21/05/2026
“No lo acepté…
me resigné.”
Y hay una gran diferencia entre ambas.
Porque resignarse no siempre significa haber sanado.
A veces solo significa que te cansaste de esperar.
Te cansaste de orar por lo mismo,
de creer por lo mismo,
de insistir por aquello que nunca cambió.
Y poco a poco comenzaste a convencerte de algo peligroso:
“Dios ya no lo hará.”
“Eso no es para mí.”
“Tal vez nunca pase.”
No lo aceptaste con paz…
te resignaste con tristeza.
Y sin darte cuenta, dejaste de esperar.
Dejaste de creer.
Dejaste de pedir.
Porque la decepción comenzó a hablar más fuerte que tu fe.
Pero hoy quiero recordarte algo:
Dios no necesita que tus fuerzas estén intactas para seguir obrando.
Y aunque el cansancio haya apagado tu expectativa,
eso no significa que Dios haya olvidado tu oración.
✨ Ten cuidado con la resignación disfrazada de madurez.
Porque a veces no es paz…
es una esperanza herida.
“¿Por qué voy a inquietarme?
¿Por qué me voy a angustiar?
En Dios pondré mi esperanza,
y todavía lo alabaré.
¡Él es mi Salvador y mi Dios!”
Salmos 42:11