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Quizá a veces juzgamos rápidamente a las personas, lo cual puede cambiar o redefinir nuestra relación con ellas. Con fre...
28/12/2020

Quizá a veces juzgamos rápidamente a las personas, lo cual puede cambiar o redefinir nuestra relación con ellas. Con frecuencia se emiten juicios incorrectos porque contamos con información limitada o porque no vemos más allá de lo que está inmediatamente frente a nosotros.

Como ejemplo, a menudo se cuenta la historia de la ocasión en que Jesús visitó la casa de María y de Marta, que vivían en Betania con su hermano Lázaro. Era un lugar grato para el Maestro, donde podía descansar y disfrutar del entorno de un hogar recto. Durante una de Sus visitas, Marta estaba ocupada preparando la comida y María decidió sentarse a los pies del Maestro para ser instruida por Él.

“Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres; y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola?

“Pero respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas.

“Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.

Se han dado muchas lecciones dominicales haciendo uso de este relato que muestra a Marta en una condición menor en cuanto a su fe. Pero hay otro relato de esta gran mujer, Marta, que nos da una perspectiva más profunda de su comprensión y su testimonio. Ocurrió cuando el Salvador llegó para resucitar a su hermano Lázaro de entre los mu***os. En esta ocasión fue Marta quien acudió a Jesús “cuando oyó” que Él venía. Al encontrarse con Él, le dijo que “sabía” que “todo lo que le [pidiera] a Dios, Dios [se] lo [daría]”.

Cristo entonces compartió con Marta la gran doctrina de la resurrección diciendo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté mu**to, vivirá.

“Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?”.

Ella respondió con su fuerte testimonio: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”.

¿Cuántas veces, incorrectamente, hemos juzgado a Marta como una persona que se preocupaba más por los deberes que por el Espíritu? Sin embargo, su testimonio durante la prueba de la muerte de su hermano muestra claramente la profundidad de su entendimiento y de su fe.

Más de una hermana ha escuchado el primer relato y se ha preguntado si es una María o una Marta, pero la verdad radica en conocer a la persona y en ejercer buen discernimiento. Al aprender más en cuanto a Marta, nos damos cuenta de que en realidad era una persona de carácter profundamente espiritual, que tenía un testimonio audaz y osado de la misión del Salvador y de Su poder divino sobre la vida. El juzgar incorrectamente a Marta quizá nos haya llevado a no conocer la verdadera naturaleza de esta maravillosa mujer.

(Gregory A. Schwitzer, "Cultivar el buen discernimiento y no juzgar a los demás" Abril de 2010)

28/12/2020
¡Felices fiestas!
24/12/2020

¡Felices fiestas!

Moroni 10:3. “CUADO LEÁIS ESTAS COSAS”El élder Gene R. Cook, mientras servía en calidad de Setenta, discursó sobre la im...
20/12/2020

Moroni 10:3. “CUADO LEÁIS ESTAS COSAS”

El élder Gene R. Cook, mientras servía en calidad de Setenta, discursó sobre la importancia de meditar sobre la misericordia de Dios como medio por el cual lograr más fe y humildad:

“Las últimas seis palabras de [Moroni 10:3] ofrecen una importante amonestación: ‘…que lo meditéis en vuestros corazones’. ¿Cuál es el antecedente de ‘lo’, es decir, qué es lo que tenemos que meditar? Es ‘cuán misericordioso ha sido el Señor con los hijos de los hombres, desde la creación de Adán hasta el tiempo en que recibáis estas cosas’. Debemos recordar cuán amoroso, cuán previsor, cuán bueno, cuán dispuesto a perdonar ha sido con nosotros el Padre Celestial.

“¿Qué suele suceder cuando empezamos a meditar lo misericordioso que el Señor ha sido con la humanidad? ¿O con nosotros mismos? ¿Qué pasa cuando contamos nuestras bendiciones, o tal vez nuestros pecados por los que debemos pedirle perdón, y reconocemos Su mano en nuestra propia vida? ¿Acaso no es cierto que volcamos el corazón al Señor con amor y gratitud? ¿Aumentan así la fe y la humildad que tenemos? Sí, y a mi juicio, ése es el impacto del versículo 3; seguir el consejo que allí se encuentra nos ayuda a tornarnos más humildes, más dispuestos y prestos a recibir con la mente abierta información y conocimiento nuevos” (“Moroni’s Promise”, Ensign, abril de 1994, pág. 12).

