Iglesia del Nazareno ""El Salvador""

Iglesia del Nazareno ""El Salvador"" Somos una Iglesia cristiana que proclama el mensaje de salvación en Cristo Jesús y la santidad como un estilo de vida.

Este próximo domingo 23 de Agosto tenemos nuestro Evento MIES. Mi invitado especial.  Serás Bienvenido a celebrar juntos...
21/08/2026

Este próximo domingo 23 de Agosto tenemos nuestro Evento MIES. Mi invitado especial. Serás Bienvenido a celebrar juntos. No faltes.

21/08/2026

Sin Condenación en Cristo

Romanos 8.1 — Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Romanos 8 comienza con la declaración más liberadora de toda la Escritura: ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Después de explicar en capítulos anteriores la realidad del pecado, la debilidad humana y la imposibilidad de justificarnos por nuestras propias fuerzas, el apóstol Pablo abre una puerta hacia la esperanza total. Este versículo no es una simple frase de consuelo; es el veredicto definitivo de Dios sobre todo aquel que se une a Cristo. Marca el límite entre la época de culpa y miedo, y la era de la libertad y la vida eterna.
La realidad de la condenación que ya fue quebrantada

Para entender el peso de estas palabras, debemos recordar de dónde venimos. Antes de Cristo, todos estábamos bajo condenación: la ley nos mostraba lo que era justo, pero no tenía el poder para librarnos de la culpa; al contrario, hacía evidente nuestra debilidad y nuestra falta. La conciencia, las fallas del pasado, los errores presentes y el juicio futuro pesaban sobre cada ser humano. La condenación era nuestra sentencia natural: "el que ofendiere en un punto, se ha hecho culpable de todos" (Santiago 2.10).

Pero el versículo dice: "Ahora, pues". Esas dos palabras son el puente. Todo lo que venía antes —el pecado, la culpa, la condenación— ha quedado atrás. Cristo ya pagó toda deuda en la cruz. Su sacrificio no fue parcial, fue completo y suficiente. Por eso dice con absoluta certeza: ninguna condenación hay. No hay condenación del pasado, no hay condenación del presente, no hay condenación del futuro. Ni la ley, ni el pecado, ni Satanás, ni nuestras propias conciencias pueden condenarnos, porque Dios mismo nos ha justificado. Como dice Pablo más adelante: "¿Quién condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó" (Romanos 8.34).
"Para los que están en Cristo Jesús"

Esta bendición no es automática para todos; pertenece a quienes están en Cristo Jesús. No se trata de una afiliación externa, sino de una unión viva y real. Estar en Cristo significa:

• Haber puesto toda nuestra confianza en Él como Salvador y Señor.

• Haber mu**to al viejo hombre y haber nacido de nuevo en Él.

• Permanecer en Él, como la rama permanece en la vid (Juan 15.5).

Es una posición espiritual que cambia nuestra identidad completa: ya no somos esclavos del pecado, sino hijos amados de Dios. Nuestra vida ya no se define por lo que hicimos, sino por lo que Cristo hizo por nosotros.
"Los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu"

La libertad de la condenación no es una licencia para pecar; es el impulso para vivir de manera distinta. Pablo añade esta frase para mostrarnos que la fe que justifica es también la fe que transforma. Quien verdaderamente está en Cristo, ya no vive bajo el dominio de la carne —de los instintos, el egoísmo y los deseos pasajeros—, sino que se deja guiar, fortalecer y transformar por el Espíritu Santo que habita en su corazón.

No significa que ya no cometemos errores, sino que ya no es nuestra naturaleza vivir en el pecado. El Espíritu nos convence, nos corrige y nos ayuda a crecer en santidad. Y cuando caemos, no caemos en condenación, sino en los brazos de la gracia, que nos levanta y nos sigue transformando. La obediencia no es el precio de nuestra salvación, sino el fruto de la salvación ya recibida.
Una verdad para vivir cada día

Muchos creyentes viven todavía como si este versículo no existiera: cargados de culpa, reprendiéndose por el pasado, temerosos de que Dios los rechace por sus fallas. Pero Romanos 8.1
nos grita: ¡Ya no hay condenación!. Dios no te condena cuando tropiezas; te ama y te corrige como a un hijo, pero nunca te rechaza.

Esta verdad debe cambiar nuestra forma de vivir:

• Ya no servimos a Dios por miedo, sino por gratitud.

• Ya no vivimos intentando ganar su amor, porque ya somos amados.

• Ya no nos dejamos dominar por la culpa, sino que andamos en la libertad del Espíritu.

