01/08/2024
Obispo, doctor de la Iglesia, fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, patrón de los confesores y moralistas. Alfonso fue el renovador de la moral. La Práctica del confesor; el Homo Apostolicus y la Theologia Moralis, han hecho de él el maestro de la moral católica.
San Alfonso nació en Marianella —población integrada hoy en el área metropolitana de Nápoles— el 27 de septiembre de 1696. Sus 91 años de entrega al seguimiento de Jesús, a las misiones populares, al servicio pastoral y a la formación del pueblo y clero —para quienes escribió 111 obras— dejaron profunda huella en la cultura y en la espiritualidad. Juan Pablo II lo presenta con estas palabras: «San Alfonso es una figura gigantesca no sólo en la historia de la Iglesia, sino de la misma humanidad».
Formación
Alfonso fue el primogénito de una familia numerosa. Sus padres, don José de Liguori y doña Ana Cavalieri, pertenecían a la nobleza y dieron a Alfonso una formación privilegiada en diferentes campos: lenguas, humanidades, música, pintura, esgrima... Lo mismo sucedió en el campo religioso. En éste se advierte la presencia cercana de la madre, educada en el espíritu franciscano. De ella aprendió, sobre todo, el gusto por la oración intensa y afectiva, de la que fue maestro —doctor de la oración— y uno de los grandes orantes de la espiritualidad moderna.
Profesionalmente, Alfonso eligió el derecho. A los 27 años intervino en el proceso más famoso de la época: defendió a los Orsini frente a los Médici por la herencia del feudo de Amatrice. Estaban en juego una inmensa fortuna y un título nobiliario. Alfonso perdió el primero y último proceso de su vida, porque la sentencia se había dado de antemano. Al escucharla, abandonó la audiencia y pronunció las históricas palabras: —Mundo, te he conocido. ¡Adiós, tribunales!
No fue despecho profesional, sino el desenlace de una crisis interior sobre la corrupción de la justicia. Lo confirman numerosos testimonios históricos y su código deontológico, considerado ideal del abogado católico: 1) Nunca aceptar causas injustas, son perniciosas para la conciencia y el decoro. 2) No debe defenderse una causa con medios ilícitos e injustos. 3) No causar al cliente costes innecesarios, en caso contrario el abogado está obligado a restituir. 4) Las causas de los clientes se deben tratar con el mismo esmero que las propias. 5) Es necesario el estudio de los procesos para encontrar los argumentos válidos para su defensa. 6) La dilación y negligencia de los abogados, con frecuencia perjudican a sus clientes y se deben reparar los daños, de lo contrario se falta contra la justicia. 7) El abogado ha de pedir a Dios ayuda en la defensa porque él es el primer defensor de la justicia. 8) No parece bien que un ahogado acepte muchas causas superiores a su talento, sus fuerzas y tiempo, porque con frecuencia no podrá preparar su defensa. 9) La justicia y la honestidad no pueden separarse, en ningún caso, del abogado católico; más aún, debe cuidarlas como la niña de sus ojos. 10) El abogado que pierde una causa por su negligencia tiene obligación de satisfacer todos los daños a su cliente. 11) En la defensa de las causas es necesario ser veraz, sincero, respetuoso y razonable. 12) Finalmente, los requisitos de un abogado son: ciencia, diligencia, verdad, fidelidad y justicia.
La llamada desde el pobre
En el proceso de búsqueda y «conversión» sucedió otro acontecimiento decisivo. Alfonso pasaba largo tiempo en oración ante el Santísimo y en el Hospital de los Incurables, presentado así por un contemporáneo: «No es más que un lugar apestado, donde todos los males se acumulan y multiplican». Los Incurables recogían los enfermos terminales pobres y abandonados, asistidos por voluntarios de distintas cofradías...
El 29 de agosto de 1727, Alfonso se negó a acompañar a su padre a palacio para celebrar el cumpleaños de la emperatriz de Austria, a quien pertenecía, en ese momento, el Virreinato de Nápoles. Decidió irse al hospital. La opción era fuerte y significativa. Mientras atendía a los enfermos se vio en una luz envolvente, le pareció que el edificio crujía y en lo hondo de su corazón escuchó una llamada personal: ?Alfonso, deja el mundo y entrégate a mí. Por un momento se sintió conmovido; pero su mente práctica lo consideró ilusión pasajera y continuó sus tareas de servicio a los enfermos. Al salir, en la escalera, se repitió la llamada nítida que llegaba desde los pobres. La acogió y se encaminó, gozoso, a la iglesia de la Merced. Ante María de Nazaret, dijo sí al seguimiento, dejó sobre el altar su espada de caballero e inició el camino de las bienaventuranzas... En el gesto, se despojó de la toga, las pelucas, los salones refinados y, poco después, de la primogenitura. La opción radical por el Evangelio era definitiva. A lo largo de su vida celebró el 29 de agosto como «el día de mi conversión».
A pesar de la oposición paterna, Alfonso ingresó en el seminario y comenzó los estudios teológicos. El 21 de diciembre de 1726, en la catedral de Nápoles, recibió la imposición de las manos del obispo y extendió las suyas, estremecidas, a la unción del Espíritu: era sacerdote. Tenía 30 años.