22/01/2023
Cada día de nuestra existencia debemos hacernos conscientes de que “en él vivimos, nos movemos y somos”, y desde esa conciencia dirigirnos a Dios. Y lo hacemos sin confiar en nuestros méritos, —más bien pocos—, sino en su misericordia. Nos situamos en medio del trono de su gracia; ese trono que abarca toda la realidad, tanto la que vemos como la que no. De tal manera que entendemos vivir nuestra existencia sumergidos en esa gracia. Y en ello, exclusivamente en ello, reside nuestra confianza.
De ahí que, a la manera del publicano de la parábola, apenas nos atrevemos a levantar nuestra mirada al cielo, sabedores de nuestras imperfecciones, pero aún así, solicitamos a Dios que sea propicio a nosotros. Apelamos a su gracia y a su misericordia. ¿A qué otra cosa podemos apelar…?
Y así oramos, “Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; Haga resplandecer su rostro sobre nosotros” (Sal. 67:1). Deseamos tener a Dios de cara, de tal manera que su luz ilumine nuestro camino, nuestra existencia. Y no lo deseamos de una manera egoísta, sino como personas, hombres y mujeres, que ansían ser fieles a su voluntad de vida para con todos los seres humanos.
Deseamos bendición, no tanto para que nos vaya bien —que también—, como para poder ser testimonios visibles de su gracia, y que nuestra vida no la ponga en entredicho. Deseamos que nuestra existencia sea una proclamación visible a todo el mundo de la salvación de Dios: “para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas las naciones tu salvación” (Sal. 67:2), y así todos los pueblos alaben a Dios, le den gloria” (Sal.67:3; Mt. 5:16). Deseamos que su gloria, no la nuestra, sea puesta de manifiesto a través nuestro. ¡Perseguimos la gloria de Dios, no la nuestra!
Desear su gloria, es desear la alegría de todos los pueblos, al experimentar, al igual que nosotros, el acompañamiento pastoral de Dios: «Alégrense y gócense las naciones, porque juzgarás los pueblos con equidad, y pastorearás las naciones en la tierra” (Sal. 67:4).
Creedme que cuando, a lo largo del día, nos sumergimos en estos pensamientos, sin dejarlos ni un momento, nuestra alma se experimentará empapada en gracia y misericordia, y palabras de paz y de misericordia para con todos los seres humanos surgirán de nuestra boca. Nuestro vivir y nuestro decir será auténtico evangelio de la gracia de Dios. ¡Aleluya, amén!
280620