus «demonias» en la Iglesia, como el esposo tiene en su casa a la esposa.
Lo que te he contado casi no tiene comparación con lo que existe en la realidad. Ves, pues, cuánto mal se apoya en estas dos columnas fétidas y pestilentes, esto es, en la inmundicia y en la codicia y avaricia.

El Dialogo
Santa Catalina de Siena
Puedes adquirir el libro en el siguiente enlace

https://meli.la/1g8Bkpv

Dirección

Saltillo
25088

Notificaciones

Sea el primero en enterarse: le enviaremos un correo electrónico cuando Coro Adonai publique novedades y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin y puede darse de baja en cualquier momento.

Atajos

Compartir