Capilla Ntra. Señora de Lourdes Solís

Capilla Ntra. Señora de Lourdes Solís Información de contacto, mapa y direcciones, formulario de contacto, horario de apertura, servicios, puntuaciones, fotos, videos y anuncios de Capilla Ntra. Señora de Lourdes Solís, Organización religiosa, Solís.

20/05/2018

15

By lorenzo

Recibid el Espíritu Santo
Category: CICLO B Leave a Comment
20 de mayo de 2018 – Pentecostés

La Iglesia parece volver a estar viviendo una primavera del Espíritu. La renuncia del papa Benedicto y la elección del papa Francisco muestran que el Espíritu sigue soplando y dando vida. El papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes, que se muestran sorprendidos de que una institución que parecía totalmente envejecida sea capaz de aparecer renovada, inventando nuevos gestos evangélicos que actualizan la vida de Jesús de Nazaret.

En la fiesta de Pentecostés celebramos el cumpleaños de la Iglesia que nació un día como hoy hace casi dos mil años. A pesar de tantos años, la Iglesia se mantiene joven gracias al Espíritu que recibió y le dio vida en aquel Pentecostés. La Iglesia nació precisamente cuando los discípulos tuvieron el valor de ser una comunidad en salida de la sala donde estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas. El Espíritu dio fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús (Hech 2,1-11). Todos somos, como dice el papa, discípulos misioneros.

Y es que la Iglesia no existe en sí misma y luego sale a evangelizar. La Iglesia es convocación de gentes. Sólo existe proclamando el evangelio que reúne a los pueblos para preparar la llegada del Reino. Es el Espíritu el que abre el corazón y los oídos de las personas para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos (1 Cor 12,3-7.12-13). Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz. Por eso la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.

La Iglesia está redescubriendo su misión de sacramento de perdón (Jn 20,19-23). El papa Francisco ha insistido en la necesidad de la ternura en la manera de caminar con el hombre moderno. Dios no condena sino que perdona e invita a todos los hombres a reconciliarse con él y entre ellos. Los cristianos tenemos que testimoniar que hemos sido perdonados y salvados y queremos colaborar con los demás hombres a salvar el mundo.

El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. Aunque tiene su morada en ella, su acción se ejerce en todos, en el mundo y en la historia. Es el Espíritu el que mantiene la historia en movimiento y en la insatisfacción para buscar siempre nuevas metas para los hombres. La realidad, en que vivimos, continúa siendo insatisfactoria. El Espíritu aviva en nosotros la esperanza de que las cosas pueden cambiar si colaboramos todos a que ese cambio se realice. El Espíritu tiene el poder de tocar el corazón de los hombres para que estos cambien y se abran a los verdaderos valores del evangelio que pueden ayudar a la construcción de una civilización del amor. La búsqueda de una cultura del consumo lleva a situaciones sin salidas. Tan sólo un grupo de privilegiados puede g***r de la abundancia mientras la mitad de la población, incluso de los países considerados ricos, tiene que contentarse con las rebajas y los saldos.

El Espíritu es el gran protagonista en la celebración de la eucaristía. Es Él el que con su fuerza transforma nuestras pobres ofrendas del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Dejémosle actuar en nuestras vidas para que seamos transformados en Cristo y así podamos hacerlo presente en nuestro mundo.

15/04/2018

12

By lorenzo

Comprender la Biblia
Category: CICLO B Leave a Comment
15 de abril de 2018 – Tercer Domingo de Pascua

La Biblia sigue siendo el libro más vendido, el “libro” sin más. El tenerlo en casa no siempre significa que se lo lea. Desde luego no es un libro que se lea de un tirón. Es más bien toda una colección de libritos. En ellos se nos transmiten las experiencias de unas personas que vivieron el encuentro con Dios hace muchos siglos. Sin duda se trata de una experiencia siempre actual, la experiencia de la salvación en Cristo Jesús, pero presentada en una cultura muy distante de la nuestra.

