Iglesia del Nazareno ""El Salvador""

Iglesia del Nazareno ""El Salvador"" Somos una Iglesia cristiana que proclama el mensaje de salvación en Cristo Jesús y la santidad como un estilo de vida.

24/05/2026

La oración en unidad: Mateo 18.19

El pasaje del Evangelio de Mateo 18.19 recoge una de las promesas más profundas y alentadoras que Jesús compartió con sus discípulos: «Otra vez os digo: Que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en el cielo». Estas palabras no son solo una enseñanza sobre la oración, sino una revelación sobre el poder de la comunión, la armonía y la fe compartida. En ellas, Jesús establece una relación directa entre la unidad de quienes oran y la respuesta de Dios, y nos invita a comprender que la oración no es siempre un acto solitario, sino una experiencia que alcanza su plenitud cuando se vive en común.

Lo primero que resalta es la condición que Jesús plantea: «si dos de vosotros se pusieren de acuerdo». La palabra «acuerdo» aquí no significa simplemente decir lo mismo o pedir lo mismo, sino tener un mismo sentir, un mismo propósito y una misma disposición de corazón. No se trata de un consenso superficial, sino de una armonía profunda, donde las diferencias quedan a un lado y se une la fe hacia un mismo fin. Para que este acuerdo sea verdadero, debe estar fundamentado en la voluntad de Dios, no en deseos egoístas o intereses personales. Cuando las personas se unen para orar, lo hacen alineando sus deseos con lo que es justo, bueno y conforme al plan del Padre. Por eso, el número «dos» no es un límite ni un requisito matemático, sino el símbolo mínimo de comunidad: muestra que la fe está hecha para compartirse, que el camino espiritual no se recorre solo y que la presencia de Dios se manifiesta de manera especial donde hay amor y unión entre los creyentes.

Luego, Jesús amplía la promesa: «acerca de cualquier cosa que pidieren». Esta expresión puede parecer ilimitada, pero debe entenderse dentro del contexto de todo su mensaje. En otros pasajes, Él mismo explica que la oración efectiva se hace en su nombre y conforme a la voluntad del Padre. Por tanto, «cualquier cosa» no significa que Dios conceda todo lo que se le pida, sin importar su naturaleza, sino que no hay asunto humano —ya sea una necesidad, una preocupación, una petición de perdón, de ayuda o de guía— que quede fuera del alcance de la oración unida. Cuando dos o más personas oran de acuerdo, sus peticiones no son palabras al aire, sino que se convierten en una súplica que llega directamente al corazón de Dios, porque reflejan el deseo de cumplir lo que Él quiere para sus vidas y para los demás.

La promesa concluye con una certeza: «les será hecho por mi Padre que está en el cielo». Aquí Jesús reafirma la autoridad y la bondad de Dios. Quien ora unido a otro no se dirige a una fuerza lejana o indiferente, sino al Padre, que conoce, ama y desea lo mejor para sus hijos. La respuesta de Dios no siempre llega en el momento, la forma o la manera que esperamos, pero la promesa es firme: Él actuará conforme a su sabiduría y su amor. La oración en unidad no obliga a Dios, sino que prepara el corazón de quienes oran para recibir lo que Él tiene preparado, y abre el espacio para que su voluntad se cumpla en la tierra.

Este versículo también nos invita a reflexionar sobre la importancia de la comunidad en la vida de fe. Hoy en día, muchas veces vivimos la espiritualidad de forma individual, pero las palabras de Jesús nos recuerdan que necesitamos a los demás. Orar juntos fortalece la fe mutua, nos ayuda a sostenernos en momentos difíciles, nos hace responsables unos de otros y nos une en un mismo propósito. Cuando hay división, orgullo o indiferencia entre las personas, la oración pierde su fuerza; pero cuando hay armonía, humildad y amor, se crea un espacio donde Dios quiere actuar.

En resumen, Mateo 18.19 es una invitación a recuperar el valor de la oración compartida. Nos enseña que la unidad es una condición esencial para experimentar el poder de Dios, que nuestras peticiones son escuchadas cuando están alineadas con su voluntad y que la fe crece y se hace fuerte cuando se vive en comunión con otros. Es una promesa que nos anima a buscar el acuerdo con nuestros hermanos y hermanas, a orar juntos por las necesidades del mundo, de la familia y de la comunidad, con la confianza de que el Padre que está en el cielo escucha y responde, según su amor perfecto.

