20/02/2026
Un domingo rezas: “Creo en un solo Dios…”
Otro día escuchas: “Creo en Dios, Padre todopoderoso…”
Y te preguntas: ¿por qué hay dos Credos?
La Iglesia conserva principalmente dos grandes fórmulas de fe: el Credo de los Apóstoles y el Credo Niceno-Constantinopolitano (comúnmente llamado Credo de Nicea).
El Credo de los Apóstoles es el más antiguo en su forma básica. Resume la fe que se transmitía en la Iglesia primitiva y se usaba especialmente en el Bautismo. Es más breve, sencillo y profundamente catequético.
El Credo de Nicea, en cambio, nació en los Concilios de Nicea (año 325) y Constantinopla (381). ¿Por qué? Porque surgieron herejías que negaban la divinidad de Cristo y del Espíritu Santo. La Iglesia respondió definiendo con mayor precisión lo que siempre creyó.
Por eso el Credo de Nicea es más detallado:
“Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero…”
No es repetición poética. Es defensa doctrinal frente al error.
Ambos Credos expresan la misma fe. No se contradicen. Uno es más breve y antiguo en su uso bautismal; el otro es más amplio y solemne, y por eso se reza habitualmente en la Misa dominical.
La Iglesia no cambia la fe. La protege, la formula y la proclama con claridad cuando es necesario.
La próxima vez que reces el Credo, no lo hagas mecánicamente. Estás proclamando verdades por las que muchos dieron su vida.
✝️ Dos fórmulas… una sola fe. Y esa fe es el fundamento que nos sostiene.