19/04/2026
EN CUANTO AL CUIDADO DEL PASTOR, EL MODELO BÍBLICO VA CONTRA LA PRACTICA ACTUAL DE LAS IGLESIAS Y LOS CONCILIOS
Por Samuel Santana
Para su funcionamiento estructural y de servicio a Dios, las iglesias y los concilios han usado como modelo y parámetro el sistema de culto establecido por Moisés y los apóstoles.
En el Antiguo Testamento Dios ordenó construir un templo y consagró para ofrecer los sacrificios y efectuar el culto una orden sacerdotal.
En cuanto al evangelio, Jesús ordenó a sus discípulos ir por el mundo a predicar la Palabra, establecer iglesias y edificar a los creyentes.
Para ambos ministros el Señor indicó como debía ser la forma de sostenimiento.
Los sacerdotes no recibieron tierras ni propiedades en Israel porque el pueblo los sostendría del todo en el templo.
Ahí vivían y ahí comían de los mismos sacrificios y ofrendas que llevaban los israelitas devotos.
Jesús le dijo a sus discípulos que no cargarán provisiones en sus jornadas de predicación porque el obrero es digno de su salario.
El texto dice: “… ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento” (Mateo 10: 10).
Note usted que el Señor dio a sus ministros la misma categoría de un trabajador secular. Y es importante destacar esto ante quienes sostienen que la tarea de predicar el evangelio no es un trabajo. Y si Jesús dice que ciertamente es una labor como una terrenal, entonces ¿no es también digno de que se le proteja con la misma ley de seguridad social de un obrero de fábrica?
La labor de un pastor es más demandante y compleja que la manipulación de una máquina en una industria.
Ha sido calificada como la tercera tarea más estresante en Estados Unidos.
Es superior en esfuerzo a un maestro de escuela y a un trabajador social.
No tiene día libre y no para de siempre estar haciendo algo.
Cuarenta horas de trabajo a la semana es lo que se le requiere a un obrero de fábrica. A más de ahí se le compensa como horas extras.
La vida entera de un ministro de la Palabra está dedicada a la tarea que realiza al frente de una congregación.
Ningún obrero de fábrica soportaría tal rigor.
Por eso Jesús lo valoró tanto que le ordenó no preocuparse por granjearse el sustento porque esta es una responsabilidad de la comunidad a la que ministra.
Es claro, entonces, que tanto el sostenimiento por parte del pueblo del culto como del sacerdote tiene un gran fundamento bíblico y en el diseño divino.
No es un capricho humano.
La parte objetable es la atención del pastor cuando ya no puede seguir ministrando por vejez o enfermedad.
Es claro que se ha tomado como bueno y válido la responsabilidad del pueblo en dar para la obra y el sostenimiento del predicador pero no en su retiro.
La interpretación que se hace de las Escrituras no abarca hasta ahí.
Sin embargo, en la ley de Moisés a ningún sacerdote o levita se le dejaba abandonado cuando llegaba a viejo o se enfermaba.
En 1 Samuel 4:15 dice que era ya Elí de edad de noventa y ocho años, y sus ojos se habían oscurecido, de modo que no podía ver.
En cuanto al Nuevo Testamento el apóstol Pablo agradeció el cuidado que las iglesias habían tenido hacia el, aún estando en la prisión (2 Corintios 11:8-9 y Filipenses 4:15-18).
Estando en la cruz del Calvario, Jesús ordenó a Juan ocuparse del cuidado de su anciana madre.
Este gesto indica que el cristianismo se preocupa por los suyos cuando ya no tienen la capacidad para valerse por cuenta propia.
El Señor no quería que al dolor que le causaba a su madre ver a su hijo crucificado, también se le sumara la angustia de pensar lo que sería su vida sin la ayuda de quien le proporcionaba su sustento.
El cuidado de un obrero cualquiera cuando se le acaban las fuerzas es una previsión de Estado, social, humana y divina.
¿Por qué se excluyen entonces a los pastores y ministros de la Palabra y evangelio de Jesucristo?
¿De dónde procede esta lógica?
¿Por qué se condenan a las fábricas y patronos que abandonan a los obreros en su vejez mientras se justifica esta misma realidad en el ministerio pastoral?
Si las organizaciones religiosas, cualesquiera que sean, no hacen esfuerzos ni tienen interés de proteger a sus ministros obreros, entonces el Estado debe hacer algo.
Y se justificaría su incursión en este terreno porque cuando un ciudadano trabajador llega a la vejez sin protección, la responsabilidad recae sobre los hijos. Y si estos no pueden o no quieren, entonces el Estado debe ampararlo con techo, alimentación y medicina.
No sería pecado si los congresos de los países legislarán para que los trabajadores religiosos también sean protegidos mediante fuerza de ley.
Sería una gran decisión que a todos beneficiaría.
Es en el cuidado a los niños y a los ancianos donde una cultura y sociedad muestran el humanismo, la solidaridad, la apreciación y los altos valores cristianos.
Solo que un niño va hacia el crecimiento y desarrollo mientras que el hombre anciano se encamina hacia el desgaste de sus fuerzas y al deterioro hasta encontrarse con su extinción.
Lo más difícil para un ser humano es llegar a la vejez consciente y ver que se discute su suerte entre quienes no quieren asumir con él responsabilidad alguna.