27/05/2026
Cristo sigue en la barca...
Vivimos tiempos que pesan en el corazón. Basta mirar alrededor para descubrir cuánta incertidumbre atraviesa nuestro mundo, cuántas heridas cargan las personas, cuánta preocupación llevamos dentro y cuánto cansancio se va acumulando en el alma. Son días en los que con facilidad podemos sentirnos confundidos, preocupados o incluso desanimados. También dentro de la Iglesia vivimos momentos que duelen profundamente. Escuchamos tantas opiniones, tantas críticas, tantos juicios, y a veces el corazón puede cansarse al ver heridas que permanecen abiertas y situaciones que nos hacen sufrir profundamente como creyentes.
Sin embargo, en medio de todo esto conviene volver a mirar con profundidad aquello que muchas veces olvidamos: Cristo sigue presente. Él continúa sosteniendo a su Iglesia, continúa caminando con su pueblo y continúa actuando incluso allí donde nosotros no alcanzamos a comprender lo que está sucediendo. La historia de la Iglesia nunca ha sido un camino sin luchas. Desde el comienzo estuvo marcada por la fragilidad humana. El mismo Señor quiso confiar su obra a hombres pobres y limitados. Los apóstoles conocieron de cerca el amor de Jesús, escucharon su voz y contemplaron sus milagros, y aun así también conocieron el miedo, la debilidad y la caída. La fragilidad humana nunca sorprendió a Dios. Él conoce bien nuestro barro, nuestra pequeñez y nuestras contradicciones, y aun así continúa llamándonos y continúa obrando.
A lo largo de la historia han existido momentos muy difíciles, tiempos de oscuridad, divisiones profundas y heridas reales dentro de la Iglesia. Y en cada época Dios ha seguido levantando almas generosas que han vivido el Evangelio con radicalidad y sencillez. Los santos siempre han sido un recordatorio de que la santidad es posible y de que el amor de Dios sigue dando fruto incluso en medio de grandes dificultades. San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Calcuta y tantos otros no vivieron tiempos fáciles. También ellos conocieron el peso de la historia que les tocó vivir, pero dejaron que Dios los transformara profundamente y desde esa fidelidad ofrecieron luz, paz y esperanza a quienes estaban a su alrededor.
Tal vez eso sigue siendo esencial para nosotros hoy. No podemos quedarnos solamente observando los problemas desde lejos ni desgastarnos únicamente en comentarios y preocupaciones que terminan llenando de ruido el corazón. La verdadera renovación comienza cuando dejamos que Dios trabaje en nuestra propia vida. Cuando volvemos a la oración con sinceridad. Cuando aprendemos a guardar silencio interior. Cuando revisamos el corazón con humildad. Cuando buscamos amar mejor a quienes tenemos cerca. Cuando ofrecemos paciencia donde cuesta más. Cuando elegimos perdonar. Cuando somos capaces de sembrar paz en nuestros ambientes cotidianos. La santidad siempre empieza así, en lo concreto de cada día, en la fidelidad escondida, en el esfuerzo humilde de volver una y otra vez al Señor.
Cuánto bien hace recordar aquella escena del Evangelio cuando la tormenta sacudía la barca y los discípulos llenos de miedo despertaron al Señor diciendo: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. Esa escena se parece muchas veces a nuestra propia vida. También nosotros conocemos el miedo, también sentimos incertidumbre, también nos cansamos y a veces no entendemos lo que Dios permite. Pero Jesús estaba en la barca. Y sigue estando hoy. Sigue presente aun cuando el corazón no siente nada. Sigue cerca aun cuando las respuestas no llegan de inmediato. Sigue sosteniendo con paciencia nuestra vida y la historia de su Iglesia.
Por eso vale la pena volver a confiar. Vale la pena permanecer. Vale la pena cuidar la paz interior. Vale la pena seguir creyendo incluso cuando no entendemos todo. Vale la pena continuar caminando con sencillez y humildad. Dios no deja de actuar en medio de nuestras luchas. Él sigue fortaleciendo a quienes se acercan con corazón sincero. Sigue sosteniendo a quienes sienten debilidad. Sigue levantando a quienes han caído. Sigue sembrando esperanza en medio de la noche.
Tal vez el Señor nos está pidiendo en este momento una fe más sencilla y más profunda. Una fe que no dependa de sentirlo todo claro. Una fe que permanezca firme aun en medio de preguntas. Una fe que se traduzca en amor concreto, en paciencia diaria, en caridad verdadera y en la decisión de caminar con Él cada día.
El mundo necesita esperanza verdadera. Necesita personas que vivan con paz en el corazón, que sepan escuchar, que sepan amar con generosidad, que sostengan a otros con la oración y que recuerden con su vida que Dios sigue presente y sigue siendo fiel.
Cristo permanece.
Y quien continúa caminando con Él, aun con el corazón cansado y en medio de muchas preguntas, descubre poco a poco que la gracia de Dios nunca abandona y que incluso en los momentos más difíciles Él sigue guiando nuestros pasos con una ternura silenciosa que sostiene, fortalece y conduce hacia la paz.