27/04/2026
Dios no tiene perfume, tiene presencia. Y cuando esa presencia llena un alma, huele. Huele a humildad. No se impone, se percibe. No grita, abraza. No empuja, atrae. Moisés no sabía que su rostro resplandecía, pero el pueblo sí. Así es la humildad: tú no la sientes, los demás la respiran.
El orgullo apesta. Aunque uses corbata, aunque cantes en el coro, aunque subas reels de versículos. El orgullo tiene un olor a carne mu**ta que el in****no reconoce de lejos. Es el olor de Lucifer cuando dijo “subiré”. Es el olor de Saúl cuando no obedeció por quedar bien. Es el olor de tu casa cuando todos tienen la razón y nadie pide perdón. El orgullo contamina cuartos. Cierra cielos. Espanta la gloria. Dios no comparte perfume con el yo.
Por eso Él resiste a los soberbios. No los ignora, los resiste. Les hace frente. Les cierra la puerta. Les seca la unción. Porque donde hay orgullo, Dios no huele a Dios, huele a hombre. Y el cielo no respalda hombres, respalda Su presencia.
La humildad, en cambio, es la fragancia que Dios deja cuando entra. Es María quebrando el alabastro. No habló mucho, pero el perfume llenó la casa. Así es el humilde: no necesita anunciarse, su vida derramada lo delata. No pelea por plataforma, se rompe en secreto. No busca que lo vean servir, busca que lo huelan a Cristo. Y cuando un humilde entra a un lugar, el ambiente cambia. La pelea se apaga. La crítica se calla. La gente respira y no sabe por qué, pero es porque Dios llegó con él.
Repréndete hoy: ¿a qué hueles? ¿Hueles a tus logros o hueles a Su cruz? ¿Hueles a “yo merezco” o a “gracias, Señor”? ¿Huele tu matrimonio a orgullo o huele a perdón? Porque puedes tener la doctrina correcta y el olor incorrecto. Puedes tener el ministerio grande y el alma podrida. Puedes tener la casa limpia y el corazón lleno de basura que solo tú y Dios huelen.
Exhórtate: bájate. Quiebra el frasco. Derrama el “yo”. Deja que te pisen el ego. Prefiere no tener la razón y sí tener Su presencia. Pide perdón aunque tengas