20/05/2026

Eclesiastés 2.26

El libro de Eclesiastés es conocido por sus reflexiones profundas sobre el sentido de la vida, los esfuerzos humanos y la relación entre el ser humano y Dios. En el capítulo 2, versículo 26, se encuentra una enseñanza que nos muestra dos realidades distintas en la forma en que Dios actúa con las personas, y que a la vez reconoce que incluso ciertas circunstancias pueden parecer vacías si no se entienden desde su perspectiva. El texto dice: “Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar, para darlo al que agrada a Dios. También esto es vanidad y aflicción de espíritu”.

La bendición para quien agrada a Dios

La primera parte del versículo nos revela la intención bondadosa de Dios hacia quienes le buscan y le complacen. Cuando una persona vive conforme a sus principios, actúa con rectitud y pone su voluntad por encima de sus propios deseos, recibe tres dones fundamentales: sabiduría, ciencia y gozo.

La sabiduría es la capacidad de entender la vida, tomar decisiones acertadas y distinguir entre lo que es verdadero y lo que es pasajero. La ciencia se refiere al conocimiento que viene de Dios, que va más allá de lo que se puede aprender por experiencia humana y que permite ver las cosas desde su perspectiva. Y el gozo es una paz y una alegría que no dependen de circunstancias favorables, sino de la relación con Él. Estos dones no son recompensas por obras perfectas, sino expresiones de su gracia: Dios se complace en bendecir a quienes le aman y desean caminar en sus caminos, llenando su vida de sentido y plenitud.

El propósito del trabajo y la responsabilidad

Por otro lado, el versículo explica que a quienes viven en pecado —es decir, quienes viven alejados de Dios, guiados por sus propios intereses y rechazan su voluntad— se les da la tarea de trabajar, recoger y acumular bienes. Esto no significa que Dios castigue con pobreza o dificultades, sino que su forma de actuar con ellos es diferente: les permite tener logros y posesiones, pero el propósito de todo ese esfuerzo no es para su propio disfrute o satisfacción, sino para que finalmente lleguen a manos de quienes le agradan a Dios.

Esto nos enseña que nada de lo que existe escapa al control y al propósito de Dios. Incluso los bienes, los conocimientos y los frutos del trabajo humano están bajo su dirección. Quienes viven sin Él pueden tener éxito y acumular riquezas, pero no encuentran en eso la verdadera satisfacción, y sus esfuerzos quedan limitados por su propia condición. Los dones y los logros que obtienen no son para ellos un bien duradero, sino que se convierten en instrumentos que Dios utiliza para bendecir a otros y cumplir sus planes.

La realidad de la vanidad y la aflicción

La última parte del texto concluye diciendo: “También esto es vanidad y aflicción de espíritu”. Esta afirmación nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de las cosas que no tienen como centro a Dios. Para quien no le conoce, el trabajo, la acumulación de bienes y el éxito humano pueden parecer importantes, pero al final resultan ser vacíos, porque no llenan lo que el corazón realmente necesita. Es una aflicción de espíritu dar vueltas buscando satisfacción en lo que es temporal, sin encontrar la verdadera paz.

Por el contrario, para quien le agrada a Dios, los dones que recibe no son motivo de orgullo, sino de gratitud, y le permiten vivir con sentido y plenitud. Así, el versículo nos muestra que el verdadero valor de la vida no está en lo que conseguimos para nosotros mismos, sino en nuestra relación con Dios y en cómo usamos lo que Él nos da para cumplir su propósito.

Eclesiastés 2.26 nos deja una enseñanza clara y necesaria: todo lo que hacemos y recibimos tiene un sentido que depende de nuestra relación con Dios. Quien le busca y le agrada recibe sabiduría, conocimiento y gozo que llenan su vida de sentido. Quien vive alejado de Él puede trabajar y acumular bienes, pero todo ello queda limitado y no trae la verdadera satisfacción, aunque sea usado por Dios para su bien. Al final, la vida adquiere valor y plenitud cuando se centra en Él, y todo esfuerzo tiene sentido cuando se hace para cumplir sus propósitos.