Romanos 8.1 es el punto de partida de la vida cristiana victoriosa. Nos dice que nuestra posición ante Dios no depende de nuestra perfección, sino de la perfección de Cristo. Ninguna condenación hay: esta es la sentencia del cielo sobre tu vida si estás en Él. Ahora, libre de toda culpa, llamado a andar conforme al Espíritu, puedes vivir con la certeza de que eres hijo de Dios, amado, perdonado y eternamente suyo.

18/08/2026

La fidelidad que elige a Dios y rechaza lo vano
— Salmos 16.4
"Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios. No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres."
— Salmos 16.4

En el Salmo 16, David canta desde lo profundo de una relación de alianza con Dios. Es un canto de confianza, de refugio y de entrega total. Pero en medio de palabras de bendición, aparece una advertencia clara y una decisión inquebrantable: la realidad de quienes buscan a otros dioses, y la firme determinación del creyente de no seguirlos. Este versículo no es solo una condena a lo ajeno; es una declaración de identidad, de lealtad y de protección. Nos enseña que servir a algo distinto de Dios trae dolor, y que elegir a Él es renunciar a todo lo que lo sustituye.
Los dolores de servir a otro dios

La primera parte del versículo dice: "Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios." Hay una palabra que llama la atención: diligentes. No dice que sirven de vez en cuando, o con descuido; dice que lo hacen con esmero, con dedicación, con esfuerzo. Y aun así, el resultado no es paz, sino dolores que se multiplican.

¿Por qué ocurre esto? Porque cualquier dios que no sea el Señor es un ídolo: algo creado, limitado, incapaz de salvar ni de sostener. Puede ser un dios tallado en piedra, pero también puede ser el dinero, el orgullo, el poder, las relaciones, el placer o cualquier cosa a la que entregamos el lugar que solo Dios debe ocupar. Cuando ponemos nuestra confianza en algo que no es el Creador, le damos a lo finito la tarea de llenar un vacío infinito — y eso es imposible. Por eso el dolor se multiplica: cuanto más nos esforzamos en servirlo, más vacíos nos deja, más decepciones nos causa, más ansiedad nos genera.

La Escritura lo confirma en Jeremías 2.13:
"Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, para cavar para sí cisternas rotas, que no detienen aguas."
Servir a otro dios es cambiar la fuente de vida por cisternas que se rompen. Es trabajar duro por algo que no puede darte lo que realmente necesitas. Y por eso, cada paso en esa dirección es un paso hacia más dolor, más soledad, más frustración. No es que Dios nos castigue con dolor; es que alejarse de la Fuente de vida lleva consigo, por su propia naturaleza, el sufrimiento.
La decisión de no participar: "No ofreceré yo sus libaciones de sangre"

Ante esa realidad, David no se queda solo observando; él toma una postura firme: "No ofreceré yo sus libaciones de sangre." Las libaciones eran ofrendas de vino que se derramaban en honor a los dioses. En el caso de los ídolos cananeos, muchas veces iban acompañadas de sacrificios cruentos, incluso de sangre humana o de animales, vinculados a prácticas violentas y pecaminosas.

David dice: eso no estará en mis manos ni en mi altar. No daré mi tiempo, mi esfuerzo, mi adoración a lo que no es Dios. No participaré en aquello que separa a las personas del Creador. Esta frase nos recuerda que la fe no es solo creer en algo, sino renunciar a todo lo que compite con Dios. En nuestra vida, hay muchas "libaciones" que el mundo ofrece: ofrendas al ego, al materialismo, al odio, a la inmoralidad. Y el creyente dice: "No haré eso. No derramaré mi vida en vano."

El apóstol Pablo lo expresa con la misma claridad en 2 Corintios 6.17:
"Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré."
La fidelidad a Dios exige separación. No es odio hacia quienes hacen esas cosas, sino amor hacia Dios que nos lleva a no participar de ellas.
La integridad de los labios: "Ni en mis labios tomaré sus nombres"

La segunda parte de la decisión de David es igualmente profunda: "Ni en mis labios tomaré sus nombres." Esto nos habla del poder de la palabra y de la identidad que confesamos. Tomar el nombre de otro dios era reconocer su autoridad, invocar su poder, hablar de él como si fuera verdadero y digno de ser seguido.

David dice: no lo nombraré. No daré importancia a lo que es falso. No hablaré de los ídolos como si tuvieran fuerza. No invocaré a lo que no puede salvar. Esto nos enseña que nuestra lengua también debe estar sometida al Señor. Muchas veces, sin darnos cuenta, damos lugar a cosas vanas en nuestra conversación: hablamos de dinero como si fuera nuestro dios, nos quejamos como si el destino tuviera más poder que Dios, seguimos tendencias del mundo como si fueran verdades absolutas. Pero el creyente debe cuidar lo que dice, porque lo que nombramos con respeto, eso estamos adorando con el corazón.

