26/05/2026
Primera Lectura
1 Pedro 1, 10-16
Hermanos: Los profetas, cuando predijeron la gracia destinada a ustedes, investigaron también profundamente acerca de la salvación de ustedes. Ellos trataron de descubrir en qué tiempo y en qué circunstancias se habrían de verificar las indicaciones que el Espíritu de Cristo, que moraba en ellos, les había revelado sobre los sufrimientos de Cristo y el triunfo glorioso que los seguiría. Pero se les dio a conocer que ellos no verían lo que profetizaban, sino que estaba reservado para nosotros. Todo esto les ha sido anunciado ahora a ustedes, por medio de aquellos que les han predicado el Evangelio con la fuerza del Espíritu Santo, enviado del cielo, y ciertamente es algo que los ángeles anhelan contemplar.
Por eso, viviendo siempre atentos y vigilantes, pongan toda su esperanza en la gracia que les va a traer la manifestación gloriosa de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no vivan conforme a las pasiones que tenían antes, en el tiempo de su ignorancia. Al contrario, así como es santo el que los llamó, sean también ustedes santos en toda su conducta, pues la Escritura dice: Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo.
Meditación
El apóstol Pedro retoma del evangelio de Mateo la indicación de Jesús de buscar por sobre todas las cosas la santidad. Sin embargo, hoy vemos que en nuestro mundo moderno, en el cristianismo del siglo XXI, son pocos los que aspiran y trabajan seriamente para alcanzar la santidad. Nos vamos conformando con ser católicos "del montón", que se contentan sólo con cumplir lo más elemental de la vida cristiana, como es asistir el domingo a misa y, si bien nos va, en comulgar con frecuencia; pero sin dedicarse asiduamente a la oración y a la penitencia que son los principales instrumentos para la santidad. Esto es porque, para que la Palabra de Dios pueda penetrar el corazón, y su luz iluminarlo, es necesario pasar largos, muy largos ratos en oración, dejando que el misterio se haga parte de nuestra vida y, por otro lado, la penitencia que abre la posibilidad a la voluntad de aceptar la Palabra como parte de la vida. Es por ello que sin estos dos elementos de la vida cristiana difícilmente se desarrolla la santidad en nosotros. Es, pues, necesario, como nos los pide hoy el apóstol, que "no nos acomodemos a los deseos que teníamos antes" de haber conocido a Cristo. Nuestra vida pasada debe quedar sepultada en el Evangelio de la vida de modo que nuestras palabras, pensamientos y acciones correspondan a una persona que se conduce conforme al evangelio y no conforme a los deseos mundanos que emergen de nuestra carne pecadora. Si la gente que nos rodea no ve en nosotros este tipo de personas jamás se sentirán invitadas a convertirse a Jesús. Sé santo, esa es tu vocación más profunda.
Oración
Señor Dios y Padre nuestro, que eres fuente de toda bondad y bien, ayúdanos a nosotros, tus hijos, a ser semejantes a ti, viviendo en la fidelidad a tu palabra y en constante justicia, misericorida y solidaridad para con nuestros hermanos.
Acción
El día de hoy obraré en justicia en todas mis relaciones con mis semejantes
Salmo 97
R. Cantemos al Señor un canto nuevo.
Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas. Su diestra y su santo brazo le han dado la victoria. R.
El Señor ha dado a conocer su victoria y ha revelado a las naciones su justicia. Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad hacia Israel. R.
La tierra entera ha contemplado la victoria de nuestro Dios. Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor. R.
Evangelio
Marcos 10, 28-31
En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte".
Jesús le respondió: "Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros".
Reflexión
El Evangelio de hoy nos debe poner a pensar en lo que realmente estamos dispuestos a soltar por seguir a Jesús. Pedro le dice, como quizá lo hayamos hecho alguna vez nosotros: ‘Señor, nosotros ya lo dejamos todo por ti’. Como diciéndole: ‘bueno, entonces a nosotros ¿de a cómo nos toca?
Y es una reacción naturalmente humana, como queriendo asegurar o asegurarnos que el sacrificio que hemos hecho por Jesús ha valido la pena y queremos que alguien lo reconozca. Jesús le responde con una promesa muy fuerte: Nadie que deje casa, familia o bienes por su causa se quedará con las manos vacías.
Nos dice incluso que recibiremos cien veces más ya desde ahora, aunque también menciona que vendrán con persecuciones. Esto nos debería de aterrizar mucho porque nos recuerda que seguir a Jesús no es un negocio para que todo nos salga perfecto: te doy y me das y que todo, además de todo, será sencillo, sino que es una inversión de vida donde la ganancia es más que todo la paz.
No siempre como nosotros lo entendemos o como estamos acostumbrados; incluso esa ganancia de paz es posible que a veces ni la lleguemos a ver. A veces nos da miedo perder tiempo, perder nuestro dinero o nuestra comodidad por vivir nuestra fe o por ayudar a otros, pero Jesús nos asegura que lo que demos por Él regresará multiplicado en formas que ni siquiera lo imaginamos.
No se trata de quedarnos sin nada, sino de no estar amarrados a nada para que Dios pueda llenarnos de lo que verdaderamente importa. Hay que aprender a tener sin retener; un día lo tienes y otro día quizás no, y que eso no te quite la paz, ni más ni menos, solo lo que necesitamos.
Sobre este tema del desprendimiento San Francisco de Asís decía, recuerda que cuando dejes este mundo, no te llevarás nada de lo que has recibido, solo lo que has dado. Él entendió que la verdadera riqueza no es la que acumulamos para nosotros, sino lo que somos capaces de soltar por amor por los demás.
La invitación de hoy es a confiar en que Dios es la mejor recompensa y que nunca te va a pedir algo sin darte muchísimo más a cambio. Dios no se deja ganar en generosidad y Él sabe perfectamente cómo recompensarnos y reconocernos ahí en donde nadie nos ve, en lo más íntimo de nuestro corazón.