19/05/2026

El Liderazgo Bíblico: Servicio, Carácter y Dependencia de Dios

El liderazgo es un tema que ha sido debatido y definido de muchas formas a lo largo de la historia, pero la perspectiva que nos ofrece la Biblia es única y transformadora. A diferencia de las ideas humanas que suelen asociar el liderazgo con poder, dominio, estatus o ganancia personal, las Escrituras presentan un modelo distinto: el líder como siervo, guía con integridad y persona que depende totalmente de Dios. Los textos bíblicos nos enseñan que la verdadera autoridad no se basa en la imposición, sino en el amor, el cuidado y el ejemplo, y es este modelo el que construye comunidades fuertes, justas y bendecidas.

Uno de los pasajes fundamentales para entender este concepto lo encontramos en el Evangelio de Mateo 20.26–28, donde Jesús mismo establece la regla esencial: “El que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor… porque ni el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos”. Aquí queda claro que el liderazgo bíblico invierte las jerarquías humanas: ser líder significa ponerse al servicio de los demás, satisfacer sus necesidades y buscar su bienestar por encima del propio. Jesús, el líder perfecto, no usó su autoridad para imponerse, sino para entregar su vida, y esto se convierte en el estándar que todo quien dirige debe seguir. Esta enseñanza se refuerza en la carta a los Filipenses 2.3–4, que exhorta: “Hagan todo con humildad… consideren a los demás como mejores que ustedes. No miren solo por su propio bien, sino también por el bien de los demás”. La humildad es, entonces, la base de todo liderazgo legítimo: el ego, la soberbia y el interés personal no tienen cabida en quien quiere guiar conforme a la voluntad de Dios.

Además de la actitud de servicio y humildad, la Biblia resalta la importancia del carácter como pilar indispensable del líder. En la primera carta a Timoteo 3.2–7, se detallan las cualidades que debe tener quien aspira a dirigir: ser íntegro, prudente, justo, amable, capaz de enseñar, tener buena reputación y saber gobernar bien su propia casa. Esto nos muestra que el liderazgo no se trata de habilidades o cargos, sino de quién es la persona en su interior. Un líder no puede guiar a otros por caminos rectos si su propia vida no refleja rectitud. A esta idea se suma lo que dice el apóstol Pedro en su primera carta, capítulo 5, versículos 2 y 3.“Cuiden del rebaño de Dios… no por obligación, ni por ganancia deshonesta, ni como amos, sino siendo ejemplo para todos”. La autoridad que Dios otorga es una responsabilidad de cuidado, no de dominio. El líder bíblico no ordena desde lejos, sino que camina al frente, mostrando con su forma de vivir lo que enseña, y ejerce su cargo con honestidad y desinterés.

Por otra parte, el liderazgo conforme a Dios requiere sabiduría, visión y valentía, siempre sustentadas en la confianza en Él. El libro de Proverbios 11.14 nos advierte: “Sin dirección sabia, el pueblo cae; con muchos consejeros, hay seguridad”. Un buen líder sabe que no lo sabe todo, y que la sabiduría crece al escuchar a otros y al buscar la guía de Dios. La soledad en la toma de decisiones suele ser causa de errores graves, por lo que el líder sabio se rodea de personas que le ayuden a discernir el camino correcto. Junto a esta sabiduría, se necesita valentía para cumplir con la tarea, tal como Dios le dijo a Josué en el capítulo 1, versículo 9.“Esfuérzate y sé valiente… porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas”. Liderar implica enfrentar desafíos, obstáculos y momentos difíciles, y la única fuente de fortaleza y seguridad es la presencia de Dios. El líder bíblico no confía en sus propias fuerzas, sino en el que lo llamó y lo acompaña en todo el camino.

El liderazgo que la Biblia nos presenta es un llamado alto y hermoso: es servir con humildad, guiar con integridad, buscar la sabiduría de Dios y confiar en Él en todo momento. Ejemplos como Moisés, David, Nehemías y, sobre todo, Jesús, nos muestran que este modelo transforma vidas y construye obras que permanecen. Quien lidera conforme a estos principios no busca reconocimiento, sino honrar a Dios y bendecir a quienes le son confiados. Y es así, siendo siervos, íntegros y dependientes de Dios, como se cumple el verdadero propósito del liderazgo: llevar a otros hacia el bien y hacia el corazón del Padre.

