03/04/2025
Descripción | Mi pueblo San Jacinto
San Jacinto no es solo un lugar, es un latido suspendido entre el pasado y el presente. Cada rincón respira historias, y quienes lo pisan no caminan sobre simples empedrados, sino sobre ecos que emergen con el alba: pasos de quienes partieron, de los que regresaron y de aquellos que se desvanecieron, dejando sombras que aún susurran leyendas desde los muros agrietados. Las casas, ya sean humildes o majestuosas, se describen asi mismas como: unas desgastadas por el incesante vaivén del viento y la lluvia, otras con puertas que no conducen al interior ni al exterior, sino a un tiempo detenido, capturado en las agujas de la capilla que vigila el pueblo desde el alba hasta el crepúsculo, otras llenas de vida esperando a que la brisa del viento se eleve hasta llegar a cualquier lugar donde se pueda compartir su vida.
En San Jacinto, los techos no solo cobijan, también invocan la lluvia. Cada gota que se desliza sobre ellos deja un rastro de luz fosforescente que los niños recogen en frascos de vidrio, atrapando estrellas terrenales que titilan en la oscuridad. Estas diminutas luces mantienen vivo el resplandor de noches sin luna, cuando el pueblo se adorna de sombras y murmullos que parecen relatar secretos olvidados.
El río Lerma, otrora cantarín y puro, arrullaba las noches de antaño. Hoy yace en un silencio espectral, donde sus aguas, ahora turbias, murmuran historias truncas con voz de lodo y raíces ahogadas. Nadie osa acercarse a sus orillas, ni siquiera el señor Moyita, quien durante décadas veló por su cauce como un guardián de leyenda. Ahora, reposa en soledad, aguardando una barca sin remos, mientras la bruma lo envuelve en un manto de nostalgia.
Los habitantes de San Jacinto no son simples narradores, sino arquitectos de espirales temporales. Sus voces no trazan líneas rectas, sino laberintos de siglos: hablan de haciendas devoradas por la maleza, de hombres cuyos nombres se confunden con los paisajes y de guerras que dejaron cicatrices en las barrancas. Los relatos de los antiguos no son mitos, sino leyes no escritas, dictadas con la solemnidad de quien describe el curso de los ríos.
En la plaza de San Jacinto, un quiosco de hierro forjado guarda los ecos de generaciones que buscaron refugio bajo su sombra. A su alrededor, los jardines del señor Martín florecen como versos meticulosamente cuidados: rosales que trazan patrones geométricos, buganvillas que escalan celosías con precisión de relojero y camelias cuyos pétalos caen siempre hacia el este, como si señalaran un secreto enterrado. Don Martín, de espalda encorvada y manos surcadas de tierra, no solo cultiva plantas: cultiva el tiempo mismo, podando ramas muertas con la misma paciencia con que los hombres de su estilo recortan exageraciones de sus historias.
En San Jacinto, las estaciones son reflejos del alma. La primavera no llega con flores, sino con susurros de semillas que germinan bajo la piel de la tierra. El verano es un espejismo de tardes infinitas, donde el sol, exhausto, se recuesta sobre los tejados y derrama melaza dorada que solidifica en los charcos. El otoño huele a hojas quemadas y el invierno no es frío, sino a las guirnaldas que escuchan las risas familiares.
Las ventas en San Jacinto son más que un intercambio de bienes: reflejan el espíritu del pueblo. Los compradores no eligen solo productos, sino emociones: la risa de un niño, el último suspiro de un alma vieja, el crujir de una puerta en una casa aparentemente abandonada. Nadie sabe exactamente a dónde se dirige, pero todos caminan en la misma dirección.
La cultura en San Jacinto no es un ornamento, sino un latido que mantiene vivo al pueblo. En el teatro, los reflectores iluminan más que rostros: revelan historias que resisten el olvido, relatos que se reinventan con cada nueva función. El corralón gigante de donde los jinetes y las bestias entretienen hasta en mas reacio del polvo. Los equipos deportivos que alientan cada dia desde los mas Jovenes hasta los mas adultos. Los grupos pastorales no solo organizan eventos, sino que edifican comunidad, con risas y manos dispuestas a darlo todo por la fe y la tradición. Cada celebración, cada procesión es un canto que vibra entre las calles empedradas, elevando plegarias que se entrelazan con el tiempo.
Los concursos de belleza y la política no son meras formalidades, sino ritos modernos donde el pueblo se observa a sí mismo, celebrando su historia y debatiendo su porvenir. Aquí, todo es un escenario: un acto de pertenencia, un pacto silencioso entre quienes se quedan y quienes, al partir, nunca dejan de llevar consigo un pedazo de San Jacinto.
Al partir, no mires atrás. San Jacinto siempre estará ahí. Si regresas, la iglesia de torre alta no guarda secretos, sino que canta con campanadas que llaman a misa, a bodas, a bautizos. Los frutos del páramo ya no saben a preguntas, sino a certezas: higos que estallan en miel, queso fresco, cajeta y bolillo. La campana, lejos de llamar a alguien, convoca a todos: su eco no es un suspiro, sino una carcajada que rebota entre los cerros, recordándote que este pueblo no solo se vive... se baila.
- Cristian Pelayo