Pero no es sólo la distancia cultural la que produce esa dificultad de comprensión de la Biblia. Es su mismo contenido, la manera de actuar de Dios, el que resulta desconcertante y a veces ininteligible para el hombre. Ya no se trata simplemente de palabras y conceptos difíciles sino de una propuesta de vida que abre el horizonte de comprensión del hombre a unas dimensiones que permanecerían desconocidas si Dios mismo no nos las comunica. Por eso, incluso los apóstoles que vivieron de cerca los acontecimientos de la salvación quedaron desconcertados ante la manera como Dios salvó el mundo (Hechos 3,13-19).

Fue necesario que Jesús les abriera el entendimiento para que comprendieran las Escrituras (Lc 24,35-48). En realidad Jesús les dio la clave de comprensión de un lenguaje que parecía cifrado y sellado con siete sellos. Jesús mismo es la clave de comprensión de la Escritura. La Escritura habla de Jesús. En Él recibe su sentido y la luz que ilumina su comprensión. Toda la Escritura nos habla de la salvación de Dios en Jesús, mu**to y resucitado. Las Escrituras no se entienden sin Jesús, pero tampoco podemos comprender a Jesús sin las Escrituras. Pero sólo entenderemos a Jesús y a las Escrituras si hacemos la misma experiencia de Jesús y de los creyentes que aparecen en las Escrituras. No es un problema de comprensión y de inteligencia. Es una cuestión de vida. La Biblia no es un libro como los demás. Sólo se entiende si uno está haciendo las mismas experiencias que sus protagonistas.

Para entender las Escrituras es preciso que Jesús nos abra el entendimiento. Eso acontece mediante del don del Espíritu de Jesús. Él es el maestro interior que nos puede guiar en la lectura de las Escrituras y nos introduce en el misterio de Cristo, porque es el Espíritu que animó toda su vida. Los apóstoles recibieron ese don cuando estaban reunidos en comunidad. Tan sólo la comunidad eclesial es capaz de comprender las Escrituras. Cada uno por su cuenta se pierde de nuevo en los vericuetos de estos escrito. Es en la comunidad eclesial donde sigue presente y actuante Jesús Resucitado con su Espíritu. Él es la clave de interpretación de la Escritura. Pero ha sido la comunidad eclesial la que hizo la experiencia del Señor Resucitado y la que nos la ha transmitido en las Escrituras, de manera particular en los Evangelios. Nosotros podemos encontrarnos personalmente con el Resucitado, pero ese encuentro tan sólo será auténtico si refleja la experiencia eclesial de la Iglesia primitiva y de la Iglesia sin más en nuestro tiempo. Debemos, pues, contrastar nuestra experiencia del Resucitado con la experiencia de la comunidad eclesial para evitar el fabricarnos fantasmas que no pueden salvar.

Jesús no abrió el entendimiento de sus discípulos para que entendieran unos textos sino para que entendieran su vida. La fe cristiana no es una serie de conocimientos teóricos. Es un estilo de vida con un determinado tipo de actividad. Tan sólo el que guarda los mandamientos de Jesús lo conoce de verdad (1 Juan 2,1-5). Que la fracción del pan nos permita reconocer al Resucitado que sigue abriendo para nosotros el futuro de la vida.

18/12/2017

Yo no soy el Mesías
Category: CICLO B Leave a Comment
17 de Diciembre de 2017 – Tercer Domingo de Adviento



Los medios de comunicación de masas han jugado un papel importante en la creación de mesías políticos que al final han llevado a pueblos a la ruina. No parece que los hombres escarmentemos y seguimos dejándonos manipular por esos medios que suelen ser la voz de su amo. Gracias a ellos personajes desconocidos llegan a ser presidentes de grandes países. Juan Bautista empezó a ser sospechoso para las autoridades judías porque atraía las masas hacia sí y eso ya era peligroso pues podía derivar en un movimiento mesiánico revolucionario. Por eso las autoridades de Jerusalén, antes de que intervenga Herodes o los romanos, tomaron cartas en el asunto y empezaron a interrogarlo (Jn 1,19-28).

