26/12/2019
En mi casa desde pequeño siempre hubo gente, a todas horas en todo momento y cualquier día, no se si por que mis papas eran muy populares o por que a las demás personas les gustaba sentir el calor del hogar y familiar, creo que era la segunda, pero yo de niño y adolescente no lo entendía, me quejaba con mis padres de porque siempre había gente en la casa y por que teníamos que recibirlos, si en ese relucía mi corazón egotista, cruel y poco interesado en los demás.
Cuando era adolescente mis papas tuvieron que irse fuera de la ciudad, yo no quise irme con ellos porque estaba estudiando mi preparatoria y eso implicaba abandonarla, por esas circunstancias yo me quede viviendo en la ciudad sin saber a lo que me enfrentaría. Una de las primeras cosas que aprendí es que no me gustaba comer solo, detesto comer en la soledad, extrañaba a esas grandes sesiones previas a la comida donde las personas se reían en casa, discutían de algún tema religioso o político o veíamos un partido de futbol. La realidad es que extrañaba todo ese calor, comprensión y atención que una familia puede dar, extrañaba a mi familia o alguien que me dejara entrar a su casa a sentir y experimentar el calor de familia.
Ahora se que Jesús y su comunidad son ese regalo tan increíble que nos puede dar, solo por medio de Jesús podemos ser capaces de experimentar tal calor y atención por parte de otros.
Ahora nuevamente estoy con mi familia vivimos 4 personas en un departamento pequeño y humilde, donde los espacios están reducidos y donde los centímetros libres son contados, ahí tenemos en un arbolito de no mas de 30 cm, colocado en una esquina donde no estorba ni ocupa mucho espacio, un rincón que al parecer no fuera tan importante, pero que en diciembre recobra vida y emoción.
Ese rincón se vuelve especial, ya que nos recuerda la navidad, el tiempo que nos anuncia su llegada y su amor a través de un niño que daría su vida por nosotros y que cuando fuere hombre con su muerte nos daría salvación y perdón.
La navidad no se trata de la casa gigante que quieres tener, o los grandes regalos que quieras dar, tampoco de la cena gigante que quieres preparar. Si hay algo grande que debería estar en juego en esta época es tu corazón, un corazón receptivo no solo al niño encarnado si no al hijo de Dios crucificado y resucitado. Se trata de que hoy puedes abrir tu corazón para que otros experimenten el calor de Jesús, no importa el tamaño de la casa lo que importa es que abramos un lugar en la mesa, así como lo hizo el señor Jesucristo con todos nosotros.
Forasteros, Feliz navidad y que en este tiempo llevemos a mas personas a sentarse a la mesa con Jesús.
Atte: Jonathan Orosco Medina