Como dice Proverbios 18.21:
"La muerte y la vida están en poder de la lengua, y los que la aman comerán su fruto."
Si nuestros labios no toman los nombres de los ídolos del mundo, es porque nuestro corazón está lleno del nombre del Señor. Y cuando Él llena nuestro corazón, nuestras palabras lo reflejan.
Aplicación: ¿Qué dioses estamos sirviendo hoy?

Este versículo nos invita a un examen de conciencia profundo. ¿Hay algo en nuestra vida que recibe más dedicación, más tiempo, más confianza que Dios? ¿Nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestros bienes, nuestras metas, incluso nuestras propias fuerzas? Si lo hay, debemos saber que eso nos está llevando a dolores que se multiplican. No porque Dios nos castigue, sino porque nada creado puede sostener el alma humana.

Pero también nos ofrece un camino de esperanza: la decisión de David sigue siendo nuestra hoy. Podemos decir:

No ofreceré mis fuerzas a lo que no es Dios.

No derramaré mi vida en lo que no da vida.

No daré importancia con mis palabras a lo que es vano.

Mi adoración, mi servicio, mis labios y mi vida son para el Señor.

Jesús dijo en Mateo 6.24:
"Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se aferrará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas."
Solo hay un Dios que no causa dolor cuando le servimos, sino que da descanso a nuestra alma (Mateo 11.28). Solo hay un nombre que debemos tomar en nuestros labios, porque en él está la salvación (Hechos 4.12).

Salmos 16.4 nos muestra dos caminos: el de quienes sirven con esmero a ídolos y ven multiplicarse sus dolores, y el de quienes deciden no participar de lo vano, sino consagrarse por entero al Dios vivo. La fe no es solo creer que Dios existe; es renunciar a todo lo que intenta ocupar su lugar. Es decir con el salmista: "Mi porción y mi copa eres tú... A ti, oh Jehová, te he puesto delante siempre" (Salmos 16.5,8).

Que hoy nuestra decisión sea la misma: no serviremos a otro dios, no ofreceremos nuestras vidas a lo que no da vida, y en nuestros labios solo habrá lugar para el nombre del Señor. Porque solo en Él no hay dolor que se multiplique, sino gozo pleno y deleites eternos (Salmos

16/08/2026

La alabanza que llena todo el ser – Salmos 150.1-6

El Salmo 150 es el cierre majestuoso del libro de los Salmos, un canto final que resume todo lo que la oración, la fe y la relación con Dios significan: la alabanza como respuesta total, sin límites y de toda la creación. No es solo un conjunto de frases hermosas, sino una invitación divina a reconocer quién es el Señor y a entregarle nuestra vida en gratitud.

¿Dónde alabar? En todo lugar

Los primeros versículos nos dicen: «Alabad a Dios en su santuario: alabadle en el firmamento de su fortaleza». Nos enseña que no hay espacios reservados para encontrarnos con Él: lo alabamos en el templo, en la oración íntima, pero también en la inmensidad del cielo, en nuestra casa, en el trabajo y en cada circunstancia. Dios no está limitado a un sitio; su presencia llena todo, y nuestra alabanza puede llegar a Él desde cualquier lugar.

¿Por qué alabar? Por quién es Él

«Alabadle por sus proezas; alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza». No alabamos a Dios por costumbre, sino por lo que ha hecho y por lo que es: su poder en la creación, su fidelidad en las pruebas, su misericordia que nos perdona y su amor que nunca cambia. Su grandeza no tiene fin, así que nuestra alabanza tampoco puede agotarse.

¿Con qué alabar? Con todo lo que tenemos

El salmo nombra instrumentos y maneras muy distintas: trompeta, arpa, pandero, danza, flauta, címbalos… Nos muestra que no hay una única forma de alabar: cada persona expresa su fe según su ser, sus talentos y su corazón. Unos lo hacen con música, otros con palabras, otros con el servicio al prójimo, otros con el gozo de vivir. Lo importante no es la perfección de la forma, sino la sinceridad de quien lo ofrece.

¿Quién debe alabar? ¡Todos!

Termina con una invitación que no excluye a nadie: «Todo lo que respira alabe a Jehová». Cada ser que tiene vida lleva en sí el motivo y la capacidad de bendecir a su Creador. No importa nuestra edad, nuestra historia o lo que hayamos vivido: mientras tengamos aliento, tenemos una razón para agradecer y alabar.