La sospecha es siempre la misma: bajo la apariencia de un movimiento religioso, había el peligro de que se hiciera una proclama política mesiánica de tipo revolucionario, como había ocurrido ya varias veces en aquellos tiempos. ¿Se hará pasar Juan por el Mesías, el esperado liberador de Israel? La triple pregunta respecto a su identidad como posible Mesías, Elías o el Profeta, intentaba descubrir un pretendido liberador enviado por Dios. Se trataba siempre del Mesías esperado por algunos grupos y que era presentado bajo diferentes figuras: un Mesías real, descendiente del Rey David, un Mesías sacerdote, un Mesías profeta.

Juan podía haberse aprovechado de la situación y haber intentado sacar partido de la credulidad de la gente. Pero, fiel a la verdad, Juan niega cualquier identificación con esos esperados libertadores. Esos títulos corresponden a Jesús, al cual él anuncia. Entonces la pregunta es “¿Quién eres tú?”. Juan no oculta su identidad ni se hace pasar por otro. Es un profeta, pero no o el Profeta Definitivo esperado por Israel. Él sólo es su mensajero. Es un testigo de la luz que quiera ayudar a reconocer la verdadera Luz.

Desgraciadamente las autoridades no quieren oír hablar de ese tema y de hecho se cerrarán en banda ante Jesús y su mensaje. Preocupadas por hacer bien su investigación, siguen preguntando por qué, pues, Juan se dedica a bautizar al pueblo, rito no presente en la Ley de Moisés. El bautismo para Juan era el gesto que marcaba la ruptura en la vida de una persona, indicaba un antes y un después. Juan anunciaba la venida del Reino como un fuego devorador y había que convertirse para poder superar la prueba. El hacerse bautizar era la señal de que uno empezaba esa conversión. Pero su bautismo, era un simple bautismo de agua que anunciaba el verdadero bautismo de Jesús con el Espíritu.

Jesús está convencido, como Juan, de que el Reino de Dios está a la puerta y exige la conversión. Pero con un pequeño cambio genial indicó que el Reino de Dios no era una realidad amenazante como lo veía Juan, sino al contrario era la oferta definitiva de la misericordia y del amor de Dios para todos los que se convierten. Su bautismo va a ser el bautismo del Espíritu como fuerza divina que cambia el corazón del hombre. Tan sólo Jesús tiene el poder de dar el Espíritu precisamente porque Él es el portador del Espíritu (Is 61,1-2). Es ese Espíritu el que lo ha ungido y constituido Rey, Sacerdote y Profeta. Es la fuerza del Espíritu la que le permite realizar la misión que Dios le ha confiado. Se trata del anuncio del Evangelio como Buena Noticia de liberación para los que sufren, los que tienen el corazón desgarrado, los cautivos y los prisioneros. Se proclama en resumen el año de gracia del Señor, el año jubilar del perdón. Dios no viene con un juicio de condenación sino de perdón para su pueblo. No apaguemos ese espíritu (1 Tes 5,16-24). Preparémonos a acoger a Jesús en nuestras vidas para que podamos continuar su obra de liberación.

10/12/2017

Consolad a mi pueblo
Category: CICLO B Leave a Comment
10 de diciembre de 2017 – Segundo Domingo de Adviento

La crisis actual y el sufrimiento de tantas personas están pidiendo a la Iglesia y a los cristianos una palabra de consuelo y unas acciones que ayuden a aliviar la penosa situación en que se encuentran tantas familias. Ambas cosas son necesarias. Ante la necesidad extrema de algunos, no cabe otra alternativa que intervenir de manera solidaria para que puedan capear el temporal. Es el momento de la solidaridad cristiana en esta época del año en el que otras veces tan sólo pensábamos en comprar y consumir para celebrar las Navidades. Este año es la hora del compartir, de renunciar a tantas cosas superfluas para que todos puedan tener lo necesario.

