10/08/2026
Hay gestos que uno hace sin saber si de verdad sirvieron para algo: una palabra dicha en el momento justo, una ayuda ofrecida sin esperar nada a cambio, un tiempo regalado a alguien que lo necesitaba. Uno los hace y sigue adelante, sin enterarse jamás de lo que pasó después. El salmista describe algo parecido: sembrar sin saber todavía si habrá cosecha.
El salmo no dice que sembrar sea fácil. Habla de sembrar "con lágrimas", es decir, con esfuerzo, con incertidumbre, sin la certeza de que algo va a crecer. Y sin embargo, promete una cosecha que llega después, distinta al esfuerzo del inicio: una cosecha "entre cantares". Hay un tiempo entre lo que se siembra y lo que se cosecha, y ese tiempo no se puede apurar ni controlar.
Piensa en esa vez que ayudaste a alguien sin volver a saber de esa persona. En ese consejo que diste a un hijo, a un sobrino, a un amigo, sin saber si realmente lo tomó en cuenta. En esas oraciones que hiciste por alguien que quizás nunca supo que rezaste por su vida. Todo eso fue semilla, aunque tú nunca veas la cosecha con tus propios ojos.
Lo que sembraste con amor sigue su curso, aunque la cosecha ocurra donde tú ya no puedas verla.