14/01/2026
Reflexión bíblica desde una fe liberadora
1. Contexto histórico, político y económico
El bautismo de Jesús ocurre en un tiempo de opresión profunda. Palestina estaba bajo el dominio del Imperio Romano, un sistema político-militar que imponía altos impuestos, despojo de tierras y violencia estructural. La economía beneficiaba a unos pocos (élites religiosas y políticas aliadas al imperio), mientras la mayoría del pueblo vivía en pobreza, exclusión y desesperanza.
Juan el Bautista no predicaba desde el templo ni desde los centros de poder, sino desde el desierto, un lugar simbólico de resistencia, memoria y denuncia. Su llamado al arrepentimiento no era solo individual, sino colectivo y estructural: cambiar de camino, romper con la injusticia, preparar un pueblo capaz de soñar otro mundo posible.
En ese contexto, Jesús aparece no como un privilegiado, sino como uno más del pueblo oprimido que hace fila para bautizarse. Aunque Juan reconoce que Jesús no necesita ese bautismo, Jesús responde:
“Dejemos esto así por ahora, pues conviene que cumplamos lo que es justo” (Mt 3,15).
Aquí, la palabra justicia no se refiere a una norma religiosa, sino a la justicia del Reino de Dios: ponerse del lado del pueblo, asumir su historia, cargar sus dolores y caminar junto a quienes sufren.
2. Clave liberadora del texto
Jesús elige sumergirse en las aguas donde están los pecadores, los empobrecidos, los despreciados. No se separa, no se eleva, no se protege. Desde una fe liberadora, este gesto nos dice que Dios no actúa desde arriba, sino desde dentro de la historia herida.
Cuando Jesús sale del agua:
El cielo se abre: Dios rompe el silencio ante el sufrimiento.
El Espíritu desciende: la fuerza de Dios no es violenta, es acompañante.
La voz declara: “Este es mi Hijo amado”.
Antes de que Jesús haga milagros o predique, Dios afirma su dignidad. Esto es profundamente político: en un sistema que deshumaniza, Dios nombra, valida y ama.
3. Aplicaciones para hoy
Hoy también vivimos contextos de:
Violencia estructural y de género
Racismo y exclusión de los pueblos originarios
Cansancio, desgaste y miedo en quienes resisten
Este texto nos invita a:
Sumergirnos en la realidad, no huir de ella. La fe no es evasión, es compromiso.
Reconocer nuestra dignidad como hijas amadas de Dios, incluso cuando el sistema nos ha hecho sentir pequeñas o sin valor.
Construir espacios de resistencia, como el desierto de Juan: lugares de sanación, palabra, memoria y esperanza.
Escuchar la voz de Dios que hoy sigue diciendo: “Tú eres mi hija amada”, aun en medio del dolor y la lucha.
Desde una fe liberadora, el bautismo de Jesús nos recuerda que Dios camina con los pueblos que luchan, con las mujeres que resisten, con quienes no se rinden.
Oración comunitaria
Dios de la vida,
que te revelas en las aguas del Jordán
y te acercas a quienes han sido heridos por la injusticia,
hoy venimos ante Ti con nuestra historia,
con nuestras luchas, cansancios y esperanzas.
Así como Jesús se sumergió en las aguas del pueblo,
sumérgete Tú en nuestra realidad,
en nuestras comunidades marcadas por la violencia,
en los cuerpos cansados de las mujeres que resisten.
Abre los cielos sobre nosotras,
derrama tu Espíritu que sana, fortalece y anima,
y haznos escuchar tu voz que nos llama hijas amadas,
dignas, valiosas y necesarias para la vida del mundo.
Danos fuerza para seguir caminando,
sabiduría para organizarnos,
y esperanza para no soltar la vida,
hasta que la justicia y la paz florezcan en nuestra tierra.
Amén.