01/12/2025
“EL NIÑO QUE NO DEBERÍA REGRESAR”
Siempre pensé que trabajar como asistente nocturna en la morgue era una buena idea para pagar mis estudios. El silencio, el frío y el olor metálico nunca me molestaron. Hasta que llegó ÉL, el cuerpo que jamás olvidaré.
Entró en una camilla cubierta con una sábana gris. El doctor solo dijo:
—No abras ese reporte. Solo necesitamos almacenarlo.
Pero a mí la curiosidad siempre me mató más que el miedo.
Cuando levanté la sábana, casi me desmayo.
Era… un niño.
Pero no uno normal.
Su piel estaba llena de cicatrices cosidas con grapas oxidadas, como si alguien lo hubiese armado a pedazos. Sus párpados hundidos parecían temblar, y tenía una sonrisa torcida con dientes afilados que no tenían nada de humano.
Mientras lo observaba, escuché un clic.
Las grapas de su frente vibraron.
Como si respiraran.
Me congelé.
Entonces… sus ojos se abrieron.
Eran blanquecinos, vacíos, pero aun así parecían verme, reconocerme. Me paralizó un olor a tierra húmeda, como si hubiese sido desenterrado hacía minutos.
—¿Me ayudas… a volver? —susurró con una voz quebrada, imposible de describir.
Me aparté de un salto, pero él se incorporó lentamente, los huesos crujiendo como ramas secas.
—Tú… tienes mi nombre —dijo señalando mi pecho.
Miré mi placa.
Lucía: “Asistente N° 47”.
Pero el niño negó con la cabeza.
Señaló más abajo… mi corazón.
—Tú tienes mi nombre… porque yo vivía ahí —susurró tocándose el pecho.
—TÚ me diste forma. Tú me cosiste. Ahora… déjame entrar otra vez.
Entonces abrió la boca, enorme, imposible, como una grieta negra que se extendió hasta sus orejas. Sus dientes se alargaron como agujas.
Grité, corrí, pero me sujetó del tobillo con dedos rígidos y helados.
Mientras arrastraba mi cuerpo hacia él, sentí los puntos de sus grapas metiéndose en mi piel… cosiéndonos juntos.
Lo último que escuché antes de desmayarme fue su voz dentro de mi cabeza:
—Ahora seremos uno… como antes.
Cuando desperté, estaba en una camilla.
Y en la mesa de autopsias, cosido con grapas nuevas, estaba… mi cuerpo.
El niño ya no estaba.
En su lugar, yo estaba en esa piel ajena, mirando desde afuera, atrapada dentro de un cuerpo que no me pertenece.
Y alguien, detrás de la cortina, se acercó y susurró con mi propia voz:
—Tranquila… ya regreso por ti.
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