15/05/2026

El poder de abrir y cerrar puertas: Una verdad divina para la vida humana

En la Biblia encontramos una enseñanza repetida y llena de significado: que Dios tiene el control absoluto sobre las puertas que se abren y las que se cierran en el camino de cada persona y de cada comunidad. Esta verdad se revela de manera clara en el mensaje a la iglesia de Filadelfia, cuando Jesucristo dice: «El que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre» (Apocalipsis 3.7). Más allá de ser una imagen sencilla, este concepto nos enseña mucho sobre la sabiduría, el poder y el amor de Dios, y nos ayuda a entender cómo debemos actuar ante las circunstancias de nuestra vida.

A lo largo de las Escrituras, encontramos numerosos pasajes que explican esta realidad, mostrando que las puertas no se abren ni se cierran por casualidad, ni por la fuerza humana, sino que ocurren por la voluntad y el propósito de Dios.
La llave de la autoridad divina

Para comprender bien este tema, debemos empezar por reconocer quién tiene el control. En el pasaje de Isaías 22.22 se dice: «Y pondré sobre su hombro la llave de la casa de David; y abrirá, y nadie cerrará; y cerrará, y nadie abrirá». Esta llave representa la autoridad suprema sobre todo lo que pertenece a Dios. Quien la posee tiene el derecho y el poder de decidir qué caminos se abren para el bien de sus hijos y cuáles se cierran por amor y sabiduría.

Jesucristo es quien tiene esta llave, porque es el dueño de todo el universo y el encargado de cumplir los propósitos de Dios. Él no actúa por su propia cuenta, sino que hace siempre lo que agrada al Padre. Por eso, cuando Él abre o cierra una puerta, no lo hace por capricho, sino con el objetivo de bendecir, proteger y guiar a quienes le pertenecen.
Cuando Dios abre puertas: Oportunidades y bendiciones

Cuando Dios abre una puerta, significa que da acceso a algo bueno, necesario o importante para cumplir su voluntad. Estas puertas pueden ser oportunidades de trabajo, de servicio, de crecimiento espiritual, de ayuda a los demás o de cumplir un propósito que Dios ha puesto en nuestro corazón.

Textos bíblicos que hablan de las puertas abiertas:

• 1 Corintios 16.9: «Porque se me ha abierto una puerta grande y eficaz, y hay muchos adversarios». Pablo, al escribir estas palabras, explicaba que a veces las oportunidades vienen acompañadas de dificultades, pero eso no significa que no sean de Dios. Cuando Él abre una puerta, Él también nos da la fuerza y la sabiduría para atravesarla, incluso cuando hay obstáculos.

• Colosenses 4.3: «Orando también por nosotros, para que Dios nos abra puerta para la palabra, para hablar el misterio de Cristo». Aquí vemos que las puertas abiertas también se refieren a la posibilidad de compartir el evangelio y ayudar a otros a conocer a Dios. Es una bendición poder ser parte de lo que Dios está haciendo en el mundo.

• Hechos 14.27: «Y cuando llegaron, reunieron la iglesia, y contaron cuántas cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe». Este pasaje nos muestra que abrir puertas es parte de la obra de Dios: Él abre el camino para que las personas conozcan la verdad y reciban la salvación.

Cuando Dios abre una puerta, nadie puede cerrarla. Ninguna persona, ninguna dificultad ni ningún poder puede impedir que se cumpla lo que Él ha dispuesto. Es una seguridad grande saber que, cuando seguimos su voluntad, estamos caminando por senderos que Él ha preparado especialmente para nosotros.
Cuando Dios cierra puertas: Protección y sabiduría

A veces, en lugar de abrir caminos, Dios cierra puertas. Esto suele pasar cuando intentamos hacer algo que no es parte de su plan, o cuando algo que deseamos no es lo mejor para nosotros, o cuando aún no ha llegado el momento adecuado. Muchas personas se desaniman cuando esto ocurre, pensando que han fracasado o que Dios no les quiere, pero en realidad, cerrar una puerta es también una muestra de su amor y de su sabiduría.

Textos bíblicos que hablan de las puertas cerradas:

• Santiago 4.13-15: «¡Oh vosotros que decís: Hoy o mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y negociaremos, y ganaremos! Cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es niebla que aparece por un poco, y luego se desvanece. En lugar de lo cual debierais decir: Si el Señor quiere, viviremos, y haremos esto o aquello». Este pasaje nos enseña que no debemos confiar solo en nuestros propios planes, sino reconocer que Dios es quien decide qué es lo mejor para nosotros. Si cierra un camino, es porque tiene uno mejor preparado.