¿POR QUÉ NECESITAMOS A JESUCRISTO?Hace tiempo, una persona que ha sido miembro de la Iglesia por muchos años me preguntó...
13/12/2020

¿POR QUÉ NECESITAMOS A JESUCRISTO?

Hace tiempo, una persona que ha sido miembro de la Iglesia por muchos años me preguntó: “¿Por qué necesito a Jesucristo? Guardo los mandamientos; soy buena persona. ¿Por qué necesito un Salvador?”. Debo decir que la incapacidad de ese miembro para comprender esta parte tan fundamental de nuestra doctrina, este elemento primordial del Plan de Salvación, me dejó sin habla.

“Pues, para empezar”, le contesté, “tenemos el problemita de la muerte. Imagino que no quiere que la muerte sea su estado definitivo, y sin Jesucristo no habría resurrección”.

Hablé de otras cosas, como la necesidad que hasta las mejores personas tienen de ser perdonadas y purificadas, algo que solo es posible por medio de la gracia expiatoria del Salvador.

Sin embargo, en otro sentido, la pregunta podría ser: “¿No puede Dios hacer lo que quiera y salvarnos tan solo porque nos ama, sin necesidad de que haya un Salvador?”. Dicho así, bastantes personas se harían actualmente esa pregunta, pues creen en Dios y en una existencia posterrenal, pero suponen que debido a que Él nos ama, no importa demasiado lo que hagamos ni lo que dejemos de hacer; Él simplemente se encarga de todo.

Esta filosofía tiene raíces antiguas. Por ejemplo, Nehor “testificaba al pueblo que todo el género humano se salvaría en el postrer día, y que no tenían por qué temer ni temblar, sino que podían levantar la cabeza y regocijarse; porque el Señor había creado a todos los hombres, y también los había redimido a todos; y al fin todos los hombres tendrían vida eterna” (Alma 1:4).

Reconocemos que la doctrina de Nehor se hace eco del enfoque que sobre la salvación tenía Lucifer, un “hijo de la mañana” y, sin duda, el más trágico de los personajes trágicos que jamás hayan existido (Isaías 14:12; véase también Doctrina y Convenios 76:25–27). Tal y como Dios lo explicó en cierta ocasión, Lucifer “es el mismo que existió desde el principio; y vino ante mí, diciendo: Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y redimiré a todo el género humano, de modo que no se perderá ni una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra.

“Pero, he aquí, mi Hijo Amado, que fue mi Amado y mi Escogido desde el principio, me dijo: Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre” (Moisés 4:1–2).

No era simplemente un caso en el que Jesús apoyaba el plan del Padre y Lucifer proponía una leve modificación. La propuesta de este habría destruido el plan al eliminar la posibilidad de actuar con independencia. El plan de Lucifer se basaba en la coerción, haciendo que todos los hijos y las hijas de Dios —todos nosotros— fuésemos, en esencia, sus marionetas. El Padre lo resumió así:

“Pues, por motivo de que Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado, y que también le diera mi propio poder, hice que fuese echado abajo por el poder de mi Unigénito;

“y llegó a ser Satanás, sí, el diablo, el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él, sí, a cuantos no quieran escuchar mi voz” (Moisés 4:3–4; cursiva agregada).

En cambio, hacerlo a la manera del Padre nos brinda una experiencia terrenal esencial. Por “experiencia terrenal” me refiero a escoger nuestro curso, a “[probar] lo amargo para saber apreciar lo bueno” (Moisés 6:55); a aprender, arrepentirnos y crecer; a convertirnos en seres capaces de actuar por nosotros mismos en vez de que “se actúe sobre” nosotros (2 Nefi 2:13); y, en definitiva, a vencer el mal y demostrar nuestro deseo y capacidad de vivir una ley celestial.

Eso requiere que tengamos un conocimiento del bien y del mal, junto con la capacidad y la oportunidad de escoger entre ambos, lo cual también precisa que seamos responsables de las decisiones que tomemos; de no ser así, no serían verdaderas decisiones. A su vez, la capacidad de elegir requiere una ley o resultados predecibles. Debemos ser capaces de provocar un resultado concreto mediante una acción o elección concreta; y la elección opuesta debe originar el resultado opuesto. Si las acciones no tienen consecuencias fijas, entonces no tenemos control sobre los resultados y no tiene sentido escoger.

