29/05/2026
Reflexión del evangelio de hoy
Entre la higuera que no tenía fruto y el lío que se arma en el templo, Jesús nos deja una lección fuerte sobre lo que significa dar resultados reales en nuestra vida de fe. No se trata de parecer buenos, sino que hay que serlo; para Dios, a diferencia de nosotros, no son tan importantes las apariencias.
La higuera tenía hojas, se veía viva, pero por dentro no tenía nada que ofrecer. Igual que el templo, por fuera era imponente, pero por dentro se había vuelto un negocio, una cueva de ladrones como dice; palabras fuertes pero reales.
Jesús nos advierte que una fe que no da frutos de amor, de justicia y de servicio se termina secando, nos enseña que el culto que a Él le gusta no es el de los ritos vacíos, sino el que nace de un corazón que de verdad busca a Dios y respeta a los demás.
El Evangelio de hoy nos invita a revisar si nuestra vida espiritual es nada más de apariencia: ir a Misa por obligación, decir que somos católicos solo porque nos bautizaron o porque vamos a un grupo parroquial, o si de verdad tenemos frutos que ofrecer: ayudar al que más lo necesita, ser honrados, congruentes, sabemos perdonar y si sabemos servir.
San Alberto Hurtado, un sacerdote jesuita quien fue un defensor de la clase trabajadora, reconocido por su gran labor, decía el cristiano no es el que solamente hace cosas buenas, sino el que hace de toda su vida una cosa buena. Él entendió que no se trata de dar limosna o ayudar de vez en cuando, o rezar un rosario a la carrera, sino de que toda nuestra existencia debe de ser un fruto que alimente a todos los que tenemos alrededor.
La invitación de Jesús es a limpiar nuestro propio templo interno de todo lo que le estorba, a cuidar y abonar la tierra en donde tenemos sembrada nuestra vida espiritual, para que nuestra oración tenga la fuerza necesaria y que dé fruto.
Si quieres que la montaña se mueva, primero hay que tener fe; cuando pidamos, hay que acordarnos también antes de que hay que perdonar y confiar ciegamente en que Dios nos escucha y que toma en cuenta el arrepentimiento de nuestro corazón y no solo de labios para afuera.
Esta reflexión del Evangelio fue escrita por:
Juan Lara, miembro de Vivir en Cristo.