• Mateo 7.6: «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, porque no las hollarán bajo sus pies, y volverán y os despedazarán». En este caso, cerrar ciertos caminos o situaciones es una forma de protección: Dios nos guarda de cosas que nos harían daño o que no nos permitirían crecer en la fe y en el bien.

• Hechos 16.6-7: «Y habiendo pasado por Frigia y por la región de Galacia, prohibidos por el Espíritu Santo de hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió». Aquí vemos que los apóstoles querían ir a ciertos lugares para predicar, pero el Espíritu Santo les cerró el camino. No fue un error, sino que Dios tenía otro plan para ellos, y más adelante les abrió las puertas en otros lugares donde su mensaje llegaría con mayor fruto.

Cuando Dios cierra una puerta, nadie puede abrirla. A veces queremos insistir en hacer algo porque creemos que es lo correcto, pero si Dios lo cierra, es porque no es el momento, ni el lugar, ni el camino que Él ha elegido para nosotros. Su decisión siempre es para nuestro bien, aunque no lo entendamos en ese momento.
Lecciones para nuestra vida diaria

La verdad de abrir y cerrar puertas nos enseña varias cosas importantes:

1. Dios tiene el control: No vivimos en un mundo al azar. Todo lo que nos pasa, incluso las decisiones que afectan nuestro futuro, está en sus manos. Esto nos da paz y seguridad, porque sabemos que no estamos solos ni abandonados.

2. La fe significa confiar: Cuando vemos que se cierra una puerta, no debemos desanimarnos ni enojarnos. Al contrario, debemos confiar en que Dios sabe lo que hace, y que tiene un plan mejor para nosotros. Cuando se abre una puerta, debemos agradecerle y caminar con responsabilidad, sabiendo que Él nos acompañará en el camino.

3. Sus caminos son perfectos: Lo que Dios hace siempre es justo y bueno. A veces pensamos que queremos algo más de lo que necesitamos, o que un camino es mejor que otro, pero su sabiduría es mayor que la nuestra. Él sabe lo que es bueno para nuestro presente y para nuestra eternidad.

4. Estamos bajo su protección: Cerrar puertas es una forma de cuidarnos. Nos guarda de caminos que nos harían daño, de decisiones equivocadas y de situaciones que no nos ayudarían a crecer en la fe y en el amor.

El tema de abrir y cerrar puertas nos revela la grandeza de Dios: Él es el Señor de todo, tiene toda la autoridad y actúa con amor y sabiduría en la vida de cada persona. Cuando Él abre una puerta, es una bendición que nadie puede quitar. Cuando Él cierra una puerta, es una protección que nadie puede cambiar.

Nosotros, como creyentes, podemos vivir con la certeza de que, mientras estemos siguiendo su voluntad, sus caminos nos llevarán a la vida, a la bendición y al cumplimiento de sus propósitos. No importa si hoy vemos puertas abiertas o cerradas: lo más importante es saber que estamos en sus manos, y que Él guía nuestros pasos con amor y verdad.

13/05/2026

La confianza en Dios y el de cumplir su obra: Nehemías 2.20

El versículo de Nehemías 2.20 dice: «Entonces les respondí, y les dije: El Dios del cielo, Él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos; porque vosotros no tenéis parte ni derecho, ni memoria en Jerusalén». Estas palabras fueron dichas por Nehemías ante quienes se oponían a la reconstrucción de los muros de Jerusalén, y encierran una de las declaraciones más fuertes y llenas de fe de toda la Biblia. A través de este texto, aprendemos que el verdadero éxito no depende de la fuerza humana, de la aprobación de los demás ni de las dificultades que surgen, sino de la confianza firme en el poder y la voluntad de Dios.

Contexto del pasaje

Para comprender la profundidad de estas palabras, es necesario situarnos en la historia: Nehemías era un funcionario fiel en la corte del rey de Persa, cuando se enteró de que los judíos que habían regresado de la cautividad vivían en gran pobreza y desamparo, y que los muros de Jerusalén —que protegían la ciudad y representaban su identidad y su alianza con Dios— estaban derrumbados y en ruinas. Al recibir el permiso del rey para regresar y llevar a cabo la obra, se encontró con la oposición de enemigos que se burlaban, criticaban y trataban de detenerlo: decían que lo que intentaban hacer era imposible, que no tenían fuerzas y que no valía la pena intentarlo.

