21/09/2024
DEJÁNDOLO TODO LO SIGUIÓ
Aquel caluroso día, en medio del continuo ir y venir de comerciantes en Cafarnaúm, no iba a ser igual que todos los demás, algo grande se respiraba en el ambiente y, sobre todo, en el corazón de Leví, hijo de Alfeo, publicado y recaudador de impuestos. Su oficio, detestable y codiciable al mismo tiempo, le había granjeado enemistades y odios entre sus mismos paisanos, dado que la recaudación de impuestos, para el enemigo invasor, generaba malestares entre el pueblo judío, el cual era víctima de cobros ilícitos, exagerados y, con el agravante, de ir al patrimonio imperial de Roma.
Leví, llamado también Mateo= en hebreo “don de Yahvé”= “don de Dios”, ejercía su oficio de recaudador en el enclave estratégico de Cafarnaúm, en las orillas del Mar de Galilea, en la ruta de los comerciantes que a través la Palestina de ese entonces, por lo mismo sus ganancias eran grandes, no menos que los rencores de aquellos pobres y explotados habitantes de su comunidad y de los lugares vecinos. Tanta mirada furiosa, expresiones hirientes, desánimos en el ejercicio de su profesión, maltrato y desprecio por los tributantes abusados y esquilmados de sus pocos bienes, todo ello encontró eco en aquella mirada fija y penetrante de aquel rabino itinerante que “fijando en él su mirada le dijo: Sígueme” (Mt. 9, 9-13), y él, inmediatamente, sin pensarlo dos veces, se levantó y lo siguió. Su corazón encontró una mirada diferente de las que estaba acostumbrado a recibir, una mirada de amor y ternura cambió su jornada y toda su vida. ¡Cómo no hacer fiesta por haber encontrado al fin la paz en su turbulento corazón! Esa misma noche convocó a sus colegas y amigos, y por supuesto a Jesús, para una cena festiva, había que celebrar el gozo de dicho encuentro con Jesús y marcar así una nueva etapa en su vida. No obstante tanta alegría, un grupo de fariseos critica a Jesús: “¿porqué su maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9, 11) y la respuesta del Maestro no se hace esperar “no es el sano el que necesita del médico sino el enfermo… no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores..”(Mt. 9,13), además, dice el Señor: “misericordia quiero, no sacrificios”.
Fue esa mirada llena de misericordia la que transformó el corazón de Mateo y lo convirtió de publicado en Apóstol y Evangelista, fue un momento de gracia único que él supo aprovechar, era el Señor el que pasaba ante él. Ese día, esa mirada, el gesto de comer con él y de proclamar su incondicional misericordia en su propia casa ante sus invitados y detractores, todo ello cautivó el corazón de aquel enfermo del alma que encontró en el médico divino la sanidad, el perdón y la misericordia.
Pocas cosas más sabemos de Mateo. Lo veremos en Pentecostés recibiendo la efusión del Espíritu Santo que lo empujará a predicar la Buena Noticia de la misericordia por toda Judea durante 15 años, hasta morir martirizado en Etiopía. Poco sabemos de él, pero lo más grande de su vida es que conocemos –gracias a él- a Jesucristo, el Señor, porque como “don de Dios” para la Iglesia transmitió sus vivencias y recuerdos, inspirados por el Espíritu Santo, hasta convertirse en la Buena Noticia de Jesucristo según San Mateo, y eso es lo que importa. Mateo nos lleva a conocer a Jesús, su mensaje, su vida, su persona, su amor y su misericordia.
Dios quiera seguir enriqueciendo a su Iglesia con hombres y mujeres que se dejen cautivar por esa mirada de misericordia que continúa recorriendo los caminos de nuestro mundo de hoy, que aprendamos todos a ser un “don de Dios” para los demás y que no olvidemos nunca que El ha venido no por los justos, sino por los pecadores, y que estará siempre con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos (Mt. 28,20)