Sendero de fe

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11/08/2026
Hay gestos que uno hace sin saber si de verdad sirvieron para algo: una palabra dicha en el momento justo, una ayuda ofr...
10/08/2026

Hay gestos que uno hace sin saber si de verdad sirvieron para algo: una palabra dicha en el momento justo, una ayuda ofrecida sin esperar nada a cambio, un tiempo regalado a alguien que lo necesitaba. Uno los hace y sigue adelante, sin enterarse jamás de lo que pasó después. El salmista describe algo parecido: sembrar sin saber todavía si habrá cosecha.
El salmo no dice que sembrar sea fácil. Habla de sembrar "con lágrimas", es decir, con esfuerzo, con incertidumbre, sin la certeza de que algo va a crecer. Y sin embargo, promete una cosecha que llega después, distinta al esfuerzo del inicio: una cosecha "entre cantares". Hay un tiempo entre lo que se siembra y lo que se cosecha, y ese tiempo no se puede apurar ni controlar.
Piensa en esa vez que ayudaste a alguien sin volver a saber de esa persona. En ese consejo que diste a un hijo, a un sobrino, a un amigo, sin saber si realmente lo tomó en cuenta. En esas oraciones que hiciste por alguien que quizás nunca supo que rezaste por su vida. Todo eso fue semilla, aunque tú nunca veas la cosecha con tus propios ojos.
Lo que sembraste con amor sigue su curso, aunque la cosecha ocurra donde tú ya no puedas verla.

Todos hemos dado algo de nosotros sin saber exactamente qué pasó después con eso: un consejo, un cuidado, una ayuda conc...
10/08/2026

Todos hemos dado algo de nosotros sin saber exactamente qué pasó después con eso: un consejo, un cuidado, una ayuda concreta a alguien que atravesaba un momento difícil. Uno lo entrega y sigue con su vida, sin enterarse casi nunca de lo que ese gesto terminó generando. El evangelio de hoy habla precisamente de esa entrega que no necesita ver su propio resultado para ser real.
Jesús usa una imagen sencilla: un grano de trigo que, si se queda intacto, no produce nada; pero si se entierra y desaparece como grano, entonces da mucho fruto. No está hablando de destruirse a uno mismo, sino de entregarse sin necesidad de conservar el control sobre cada resultado. El grano no ve el fruto que produce —para cuando ese fruto existe, el grano original ya desapareció en la tierra.
Hoy, cuando recuerdas gestos de bondad que hiciste en el pasado —una palabra, una ayuda, un tiempo regalado— y te preguntas si sirvieron de algo, este evangelio ofrece una respuesta distinta a la que esperas. No necesitas ver el fruto para que haya existido. Como el grano de trigo, muchas veces lo que diste ya cumplió su función exactamente en el momento en que dejaste de aferrarte a saber qué pasó después.
¿Qué gesto de bondad diste en el pasado, del que nunca supiste el resultado, y que hoy podrías confiar que sí dio fruto en la vida de alguien más?
El grano que se entrega no necesita ver el fruto para que este exista; solo necesita entregarse de verdad.

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