31/05/2026
¡Queridos hermanos y hermanas ! Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad: un solo Dios en tres Personas. A menudo, esta solemnidad nos hace reflexionar mucho: ¿cómo puede Uno ser igual a tres? ¿Un solo Dios en tres Personas, cómo es eso? Y a veces tratamos a la Trinidad como si fuera un problema de matemáticas celestiales… Y a veces sin encontrar una solución…
Pero Dios no se reveló como Trinidad para darnos un dolor de cabeza. Se reveló como Trinidad para revelarnos y darnos su corazón.
En la primera lectura, Moisés sube al Sinaí, y Dios desciende en la nube. ¿Cómo se define el Todopoderoso? No por su relámpago ni por su aterradora distancia, sino por su nombre: «El Señor es un Dios tierno y misericordioso (Compasivo y bondadoso), lento para la ira (lento para enojarse), lleno de amor y de verdad». Aquí Dios ya nos muestra que no es soledad; nos muestra que su misma esencia es relacional.
Dios nos revela que es relación y amor compartido, nos revela que tiene un corazón, un corazón misericordioso, lento para la ira, un corazón lleno de amor y de verdad.
Y todos los atributos que Dios se da a sí mismo, solo se viven con los demás; son atributos que se comparten. (La ira solo se siente hacia alguien; el amor es hacia alguien; la verdad se dice frente a alguien).
Y por eso, Dios, en esencia, ya es relación, amor compartido. En su interior, eso es lo que es. Dios es un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo. Dios es una familia. Incluso antes de la creación del mundo, Dios era ya un intercambio infinito de amor.
Y como Dios es amor, este amor se desborda. En el Evangelio de hoy, san Juan nos dice: «Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único». Esto da un giro a nuestra idea de la religión y de Dios.
A menudo pensamos que debemos ascender hacia Dios a base de reglas y esfuerzos. Pero el Evangelio nos dice que es Dios quien da el primer paso. El Padre envía al Hijo a nuestro mundo herido, no para condenarnos, sino para socorrernos, derramando su Espíritu en nuestros corazones.
Por lo tanto, conocer a Dios como Trinidad lo cambia todo en nuestra vida cotidiana.
Esto cambia nuestra comunidad: descubrimos que estamos hechos para la comunión, no para el aislamiento. Dios ha venido hasta nosotros. No estamos solos, sean cuales sean las circunstancias de la vida o los acontecimientos desafortunados.
Y esto cambia nuestra oración: no clamamos a un techo vacío. Oramos al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu. Por eso, para nosotros, orar se ha convertido en entrar en la conversación amorosa que Dios tiene consigo mismo desde siempre.
Por eso debemos dejar de vivir en soledad, debemos dejar de alejarnos de Dios, debemos dejar de alejarnos de nuestros hermanos, de nuestras hermanas y de nuestra familia.
Esto es lo que san Pablo nos deja como regalo en su carta a los Corintios que acabamos de escuchar: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes». Dios no quiere ser un jefe ni un juez externo; Él quiere nuestra compañía, nuestra participación.
En la Trinidad: el Padre no oprime al Hijo; el Hijo no busca su propia gloria; el Espíritu Santo no habla por sí mismo. Cada uno vive para el otro en el amor. Este es el modelo mismo de la familia cristiana, de la comunidad cristiana.
Un buen padre no impone brutalmente su voluntad; dialoga. Una buena madre tampoco impone su voluntad, y mucho menos manipula en secreto; más bien construye la confianza. Los hijos aprenden a escuchar y a respetar.
Participar significa: tomar decisiones juntos; escuchar antes de hablar; aceptar la diferencia; compartir las responsabilidades; y llevar las cargas los unos de los otros.
Como dice san Pablo en la segunda lectura: «Alégrense, trabajen par alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz» (2 Co 13,11). La unidad no cae del cielo. Se construye. Y se construye mediante la participación.
Que la Santísima Trinidad nos enseñe a: vivir juntos sin pisotearnos; trabajar juntos sin envidiar; compartir sin buscar dominar a los demás; y amar sin excluir a los demás.
Porque donde hay participación, hay confianza. Donde hay confianza, hay unidad, donde hay unidad, hay amor y donde hay amor, Dios está presente.
En nuestro bautismo, fuimos sumergidos «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Fuimos adoptados por esta familia divina. Hoy, acojamos esta gracia y convirtámonos en testigos de este amor trinitario en un mundo que tanto lo necesita.
Amén.
Padre Emmanuel BAKUNGU C.S.Sp