Es necesaria también una palabra de aliento basada no tanto en los cálculos humanos como en la esperanza cristiana. Es comprensible que para muchos la mejor noticia sería oír que la crisis ha terminado. Algo así anunciaba el profeta consolando a su pueblo (Is 40,1-5). Claro que para que la noticia fuera creíble, muchos exigirían que fuera acompañada de ofertas de trabajo, mejor no precario. Desgraciadamente, por el momento, serán pocos los que tengan esa suerte. ¿Qué nos aporta en estos momentos la esperanza cristiana? Ante todo nos dice que Dios quiere siempre nuestra felicidad y que no nos va a dejar solos en la estacada. Él nos ha ayudado a superar situaciones más difíciles en el pasado y también ahora nos sacará de la crisis. La Palabra de Dios pone ante nuestros ojos la esperanza de un mundo nuevo en el que habite la justicia (2 Pedro 3,8-14).

Ese mundo nuevo es un regalo de Dios pero hace falta nuestra colaboración, poner en movimiento todos los recursos personales y sociales. Son necesarios sin duda pequeños gestos que muestren que se puede avanzar en ese camino hacia la tierra nueva. El profeta habla de valles que hay que levantar y montes que hay que abajar. El contraste entre la pobreza y la riqueza en nuestro mundo es cada vez más sangrante. La Palabra de Dios exige de nosotros allanar los caminos, luchar contra la injusticia y la desigualdad. Existen en nuestros caminos demasiadas curvas peligrosas que ponen en peligro nuestra vida y la de los demás; muchos baches que pueden provocar una catástrofe. De vez en cuando suena la alarma social, pero pronto nos olvidamos de las situaciones que la provocan.

¿Cómo salir de esos caminos que no llevan a ninguna parte, que tan sólo nos hacen dar vueltas en torno a nosotros mismos? Se trata de encontrar el verdadero camino, que es Jesús. Para ello hay que escuchar la voz del evangelio que resuena en desierto de nuestras conciencias aletargadas (Mc 1,1-8). Es una palabra que nos invita a la conversión, a reconocer nuestro pecado estructural y personal, y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. Se trata de tomarse en serio los compromisos que formulamos en nuestro bautismo. Que la celebración de la Eucaristía, que anticipa ya esa tierra nueva de la fraternidad, renueve en nosotros la esperanza y nos lleve implicarnos seriamente a favor de la justicia y de la paz.

03/12/2017

Estar atentos
Category: CICLO B Leave a Comment
3 de diciembre de 2017- Primer Domingo de Adviento

Todos estamos viviendo con la esperanza de que la crisis se acabe y vuelvan tiempos mejores. Es verdad que para muchos los tiempos han sido siempre malos, pero ha habido un buen número de personas que empezaban a disfrutar de este mundo consumista. Sin quererlo nos hemos despertado del dulce sueño del bienestar en el que muchos estaban viviendo durante los primeros años del tercer milenio.

También el Adviento, con el que empezamos el año litúrgico, intenta sacudirnos de nuestra modorra y recordarnos que estamos aguardando la manifestación gloriosa de Jesús, el Señor que se fue pero que volverá (Mc 13,33-37). Es la resurrección de Jesús la que ha abierto para nosotros el futuro de Dios. Un futuro que no se puede planificar con cálculos humanos, sino que está irrumpiendo constantemente de manera sorprendente aportando siempre la novedad a nuestro viejo mundo. La esperanza cristiana no es fruto de los cálculos optimistas sobre el futuro. En realidad los datos actuales son más bien sombríos. Pero precisamente el Evangelio es Buena Noticia para los pobres y desesperados que no encuentran soluciones en las políticas humanas.

La esperanza cristiana se basa en la fidelidad de Dios a sus promesas. Dios prometió darse al hombre y lo hizo en la persona de Cristo Jesús. Verdaderamente, como quería el profeta, Dios ha rasgado el cielo y ha bajado al encuentro del hombre para rescatarlo (Is 63,16-17; 64,1-8). Dios ha pronunciado una palabra de perdón sobre el pasado pecador del hombre. Jesús es el Sí incondicional del amor de Dios al hombre. Resucitándolo de entre los mu**tos, Dios ha sentado ya a la humanidad a su derecha. Hemos sido introducidos en la vida misma de Dios.