El Salmo 150 nos recuerda que la alabanza no es solo un momento en el culto, sino la forma más alta de vivir: reconocer que Dios es el dueño de todo, que es bueno y digno de toda gloria. Y al final, resuena una vez más: «Aleluya» –¡Alabad al Señor!– como el llamado a que nuestra vida entera se convierta en un canto que nunca termine.
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14/08/2026

El verdadero servicio
Efesios 6.7

«Sirviendo con buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres»

El apóstol Pablo escribe este versículo dentro de las instrucciones sobre las relaciones cotidianas: después de dirigirse a familias, ahora habla a quienes estaban en condición de servicio en el mundo antiguo. Aunque la situación histórica es distinta a la nuestra hoy, el principio es eterno: todo trabajo y servicio se transforma cuando su verdadero destinatario es Dios, no las personas. Se une a lo expresado en los versículos anteriores: “no sirviendo a la vista, como para agradar a hombres, sino como servos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios” (v. 6), y al v. 8 agrega la promesa: “sabiendo que cada uno recibe del Señor según lo bueno que haya hecho”.

El significado de “con buena voluntad”

No se trata solo de cumplir una tarea, sino de hacerlo con corazón dispuesto, alegre y sin resentimiento. La expresión griega implica que el servicio nace del deseo interior, no de la obligación forzada ni de buscar solo reconocimiento humano. Dios no valora únicamente lo que hacemos, sino la actitud con que lo hacemos: “el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16.7). Un trabajo bien hecho, pero con queja o hipocresía, no es servicio a Dios; en cambio, una tarea sencilla realizada con entrega se convierte en adoración.

“Como al Señor, y no a los hombres”

Esta es la clave que cambia todo: nuestro verdadero Jefe es Cristo. Cuando trabajamos, servimos, obedecemos o ayudamos, no lo hacemos solo para complacer a un jefe, una autoridad o quienes nos rodean, sino como si se lo estuviéramos haciendo a Él mismo.

• Esto elimina la hipocresía: no actuamos distinto cuando nos ven y cuando no; porque siempre estamos ante la mirada del Señor.

• Esto da dignidad: ninguna labor es pequeña si se hace para Su gloria.

• Esto sostiene la constancia: incluso cuando el trato humano es injusto o no recibimos reconocimiento, sabemos que nuestro servicio no pasa desapercibido por Dios.

Jesús mismo lo enseñó: “cuando lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Nuestra fe no se separa de nuestra vida diaria; el trabajo, el estudio, la atención a la familia o el servicio comunitario son espacios donde vivimos el evangelio.

Pablo nos enseña a transformar nuestra motivación:
✅ No trabajes por obligación, sino por gratitud a quien te redimió.
✅ No busques aplausos humanos, sino la aprobación del Señor.
✅ No te desanimes si no eres valorado: tu recompensa viene de lo alto.
✅ En toda circunstancia, pregúntate: ¿Haría esto con la misma dedicación si Cristo estuviera aquí frente a mí?

Efesios 6.7 nos invita a una vida de servicio elevada: todo lo que hagamos, sea grande o pequeño, tiene valor eterno cuando se realiza con amor y como para el Señor. Al servir a los demás con buena voluntad, estamos en realidad rindiendo honor a Dios, y Él mismo se encarga de recompensar toda obra hecha con corazón sincero.

Será un tiempo para seguir preparandote para servir mejor.
13/08/2026

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13/08/2026

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13/08/2026

La lucha que no se ve

Efesios 6.12
Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra malicias espirituales en las alturas.

A menudo pensamos que nuestros conflictos son solo con personas, con situaciones difíciles o con circunstancias que nos salen mal. Pero el apóstol Pablo nos revela una verdad profunda: detrás de lo que vemos con los ojos, existe una realidad espiritual que da forma a muchas de nuestras batallas. Este versículo no nos invita a temer, sino a entender bien contra qué y cómo debemos luchar.

Una lucha diferente

Pablo empieza marcando una clara distinción: no luchamos contra seres humanos. No es contra el familiar que nos ofende, contra el compañero que nos traiciona o contra quien nos trata mal. Las personas no son nuestro enemigo; ellas también son objeto del amor de Dios y muchas veces son ellas mismas víctimas de la influencia del mal. Nuestra verdadera batalla es contra fuerzas invisibles que buscan alejarnos de Dios, confundir nuestra mente y destruir nuestra fe.