Ante estas amenazas y burlas, Nehemías no respondió con ira, ni con argumentos humanos, ni con intentos de convencerlos con razones propias. Por el contrario, su respuesta se basó en dos pilares fundamentales: la certeza de que Dios estaba con ellos y el conocimiento de que la obra que hacían no era suya, sino de Dios.

• «El Dios del cielo, Él nos prosperará»: Nehemías reconoce que el autor de todo bien y de todo éxito no es el ser humano, sino Dios. Al llamarlo «Dios del cielo», expresa su poder sobre todas las cosas, sobre los reinos, sobre las circunstancias y sobre el destino de su pueblo. Esta afirmación es el corazón de su mensaje: sabía que mientras estuvieran haciendo la voluntad de Dios, Él sería quien guiaría, ayudaría y haría que la obra saliera adelante, sin importar los obstáculos. La prosperidad de la que habla no es solo éxito material, sino el cumplimiento del propósito divino, la restauración de lo que estaba perdido y la gloria de Dios manifestada en la vida de su pueblo.

• «Y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos»: Aquí se revela la actitud correcta ante la obra de Dios: la humildad y la obediencia. Nehemías se define como siervo de Dios, lo que significa que sabía que no actuaba por su propia cuenta, sino que cumplía una misión que le había sido encomendada. La frase «nos levantaremos y edificaremos» muestra determinación, coraje y compromiso: a pesar de las dificultades, de las burlas y de la oposición, ellos no se rendirían, sino que se pondrían manos a la obra con firmeza. Nos enseña que la fe no es solo creer en Dios, sino actuar, ponerse en movimiento y trabajar con constancia para cumplir lo que Él ha ordenado.

• «Porque vosotros no tenéis parte ni derecho, ni memoria en Jerusalén»: Esta parte del mensaje resalta la diferencia entre quienes actúan por intereses propios y quienes actúan por la voluntad de Dios. Los enemigos de Nehemías se oponían por envidia, por miedo a perder su poder o por interés personal; no tenían vínculo con el propósito de Dios ni con el bien del pueblo. Nehemías les recuerda que ellos no formaban parte del plan que Dios había preparado, que no tenían ninguna autoridad ni derecho para intervenir en una obra que pertenecía a Dios y a su pueblo. Esto no es una frase de orgullo, sino una afirmación de verdad: cuando hacemos lo que Dios quiere, no necesitamos la aprobación ni el apoyo de quienes no comparten su propósito, porque nuestra fuerza viene de Él.

Lecciones que nos deja este pasaje hoy

Este texto es un recordatorio poderoso para cada uno de nosotros en nuestra vida diaria:

1. La fe se basa en la confianza en Dios: Cuando estamos realizando tareas que tienen que ver con su voluntad —ya sea en nuestra familia, en nuestra iglesia, en nuestro trabajo o en ayudar a otros— no debemos temer a las dificultades ni a la oposición. Dios es quien nos da la fuerza, la sabiduría y el éxito, y Él nunca nos abandonará.

2. La obra de Dios se cumple con compromiso y acción: La fe no es pasividad. Nehemías no se quedó esperando milagros sin hacer nada; se puso al frente, organizó a su pueblo y trabajó junto a ellos. Nos enseña que debemos ser personas que se levanten, que trabajen con esfuerzo y que no se rindan ante los obstáculos.

3. No necesitamos la aprobación de todos: Habrá personas que critiquen, se burlen o se opongan a lo que hacemos por Dios y por el bien de los demás. Cuando nuestra motivación es correcta y estamos siguiendo su camino, no debemos preocuparnos por lo que piensen quienes no tienen parte ni derecho en su obra. Lo que importa es que Dios esté con nosotros y que estemos cumpliendo su voluntad.

4. Reconocer que somos siervos de Dios: Saber que todo lo que hacemos es por Él y para Él nos da humildad y seguridad. No actuamos por nuestro propio mérito, sino porque hemos recibido el privilegio de ser parte de su plan y de colaborar en lo que Él está haciendo en el mundo.