Nuestra esperanza no se basa ni en los cálculos humanos ni en el simple deseo o necesidad de soñar con un futuro. Tenemos ya las señales de que la vida del hombre ha sido transformada cualitativamente. Hemos sido enriquecidos en todo, en el hablar y en el saber (1 Cor 1,3-9). Como los fieles de Corinto, tampoco nosotros carecemos de ningún don, aunque carezcamos de muchas cosas materiales. No es necesario esperar a la otra vida o al otro mundo. Hoy día es posible vivir esa plenitud divina que Dios nos ha dado en Cristo.

La vigilancia a la que nos invita el Adviento, es en realidad una exhortación a darnos cuenta del momento presente, de la presencia de Dios entre nosotros. Es Él el que está abriendo siempre un futuro para el hombre. Un futuro que el hombre está invitado a construir en colaboración con Dios. Solamente abriéndonos al futuro de Dios, seremos capaces de mantenernos firmes hasta el final, no dejándonos seducir por un presente engañoso. La esperanza cristiana orienta nuestra mirada hacia Dios, pero nos mantiene con nuestros pies en la tierra. No nos lleva a cruzarnos de brazos sino que nos hace desplegar todo el dinamismo de la experiencia cristiana. Así Dios sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. Que la celebración de la Eucaristía avive en nosotros el deseo del retorno del Señor y nos lleve a preparar su venida.

26/11/2017

Señor, ¿cuándo te vimos hambriento?
Category: CICLO A Leave a Comment
26 de noviembre de 2017 – Jesucristo, Rey del Universo



Aunque asistimos a diversas muestras de insolidaridad, entre los países y dentro de nuestro país, es una buena noticia el que los cristianos españoles siguen apoyando decididamente a las misiones y a Cáritas. Es la manera concreta de vivir las obras de misericordia y de caridad. Ésta debiera ser la cara que presenta siempre ante los hombres la Santa Madre Iglesia, la cara del amor. Desgraciadamente en los medios de comunicación aparecen muchas veces otras caricaturas de ella, no siempre exentas de fundamento. Esa caridad es parte integrante de la lucha a favor de la justicia. Jesús anunció un Dios que hace justicia a aquellos a los que el mundo no hace justicia y trata de manera injusta.

En los tiempos bíblicos, era el rey el encargado de hacer justicia. Se le representa muchas veces bajo la figura del pastor que trata con equidad a sus ovejas, es decir, según las necesidades de cada una (Ez 34,11-17). Tratar a todos por igual era para los antiguos la mayor injusticia. Hoy día creemos que esas consideraciones de las situaciones particulares no tienen nada que ver con la justicia, todo lo más los cristianos las consideran objeto de la caridad cristiana. Y, efectivamente, como dice el Papa, sólo con la caridad cristiana se puede crear un mundo justo.

El deseo de justicia se expresa en la idea del juicio final. El examen final al que nos someterá Jesús tiene que ver con la realización de la justicia en este mundo (Mt 25,31-46). En realidad es un examen sobre las obras de misericordia, porque sólo la misericordia y la compasión son capaces de hacer justicia al hombre sufriente y doliente. Las obras de misericordia tienen que ver con las personas a las que el mundo no hace justicia: los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos, los encarcelados.

El juicio de Jesús es coherente con su vida y su anuncio del Reino de Dios. El Reino viene sobre toda para esas categorías de excluidos de la sociedad. Son ellos los primeros destinatarios del Reino. Tan sólo los que son capaces de descubrir a Jesús y su Reino en los hambrientos, los emigrantes, los desposeídos y los encarcelados desean de verdad entrar en el Reino de Dios.

“A la tarde te examinarán en el amor” (San Juan de la Cruz). Será un examen práctico y no teórico. No se aprueba con un trabajo escrito o unas respuestas aprendidas de memoria. Habrá que mostrar los ejercicios prácticos que uno ha realizado. Habrá que demostrar que uno ha aprendido ya a vivir en el Reino.

El amor cristiano sigue siendo todavía la asignatura pendiente del cristianismo, aunque haya ejemplos reconfortantes de cristianos que va superando la prueba con sobresaliente. La fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, colocada en el último domingo del año litúrgico, nos recuerda que sólo podremos formar parte del Reino de Dios si tenemos un corazón compasivo y misericordioso como el de Jesús. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a descubrir a Jesús en los pobres y marginados para que un día tengamos parte con ellos en el Reino del Padre.

