12/04/2026
Domingo de la Divina Misericordia: “Jesús, en Ti confío”
"Les mostró las manos y el costado… y les dijo: La paz con ustedes" (Jn 20,20-21)
Puertas cerradas. Corazones escondidos. Culpa que pesa más que el miedo. Los discípulos no solo se encierran por fuera… también por dentro. Y en ese lugar donde nadie quiere entrar, Jesús se hace presente. No golpea. No reclama. Se pone en medio… con las llagas abiertas.
Hoy celebramos el Domingo de la Divina Misericordia, y el Evangelio nos revela algo decisivo: la misericordia no es una idea, es una persona herida de amor que viene a buscarte.
Jesús resucitado no vuelve impecable y lejano. Vuelve con sus llagas. No las oculta, no las borra. Las muestra. Porque ahora son fuente. De su costado abierto brota una gracia que no se agota, un perdón que no se cansa, un amor que no se retira… aunque tú hayas fallado.
Tomás representa esa parte de nosotros que ya no quiere creer en palabras. Que necesita algo real. Que está cansada de promesas. Y Jesús no lo rechaza. Vuelve por él. Se acerca a su herida concreta y le dice: “ven… toca”. Como si dijera: no tengas miedo de entrar en mi misericordia con todo lo que eres.
Porque la misericordia no espera que estés bien. Te alcanza cuando estás roto. No es premio para los fuertes. Es refugio para los que ya no pueden solos.
Y cuando Tomás toca… no solo ve a Jesús. Se deja amar. Y entonces nace la fe verdadera: “Señor mío y Dios mío”.
Hoy, en este Domingo de la Divina Misericordia, tal vez tú también estás con puertas cerradas. Hay cosas que no dices, heridas que no sanan, pecados que repites y que te hacen sentir indigno. Sigues… pero por dentro te has alejado.
Y sin embargo, Jesús entra igual. Hoy. En tu historia concreta. Y no viene a reprocharte. Viene a mostrarte sus llagas y decirte: “Aquí hay lugar para ti… incluso así”.
Hoy la Iglesia te abre una fuente. No para que la mires… sino para que entres. Tal vez el paso es claro: volver a confesarte, acercarte a la Eucaristía con verdad, dejar de huir, dejar de justificarte, dejarte encontrar.
Y decir —aunque te cueste—: “Jesús, en Ti confío”. No porque todo esté bien, sino porque Él es más grande que todo lo que no está bien en ti.
¿De qué me estoy escondiendo… que no he dejado que la misericordia toque?
¿Qué parte de mi vida creo que ya no tiene solución… ni siquiera para Dios?
¿Me atrevo hoy a confiar… más que en mi culpa?
Podemos celebrar el Domingo de la Divina Misericordia, rezar y emocionarnos… pero si no damos el paso de dejarnos perdonar de verdad, seguimos fuera de la fuente. Podemos repetir “Jesús, en Ti confío”… pero si no soltamos el control y la culpa, no hemos entrado en su amor.
Hoy el corazón de Cristo está abierto para ti. No simbólicamente… realmente. Y de ese costado sigue brotando una misericordia infinita que no se cansa de esperarte.
No te quedes lejos. No te escondas más. Entra.
Y deja que ese Amor haga en ti lo que tú no has podido.
Jesús, en Ti confío… y me abandono en tu misericordia que siempre me alcanza.
💭 Preguntas para el Corazón
— ¿Qué me impide creer que Dios puede perdonarme de verdad?
— ¿Estoy dispuesto a dejarme amar… incluso en mi fragilidad?
— ¿Qué paso concreto voy a dar hoy para acercarme a esta fuente?
🙏 Oración
Señor, ten misericordia de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Misericordia de Dios, que brota del seno del Padre,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, revelada en Jesucristo,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, que brota de las llagas de Cristo,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, más fuerte que el pecado,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, insondable e inagotable,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, que nos busca sin cansarse,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, refugio de los pecadores,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, esperanza de los desesperados,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, paz de los corazones inquietos,
en Ti confío.
Misericordia de Dios, fuente de vida y santidad,
en Ti confío.