El texto describe estas fuerzas como principados, potestades, gobernadores de las tinieblas y malicias espirituales. Son potestad organizada del mal, que opera en el ámbito espiritual para dominar lo que sucede en el mundo y en la vida de las personas. No se trata de seres fantásticos, sino de una estructura espiritual que se opone al plan de Dios.

Entender esto cambia totalmente nuestra forma de actuar:

• Nos enseña a no responder con odio o violencia contra quienes nos hacen daño, porque ellos no son la causa última del problema.

• Nos muestra que las armas humanas —fuerza, dinero, poder o palabras duras— no sirven para ganar esta batalla. Solo las armas espirituales, como la oración, la fe, la Palabra de Dios y la obediencia, son efectivas.

• Nos ayuda a no desanimarnos cuando las dificultades parecen superiores a nosotros: sabemos que no estamos solos, y que Dios es mucho más poderoso que cualquier fuerza del mal.

La victoria está asegurada

Este pasaje no nos presenta una lucha sin salida. Unos versículos después, Pablo nos invita a vestir toda la armadura de Dios para poder resistir en el mal día y, después de hacer todo, permanecer firmes. Sabemos que la victoria ya pertenece a Jesucristo, quien venció al pecado y a la muerte en la cruz. Nuestra tarea es mantenernos unidos a Él, firmes en su verdad.

Efesios 6.12 nos invita a mirar más allá de lo visible. Nos llama a ser sabios, a no confundir al prójimo con el enemigo y a prepararnos con las herramientas que Dios nos da. En cada dificultad, recordemos que nuestra lucha es espiritual, y que quien está con nosotros es más grande que todos los que están contra nosotros. Con Cristo, siempre saldremos vencedores.

11/08/2026

Si crees, verás la gloria de Dios

Juan 11.40 – Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?

En el relato de la resurrección de Lázaro, llegamos a un momento que cruza la duda humana con la promesa divina. Cuando Jesús ordena quitar la piedra del sepulcro, Marta responde con la lógica de quien conoce la realidad: ya han pasado cuatro días, y el cuerpo presenta los signos inevitables de la muerte. Ante esa objeción, Jesús no discute ni reprende; solo le recuerda la palabra que ya le había dado: la fe no es ceguera ante la realidad, sino la capacidad de ver más allá de lo que nuestros ojos pueden percibir.

El significado de la fe que Jesús pide

Cuando Jesús dice “si crees”, no se refiere a una simple aceptación intelectual, ni a una fe que solo funciona cuando todo sale como esperamos. Es confiar en su carácter y en su poder, incluso cuando las circunstancias parecen contradecir sus promesas. Marta creía que Jesús era el Mesías, pero su fe tenía límites: imaginaba su obra en un futuro lejano, no en el momento presente, ante una situación que la razón declaraba sin solución. Jesús le recuerda que su palabra no caduca, ni se ve limitada por el tiempo o por la muerte.

La gloria de Dios que se revela

“Verás la gloria de Dios” no significa solo presenciar milagros espectaculares. La gloria de Dios es la manifestación de su naturaleza: su amor que no abandona, su poder que vence la muerte, su fidelidad que cumple lo prometido. En este caso, la gloria se revela al devolver la vida a Lázaro; pero también se revela cada vez que la fe nos permite reconocer su mano en medio de las pruebas, en las salidas que no veíamos, en la paz que no tiene explicación humana. La fe es la “ventana” que nos permite ver lo que Dios hace, aun cuando todo parezca oscuro.

Cuántas veces nos detenemos ante “piedras” que parecen imposibles de mover: enfermedades, dificultades familiares, situaciones económicas sin salida, o la sensación de que Dios se ha alejado. Como Marta, pensamos: “es demasiado tarde”, “no hay solución”. Pero Jesús nos repite hoy lo que le dijo a ella: ya te lo he dicho, si crees, verás mi gloria. La fe no elimina las dificultades, pero cambia nuestra mirada: nos hace entender que lo que para nosotros es el final, para Dios puede ser el comienzo de una obra mayor.

La promesa de Juan 11.40 sigue vigente para todos nosotros. Dios no nos pide entender todo su plan, sino confiar en su persona. Cuando abrazamos la fe más allá de la duda y de la razón limitada, nos preparamos para ver su poder manifestado, para recibir sus respuestas y para reconocer que su gloria se hace presente incluso en los momentos más oscuros. Porque al final, la fe no es creer que todo saldrá como queremos, sino estar seguros de que Dios hará siempre lo que es bueno, justo y glorioso.

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Carretera A San Juan Juquila Mixes , Cerro Costoche Tepantlali
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