10/10/2017

- Ciclo "A" -
8 de Octubre de 2017 -
A Jesucristo le gustaba tomar las imágenes del trabajo y de su tierra para configurar sus parábolas. Así a veces nos hablaba de rebaños, ovejas y pastores, y otras veces nos hablaba de viña, vid y uvas.

En el Evangelio de hoy nos habla de una viña suya, que arrendó a unos viñadores mientras se iba de viaje (Mt. 21, 33-43). Cuando llegó el momento de la vendimia o cosecha de las uvas, envió a sus empleados a cobrar la parte que le tocaba, pero los viñadores mataron uno a uno a cada empleado que fue enviando en dueño.

Decidió luego enviarles a su hijo, pensando que a ése sí lo respetarían, pero muy por el contrario, lo asesinaron también -nos dice la parábola- para eliminar al heredero y quedarse con la propiedad.

Jesús hablaba en ese momento a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel, que eran los líderes de los judíos. Y al final del cuento les hace saber que siendo ellos el pueblo elegido, por rechazar a cada uno de los enviados de Dios y también al Hijo de Dios, el Reino de Dios será dado “a un pueblo que produzca frutos”.

Como una explicación adicional a la parábola, Jesús da otro símil: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. Cristo, aunque rechazado, es la piedra angular (la base de la construcción).

Por supuesto, ese pueblo que rechazó a todos los enviados de Dios (los profetas) y los mató, y terminó matando al Hijo de Dios, fue el pueblo de Israel, aunque algunos judíos, comenzando por los Apóstoles y discípulos, sí aceptaron a Jesús como el Mesías. Lo aceptaron también los 3.000 que se bautizaron en Pentecostés. Y a San Pablo, que era judío, el Señor lo envió a predicar a los no-judíos. Y los Apóstoles, siguiendo la instrucción del Señor, fueron por todos los rincones de la tierra, predicando para que todos los pueblos acogieran el mensaje de salvación que había traído el Mesías esperado. Así, a la Iglesia de Cristo, se fueron añadiendo judíos y no-judíos, haciéndose entonces católica, es decir, universal.

Por cierto, hay algunos judíos que en estos momentos están dándose cuenta que Jesús es el Mesías prometido y que la Iglesia Católica es la continuación del pueblo de Israel.

En la página web www.salvationisfromthejews.com, vemos el testimonio muy impresionante de un Judío que recientemente se ha hecho Católico:“Si yo era Judío antes, que esperaba y oraba por la venida del Mesías, ¿no soy más Judío aún ahora que estoy adorando y sirviendo al mismísimo Mesías? Simplemente pasé de ser un Judío que estaba ‘en la oscuridad’ a un Judío que conoce la Verdad! Un Judío es mucho más Judío al reconocer y enamorarse del Mesías Judío, pues ése es precisamente el propósito y el centro del Judaísmo”. (Roy Schoeman)

En efecto, si analizamos bien, cuando un Judío se une a la Iglesia Católica, no deja de ser Judío: pasa del Pueblo de Dios escogido, el Israel del Antiguo Testamento, al nuevo Pueblo de Dios, a la Iglesia fundada por el Mesías esperado, la Iglesia Católica.

Rosalyn Moss dice que ella es más Judía después de haberse hecho Católica: "Hacerse católico es la cosa mas judía que se puede hacer". (Rosaly Moss por mucho tiempo evangelizó como laica dentro de la Iglesia Católica, pero recientemente fundó en la Diócesis de Saint Louis, Missouri una congregación religiosa católica, con el nombre de “María Esperanza de los Judíos”)

Ahora bien, en nuestro tiempo el Señor puede hacer la misma acusación al nuevo pueblo de Israel, que es hoy la Iglesia por El fundada. El Señor puede hacer esa acusación a cada uno de los miembros de su Iglesia, a cada uno de nosotros cristianos de este comienzo de milenio.

