05/02/2024
Las mismas palabras de siempre…
Comienzo a escribir al ir finalizando el 02 de febrero del 2024. Lo declaro porque fue en ese instante en que dejé brotar las palabras, las liberé, independicé, redimí.
Y ese “big bang” considero que siempre es preponderante, ya que es el momento donde nos decidimos a crear otros cosmos, otros espacios. Y lo que era nuestro dejar de ser nuestro, para pasar a ser compartido; y eso es lindo, es mejor, es sanador.
Comparto sensaciones, intuiciones que me han venido acompañando últimamente y que, lamentablemente, aquellos que me rodean y requieren mis “servicios” tienen que escuchar. Constato inmediatamente que no diré nada nuevo, porque no hay nada nuevo bajo el sol. Son las preguntas de siempre, las interrogantes de siempre; que muy bien el día de hoy nos hacía retumbar Job.
Primero, el amor nos hace vulnerables, sensibles, endebles, frágiles. Como dice una canción por ahí; “soy tan vulnerable a tu amor”. Amar nos hace salir de nuestras propias comodidades y nuestro propio bienestar; instalándonos en el bienestar del amado o amada. Si quien amo está bien, yo estoy bien y si quien amo está mal, yo también estoy mal po, me preocupo, me angustio. Sé que no debería ser así y que el desapego y todo eso; pero bueno nuestro corazón se hace parte de la vida del otro y lo que le pasa al otro nos toca. Aún no encuentro la fórmula del desapego.
Desde lo anterior, les comparto que ir a la Candelaria, en Misión Rahue, despertó el recuerdo de dos familias que perdieron a sus bebes, luego estuve en un funeral despidiendo a un tocayo y culminé en otro velorio. Comparto todo lo anterior, no para decir que tengo buena disposición y que soy trabajador (aunque también); lo comparto porque quiero expresar, que cuando voy a acompañar a alguien, a alguna familia voy a compartir con ellos, a estar con ellos, a escucharlos y no voy a hacer ningún trámite, ni ceremonia; sino que a compartir la vida. Y desde ahí, también siento, me sobrecojo, me conmuevo y quedo tocado en el corazón. Es cierto, no tengo la misma tristeza, ni dolor de las personas que están viviendo aquello directamente; pero algo de tristeza, desazón, dolor, pena tiñe mi corazón y eso no se borra, no se va, queda.
Eso es la vida, sentir con los demás. Y en esos momentos se hace vital, nuestra presencia, ya que amaina, suaviza, aminora, aunque sea en su más mínima expresión todo lo que nos invade. Nuestra presencia ayuda a sobrellevar esos momentos álgidos que vivimos.
Nuestra presencia resulta algo terapéutico, sanador; a ejemplo de Jesús el día de hoy. La invitación, el desafío a ser, seres humanos sanadores, terapéuticos; curanderos de la vida, curanderas de la vida. Vayamos a sanar heridas, que a lo mejor nosotros mismos hemos dejado. Y he ahí, la contradicción como somos sanadores y por otra parte, herimos. A unos sanamos, a unas sanamos, a otros herimos, a otras herimos.
Termino con algo que creo profundamente y repito constantemente, la eucaristía tiene una dimensión medicinal, terapéutica; Jesús vino por los que lo necesitan, por quienes están enfermos. La eucaristía no es un premio para aquellos que hacen todo bien, no es un merecimiento; no sé si habrá alguien que haga todo bien en la vida o pueda decir yo merezco comulgar, si alguien se siente así, de antemano mis disculpas.
Ya me dejo de narrar, hablar. Cierro diciendo que son cosas que creo hoy día, quizás mañana seguramente esté en desacuerdo con ellas; no sé. Son cosas que siento y percibo hoy día, estos días; quizás y seguramente, la próxima semana iré sintiendo y percibiendo otras cosas.