Nehemías 2.20 nos invita a fortalecer nuestra fe y a mantenernos firmes en todo momento. Nos enseña que, cuando tenemos a Dios como nuestro apoyo y nuestra guía, nada ni nadie puede detener lo que Él ha planeado. La obra que llevamos a cabo, por pequeña que parezca, si está basada en su voluntad y hecha con amor y compromiso, será prosperada por Él y tendrá un valor eterno. Que esta frase sea nuestro estímulo: confiemos en el Dios del cielo, seamos sus siervos fieles y trabajemos con alegría y determinación, sabiendo que Él es quien nos da el éxito y quien cumplirá sus propósitos en nosotros y a través de nosotros.

12/05/2026

La responsabilidad ante el bien y el mal: Reflexión sobre 1 Samuel 3.13

El texto de 1 Samuel 3.13 dice: «Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos se han envilecido, y él no los ha estorbado»
Estas palabras, dichas por Dios al joven profeta Samuel para que las transmitiera al sacerdote Elí, nos presentan un mensaje contundente sobre la responsabilidad, la autoridad y las consecuencias de la indiferencia ante el pecado. Lo que parece una sentencia dura es en realidad una enseñanza eterna sobre lo que Dios espera de quienes reciben el privilegio de guiar, educar y cuidar de otros, ya sea en el hogar, en la fe o en la comunidad.

El contexto de la historia

Para comprender la gravedad de este mensaje, es necesario recordar quiénes eran los protagonistas. Elí servía como sumo sacerdote y juez de Israel; ocupaba una posición de gran autoridad espiritual y moral, y tenía la misión de guiar al pueblo en el camino de Dios. Sus hijos, Hofní y Finees, también ejercían funciones sacerdotales, pero se comportaban de manera muy distinta: abusaban de su cargo, se quedaban con lo que correspondía a las ofrendas dedicadas al Señor, actuaban con violencia y llevaban una vida inmoral que deshonraba el lugar sagrado y ofendía a Dios.

Elí conocía perfectamente todo esto. No era una situación oculta ni algo que ignorara; el texto es claro al señalar “por la iniquidad que él sabe”. Aunque en algún momento les llamó la atención, no tomó medidas firmes para detener su maldad, corregirlos o apartarlos de su ministerio. Su amor paternal se convirtió en debilidad, y su deseo de no herirlos o perder su afecto lo llevó a dejar de lado su responsabilidad ante Dios y ante el pueblo. Por eso, la sentencia no recae solo sobre los hijos que pecaron, sino también sobre Elí, por haber permitido que el mal creciera sin ponerle freno.

El significado de las palabras clave

Cada expresión de este versículo nos revela una verdad espiritual importante:

• “Juzgaré su casa para siempre”: En el lenguaje bíblico, la “casa” representa la familia, la descendencia y el linaje. El juicio anunciado no era solo un castigo personal, sino que afectaría a las generaciones futuras, porque las decisiones de los líderes y los padres dejan huella duradera. El privilegio que Dios le había dado a su familia de servirle como sacerdotes se perdería definitivamente, porque el pecado y la falta de corrección habían manchado el propósito divino.

• “Por la iniquidad que él sabe”: Aquí se establece un principio fundamental: la responsabilidad aumenta cuando se tiene conocimiento. Quien sabe lo que está bien y lo que está mal, y tiene la autoridad para actuar, no puede justificarse diciendo que no sabía o que no le correspondía intervenir. La indiferencia ante el mal que conocemos se convierte también en una culpa.

• “Sus hijos se han envilecido, y él no los ha estorbado”: La palabra “envilecer” significa perder el valor, la honra y la dignidad, alejándose de lo que es santo y bueno. El error de Elí no fue solo no haber educado bien a sus hijos, sino que, cuando ya eran adultos y sus acciones causaban daño y ofensa, decidió no ponerles límites ni detenerlos. A menudo pensamos que amar es dejar hacer, pero la Biblia nos enseña que el verdadero amor incluye la corrección y la guía, porque dejar que alguien siga por el camino equivocado es, en el fondo, dejarlo solo ante su propia destrucción.