LA LEY Y LA JUSTICIA

Valiéndose de la justicia como sinónimo de la ley, Alma afirma: “Pero la obra de la justicia [es decir, el funcionamiento de la ley] no [puede] ser destruida; de ser así, Dios dejaría de ser Dios” (Alma 42:13). Es Su perfecto entendimiento y uso de la ley, es decir, Su justicia, lo que da a Dios Su poder. Necesitamos la justicia de Dios, un sistema de leyes fijas e inmutables que Él mismo cumple y utiliza para que podamos tener albedrío y ejercerlo2. Esta justicia es el cimiento de nuestra libertad para actuar y la única senda que conduce a la felicidad definitiva.
El Señor nos dice: “… lo que la ley gobierna, también preserva, y por ella es perfeccionado y santificado” (Doctrina y Convenios 88:34). Pero debemos admitir que ninguno de nosotros se gobierna por la ley en todo momento; y en realidad no podemos acudir a la ley, o a la justicia, para protegernos y perfeccionarnos cuando la hemos quebrantado (véase 2 Nefi 2:5). Así pues, siendo justo y a la vez movido por el amor, nuestro Padre Celestial creó la misericordia; y lo hizo al ofrecer a Su Hijo Unigénito como propiciación por nuestro pecado, un Ser que podría, con Su expiación, satisfacer la justicia por nosotros, poniéndonos a bien con la ley a fin de que, una vez más, nos apoye y proteja, en vez de condenarnos. Alma lo explica así:
“Ahora bien, no se podría realizar el plan de la misericordia salvo que se efectuase una expiación; por tanto, Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios perfecto, justo y misericordioso también […].
“Mas se ha dado una ley, y se ha fijado un castigo, y se ha concedido un arrepentimiento, el cual la misericordia reclama; de otro modo, la justicia reclama al ser humano y ejecuta la ley, y la ley impone el castigo; pues de no ser así, las obras de la justicia serían destruidas, y Dios dejaría de ser Dios.
“Mas Dios no cesa de ser Dios, y la misericordia reclama al que se arrepiente; y la misericordia viene a causa de la expiación” (Alma 42:15, 22–23).
Los que se arrepienten, claro está, son aquellos que asumen la responsabilidad y aceptan Su misericordia para arrepentirse3. O, en otras palabras, arrepentirnos es lo que hacemos a fin de reclamar el benévolo don del perdón que nos brinda un Padre Celestial justo, porque Su Amado Hijo expió nuestros pecados..

(D. Todd Christofferson, De un discurso del devocional “A Message at Christmas” [“Un mensaje en Navidad”] de la Universidad Brigham Young, realizado el 12 de diciembre de 2017.)

El presidente Russell M. Nelson enseñó con amor: “Al escoger arrepentirnos, ¡escogemos cambiar! Permitimos que el Salvad...
04/12/2020

El presidente Russell M. Nelson enseñó con amor:

“Al escoger arrepentirnos, ¡escogemos cambiar! Permitimos que el Salvador nos transforme en la mejor versión de nosotros. Escogemos crecer espiritualmente y recibir gozo; el gozo de la redención en Él. Al escoger arrepentirnos, escogemos llegar a ser más semejantes a Jesucristo”

¡Cristo vive!
03/12/2020

¡Cristo vive!

Nadia Khristean, una talentosa joven compositora y artista que crea ""música para causas"", canta una apasionada interpretación de ""Yo sé que vive mi Señor"...

"Mientras leía los comentarios de una de mis publicaciones recientes, me sorprendió la cantidad de personas que expresar...
03/11/2020

"Mientras leía los comentarios de una de mis publicaciones recientes, me sorprendió la cantidad de personas que expresaron gratitud por poder sentir el toque del Maestro Sanador, Jesucristo, en nuestras vidas. Me conmovió ver cuántos de nosotros nos vemos afectados por enfermedades y desafíos físicos, espirituales y emocionales.

En este momento difícil, hay tantas cosas de las que necesitamos que el Salvador nos sane, incluidas la soledad y la mala salud. Aprecié lo que dijo la hermana Cristina B. Franco en la conferencia general: “A medida que venimos a Jesucristo al ejercer fe en Él, arrepentirnos y hacer convenios y guardarlos, nuestro quebrantamiento, cualquiera que sea su causa, puede sanar. Este proceso, que invita al poder sanador del Salvador a nuestras vidas, no solo nos restaura a lo que éramos antes, sino que nos hace mejores que nunca ".

Queridos amigos, acudan al Maestro Sanador. Testifico que Él puede restaurarnos; Él puede sanarnos. Y a través de este proceso, podemos convertirnos en la persona que Él quiere que seamos."

(Gerrit W. Gong. Del Cuórum de los Doce Apóstoles)

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