Y la acusación no sólo es para la Iglesia en su conjunto, sino para cada uno de nosotros sus miembros. ¿Somos mejores nosotros que los que estaban ante Jesús en aquel momento?

El Señor nos dice que nos ha elegido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn. 15, 16). Así quiere que cada uno de nosotros seamos una viña fructífera que dé buenos frutos. Nos da todo lo necesario, tal como nos cuenta el Profeta Isaías en la parábola que aparece en la Primera Lectura y que es preludio de la de Jesús: “removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas ... y esperaba que su viña diera buenas uvas” (Is. 5, 1-7).

Dios nos dice: “¿Qué más puedo hacer por mi viña que yo no lo hiciera?” El Señor nos está diciendo que nos da todo, nos da todo lo que nuestra alma necesita para dar frutos de santidad, para dar frutos de caridad, para dar lo que El espera de nosotros.

¿Cuáles son los frutos esperados? San Pablo enuncia algunos de los frutos del Espíritu: “amor, alegría, paz; paciencia, comprensión de los demás, bondad, fidelidad; mansedumbre y dominio de sí” (Gal. 5, 22). Todas éstas son virtudes que fluyen de la caridad.

Los frutos son todas esas cosas buenas de que nos habla San Pablo en la Segunda Lectura: “Aprecien lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que sea virtud”. Y dando frutos podemos vivir como nos dice el Apóstol: en paz, en la paz verdadera. “La paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, custodie sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús” (Flp. 4, 6-9).

Y bien lo dice Pablo: la paz de Dios no viene de la inteligencia. Es más: la sobrepasa. La paz verdadera viene de vivir en Dios y dar frutos. No puede lograrse a voluntad, sino que nos es dada por Dios.

El Salmo 79 es un Salmo que nos presenta la imagen de la vid, la cual Cristo repite en su Evangelio. El pueblo de Israel es la vid sacada de Egipto, que es llevada a la Tierra Prometida y que se expande bajo el Rey David. Con preguntas el salmista reconoce el castigo (debido a la infidelidad de la idolatría). Luego suplica que proteja a la cepa plantada y al renuevo cultivado por Dios. Al final se muestra un pueblo que aleccionado por el castigo, promete enmendarse.

Ante la insistencia del Señor a que demos fruto, cabe preguntarnos ¿damos fruto? ¿damos fruto bueno? ¿Aprovechamos todas las gracias que Dios nos da para ser como El desea que seamos? ¿Somos realmente lo que El desea que seamos?

¿Cómo dar fruto? Para dar fruto hay que permanecer unidos a El, hay que permanecer en la vid. “Yo soy la Vid y ustedes los sarmientos. Si alguien permanece en Mí y Yo en él, produce mucho fruto, pero sin Mí nada pueden hacer” (Jn. 15, 5).

También usa el Señor el símil de la vid, las ramas y las uvas, para explicar cómo hace fructificar más a quienes ya dan fruto. “Toda rama que dé fruto, será podada para que dé más fruto” (Jn. 15, 2). Es el anuncio de purificación para el cristiano que está dando fruto. Con la poda, su fruto será abundante y durará, tal como sucede a la planta que es podada. La poda duele, ciertamente, pero es necesaria para que la rama se haga frondosa.

Esta frase es la respuesta al cristiano confuso por el sufrimiento: ¿por qué a mí, Señor? El Señor ya nos respondió en su Evangelio: para que des más fruto.

Y a los que no den fruto, ¿qué les sucede? “Yo soy la Vid verdadera y mi Padre el Viñador. Si alguna de mis ramas no produce fruto, El la corta” (Jn. 15, 1). Significa esto que los que no den fruto, serán cortados de la Vid.

Las parábolas del Señor son para enseñarnos y para advertirnos. Su advertencia no se deja esperar en la parábola del Evangelio de hoy. A los que no den fruto les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca frutos”.

¿Qué significa esto? Que los que no den fruto no podrán heredar lo que El tiene prometido a aquéllos que sí den fruto.

El Reino de Dios es la vida en Dios. Es la felicidad perfecta que Dios tiene preparada para aquéllos que den fruto. El Reino de Dios puede comenzar aquí en la tierra -es cierto- pero llega su plenitud en la eternidad.