Lecciones para nuestra vida hoy

Este pasaje no es solo una historia del pasado, sino una advertencia y una guía para cada uno de nosotros:

1. La responsabilidad de los padres y líderes: Quienes tienen autoridad —padres, maestros, pastores o jefes— tienen el deber de guiar con rectitud. No basta con querer bien; es necesario enseñar, poner reglas, corregir cuando es necesario y alejar lo que pueda hacer daño. Elí pensó que con un simple regaño bastaba, pero Dios esperaba de él una acción decidida para proteger la santidad y el bienestar de todos.

2. El amor verdadero corrige: A veces evitamos corregir por miedo a ser rechazados o a causar dolor, pero la Biblia dice que “el que detiene el castigo aborrece a su hijo, mas el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13.24). No corregir es un acto de negligencia que puede tener consecuencias tristes, tanto para quien comete el mal como para quien lo permite.

3. Dios ve y juzga con justicia: Dios no se fija solo en las acciones que todos ven, sino también en lo que sabemos y lo que decidimos hacer o dejar de hacer. Él es justo: castiga el pecado de quienes lo cometen, pero también responsabiliza a quienes teniendo el poder y el deber de evitarlo, deciden callar o mirar hacia otro lado.

4. El cuidado de lo sagrado: Para Elí, lo más importante debía haber sido honrar a Dios y cuidar lo que le pertenecía, más que el bienestar o el cariño de sus hijos. A veces ponemos los afectos, la comodidad o las relaciones humanas por encima de los principios y los mandatos de Dios, y eso es lo que más nos aleja de su bendición.

1 Samuel 3.13 nos invita a examinar nuestro corazón y nuestras acciones. Nos recuerda que no somos espectadores indiferentes ante lo que ocurre a nuestro alrededor, especialmente en nuestra familia y en nuestra comunidad. Dios nos pide que seamos valientes para enseñar lo bueno, para detener lo malo y para guiar a los que están bajo nuestro cuidado por el camino de la verdad y la santidad.

El caso de Elí nos enseña que la omisión también tiene consecuencias, y que el verdadero servicio a Dios y el verdadero amor por los demás se demuestran no solo con palabras bonitas, sino con acciones firmes y llenas de sabiduría, que buscan siempre el bien eterno de las personas y la honra del Señor.

Oremos
Señor Dios, Padre de toda sabiduría y justicia, te acercamos nuestro corazón hoy meditando en tus palabras. Gracias porque tú eres el Dios que ve todo, que conoce nuestras acciones, nuestros pensamientos y también aquello que sabemos y decidimos hacer o dejar de hacer.

Señor, como lo vimos en la historia de Elí, tú nos enseñas que el privilegio de tener autoridad, de guiar, educar o cuidar a otros viene acompañado de una gran responsabilidad. Perdónanos, Señor, por las veces que, por debilidad, por miedo o por amor mal entendido, hemos dejado de corregir lo que está mal, de poner límites o de guiar por el camino correcto a quienes están bajo nuestro cuidado. Perdónanos cuando hemos permitido que el pecado, la mala conducta o las actitudes que te deshonran avancen sin que hayamos dicho nada o sin que hayamos actuado con firmeza y amor.

Te pedimos, Señor, que nos des un corazón como el que tú deseas: un corazón que ponga tu voluntad y tu honra por encima de todo lo demás. Danos la sabiduría para distinguir entre lo bueno y lo malo, el valor para hablar con verdad y la ternura para corregir sin herir, sabiendo que el verdadero amor busca siempre el bien eterno de los demás.

Ayúdanos a ser padres, líderes, amigos y personas responsables, que no nos quedemos de brazos cruzados cuando vemos que algo no está bien. Enséñanos que corregir es proteger, que poner límites es cuidar y que guiar con rectitud es la mejor forma de demostrar nuestro amor por ti y por quienes nos rodean.

No permitas que la indiferencia, la comodidad o el miedo nos hagan caer en el error de Elí, que sabía lo que ocurría pero no hizo nada para detenerlo. Que nuestra casa, nuestra familia y nuestro entorno sean lugares donde tu nombre sea honrado, donde se viva en santidad y donde se enseñe siempre el camino de la verdad.

Te pedimos también por quienes hoy tienen la responsabilidad de guiar a otros: dales tu sabiduría, tu fortaleza y tu corazón compasivo, para que cumplan su misión como tú lo has dispuesto.

Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús, nuestro Señor y Maestro.

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