13/12/2020
¿POR QUÉ NECESITAMOS A JESUCRISTO?
Hace tiempo, una persona que ha sido miembro de la Iglesia por muchos años me preguntó: “¿Por qué necesito a Jesucristo? Guardo los mandamientos; soy buena persona. ¿Por qué necesito un Salvador?”. Debo decir que la incapacidad de ese miembro para comprender esta parte tan fundamental de nuestra doctrina, este elemento primordial del Plan de Salvación, me dejó sin habla.
“Pues, para empezar”, le contesté, “tenemos el problemita de la muerte. Imagino que no quiere que la muerte sea su estado definitivo, y sin Jesucristo no habría resurrección”.
Hablé de otras cosas, como la necesidad que hasta las mejores personas tienen de ser perdonadas y purificadas, algo que solo es posible por medio de la gracia expiatoria del Salvador.
Sin embargo, en otro sentido, la pregunta podría ser: “¿No puede Dios hacer lo que quiera y salvarnos tan solo porque nos ama, sin necesidad de que haya un Salvador?”. Dicho así, bastantes personas se harían actualmente esa pregunta, pues creen en Dios y en una existencia posterrenal, pero suponen que debido a que Él nos ama, no importa demasiado lo que hagamos ni lo que dejemos de hacer; Él simplemente se encarga de todo.
Esta filosofía tiene raíces antiguas. Por ejemplo, Nehor “testificaba al pueblo que todo el género humano se salvaría en el postrer día, y que no tenían por qué temer ni temblar, sino que podían levantar la cabeza y regocijarse; porque el Señor había creado a todos los hombres, y también los había redimido a todos; y al fin todos los hombres tendrían vida eterna” (Alma 1:4).
Reconocemos que la doctrina de Nehor se hace eco del enfoque que sobre la salvación tenía Lucifer, un “hijo de la mañana” y, sin duda, el más trágico de los personajes trágicos que jamás hayan existido (Isaías 14:12; véase también Doctrina y Convenios 76:25–27). Tal y como Dios lo explicó en cierta ocasión, Lucifer “es el mismo que existió desde el principio; y vino ante mí, diciendo: Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.
“Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:1–2).
No era simplemente un caso en el que Jesús apoyaba el plan del Padre y Lucifer proponía una leve modificación. La propuesta de este habría destruido el plan al eliminar la posibilidad de actuar con independencia. El plan de Lucifer se basaba en la coerción, haciendo que todos los hijos y las hijas de Dios —todos nosotros— fuésemos, en esencia, sus marionetas. El Padre lo resumió así:
“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y que también le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito;
“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4; cursiva agregada).
En cambio, hacerlo a la manera del Padre nos brinda una experiencia terrenal esencial. Por “experiencia terrenal” me refiero a escoger nuestro curso, a “[probar] lo amargo para saber apreciar lo bueno” (Moisés 6:55); a aprender, arrepentirnos y crecer; a convertirnos en seres capaces de actuar por nosotros mismos en vez de que “se actúe sobre” nosotros (2 Nefi 2:13); y, en definitiva, a vencer el mal y demostrar nuestro deseo y capacidad de vivir una ley celestial.
Eso requiere que tengamos un conocimiento del bien y del mal, junto con la capacidad y la oportunidad de escoger entre ambos, lo cual también precisa que seamos responsables de las decisiones que tomemos; de no ser así, no serían verdaderas decisiones. A su vez, la capacidad de elegir requiere una ley o resultados predecibles. Debemos ser capaces de provocar un resultado concreto mediante una acción o elección concreta; y la elección opuesta debe originar el resultado opuesto. Si las acciones no tienen consecuencias fijas, entonces no tenemos control sobre los resultados y no tiene sentido escoger.
LA LEY Y LA JUSTICIA
Valiéndose de la justicia como sinónimo de la ley, Alma afirma: “Pero la obra de la justicia [es decir, el funcionamiento de la ley] no [puede] ser destruida; de ser así, Dios dejaría de ser Dios” (Alma 42:13). Es Su perfecto entendimiento y uso de la ley, es decir, Su justicia, lo que da a Dios Su poder. Necesitamos la justicia de Dios, un sistema de leyes fijas e inmutables que Él mismo cumple y utiliza para que podamos tener albedrío y ejercerlo2. Esta justicia es el cimiento de nuestra libertad para actuar y la única senda que conduce a la felicidad definitiva.
El Señor nos dice: “… lo que la ley gobierna, también preserva, y por ella es perfeccionado y santificado” (Doctrina y Convenios 88:34). Pero debemos admitir que ninguno de nosotros se gobierna por la ley en todo momento; y en realidad no podemos acudir a la ley, o a la justicia, para protegernos y perfeccionarnos cuando la hemos quebrantado (véase 2 Nefi 2:5). Así pues, siendo justo y a la vez movido por el amor, nuestro Padre Celestial creó la misericordia; y lo hizo al ofrecer a Su Hijo Unigénito como propiciación por nuestro pecado, un Ser que podría, con Su expiación, satisfacer la justicia por nosotros, poniéndonos a bien con la ley a fin de que, una vez más, nos apoye y proteja, en vez de condenarnos. Alma lo explica así:
“Ahora bien, no se podría realizar el plan de la misericordia salvo que se efectuase una expiación; por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también […].
“Mas se ha dado una ley, y se ha fijado un castigo, y se ha concedido un arrepentimiento, el cual la misericordia reclama; de otro modo, la justicia reclama al ser humano y ejecuta la ley, y la ley impone el castigo; pues de no ser así, las obras de la justicia serían destruidas, y Dios dejaría de ser Dios.
“Mas Dios no cesa de ser Dios, y la misericordia reclama al que se arrepiente; y la misericordia viene a causa de la expiación” (Alma 42:15, 22–23).
Los que se arrepienten, claro está, son aquellos que asumen la responsabilidad y aceptan Su misericordia para arrepentirse3. O, en otras palabras, arrepentirnos es lo que hacemos a fin de reclamar el benévolo don del perdón que nos brinda un Padre Celestial justo, porque Su Amado Hijo expió nuestros pecados..
(D. Todd Christofferson, De un discurso del devocional “A Message at Christmas” [“Un mensaje en Navidad”] de la Universidad Brigham Young, realizado el 12 de diciembre de 2017.)