24/04/2026
Según la tradición oral, el Hermano Pedro —conocido por su vida de penitencia, caridad extrema y amor a los más pobres— solía retirarse a orar en las afueras de la ciudad, en un lugar elevado conocido como el cerro del Manchén. En ese sitio, apartado del bullicio, buscaba el silencio para encontrarse con Dios.
Se dice que en una de esas noches de oración intensa, mientras meditaba los dolores de la Virgen María, tuvo una experiencia sobrenatural: se le apareció la Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. La visión no fue majestuosa en el sentido terrenal, sino profundamente dolorosa y compasiva: María se le mostró como madre sufriente, reflejando el dolor por la pasión de su Hijo.
Impactado por esta aparición, el Hermano Pedro comenzó a fomentar la devoción a la Virgen de los Dolores en ese lugar. Con el tiempo, los fieles empezaron a acudir al cerro del Manchén, atraídos por la historia y por la espiritualidad que emanaba del sitio. Así nació la veneración a la Virgen del Manchén, vinculada íntimamente a la figura del santo.
La leyenda también resalta un elemento muy característico del Hermano Pedro: su profunda identificación con el sufrimiento humano. Para él, contemplar a la Virgen Dolorosa no era solo un acto de piedad, sino una forma de comprender y acompañar el dolor de los demás.
Con el paso de los años, esta tradición se consolidó y dio origen a celebraciones, procesiones y expresiones artísticas que aún hoy forman parte de la identidad religiosa guatemalteca, especialmente en la época de Cuaresma y Semana Santa.
Aunque no existen registros históricos estrictos que documenten la aparición como un hecho verificable, la fuerza de la leyenda radica en su valor espiritual y cultural, transmitido de generación en generación.