Pero el Señor advierte que el Reino de Dios no será para los que no den fruto. Que se les quite el Reino de Dios, como advierte Jesús al final de esta parábola, a los que no den el fruto esperado, significa que no tendrán derecho a vivir en su Reino ni aquí, ni en la eternidad. Es como para pensarlo bien ¿no?

03/10/2017

Hacer lo que el Padre quiere
Category: CICLO A Leave a Comment
1 de octubre de 2017 – 26 Domingo Ordinario

Ante la crisis actual no faltan buenas palabras por parte de los políticos y también por parte de la Iglesia. Lo que se echa de menos es un diálogo abierto entre las posiciones encontradas y sobre todo acciones que impidan que las situaciones se enquisten y acaben explotando. Hoy es un día sin duda decisivo para el futuro de nuestro país y confiamos que se sigan buscando caminos de diálogo que no lleven a una división irreconciliable dentro de la sociedad catalana ni en el resto del país. Al final, como nos recuerda el profeta, todos vamos a ser hijos de nuestras obras. Son ellas las que nos van a salvar o llevar a la ruina, como ha sucedido por ahora (Ez 18,25-28).

Decir o hacer es la alternativa ante la que nos pone el evangelio (Mt 21,28-32). Nos presenta una parábola que, para ser más clara, divide el mundo entre buenos y malos, entre los obedecen de palabra y los que obedecen de hecho, aunque con sus palabras se habían negado a hacerlo. Esta presentación en blanco y negro permite que podamos fácilmente identificarnos con uno de los dos hijos de la parábola. En realidad en nuestra vida habrá de todo, pero, al tener que elegir uno de los personajes, podemos ver cuál es la orientación fundamental de nuestra existencia.

Se trata de buscar siempre hacer la voluntad del Padre, lo que Él quiere, lo que a Él le agrada. El amor hay que mostrarlo sobre todo con obras y no quedarnos en meras palabras. Eso es lo que hizo Jesús, que dio un sí incondicional al Padre. Por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres (Filp 2,1-11). Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz. Lo importante es la vida de Jesús y no simplemente sus doctrinas. Son su vida y sus acciones las que nos han salvado y las que han hecho que el Padre lo exalte a su derecha. Así Dios realizaba su proyecto de amor sobre los hombres.

Para poder colaborar con el proyecto del Padre, hay que ponerse a la escucha de lo que Dios nos dice, no sólo a través de los mandamientos, que ha dado para todos los hombres, sino tratando de descubrir cuál es la manera particular como yo debo responder a la llamada de Dios. Cada uno tiene una vocación personal, inscrita ya en el código genético, que expresa el proyecto de Dios sobre mí. Dios normalmente revela su voluntad a través de su palabra, que resuena en el interior de nuestro corazón y que debemos escuchar en el silencio y la oración. Pero a veces habla a gritos a través de las provocaciones de la historia que vivimos, ante la que no podemos quedar insensibles. Hay que saber interpretar los signos de los tiempos. A través de los acontecimientos de la vida diaria, sobre todo del encuentro con las personas, Dios me está constantemente interpelando.

Yo puedo acoger el proyecto de Dios y realizar mi vida orientada hacia Dios, o por el contrario puedo negarme a ello y querer definir yo mismo mi propio proyecto. Dios nos ha dado la libertad, que nos permite hacer con nuestra vida lo que nos da la gana: realizarla o echarla a perder. Para hacer un buen uso de esa libertad que hemos recibido, es necesario discernir constantemente los valores que están en juego en cada una de las decisiones que tomamos. Aparentemente parece que estamos eligiendo realidades ajenas a nosotros, en realidad es siempre nuestra vida la que estamos eligiendo y estamos modelando poco a poco.

Nuestra participación en esta Eucaristía es una manifestación de nuestro sí al Señor. Que el Señor nos conceda trabajar en su viña y colaborar con Él a la venida de su Reino.

Dirección

Solís
2764

Página web

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Capilla Ntra. Señora de Lourdes Solís publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Compartir