20/07/2026
El llamado "evangelio de la prosperidad" enseña que el creyente puede "decretar", "declarar" o "reclamar" milagros, sanidad y prosperidad mediante sus palabras. Sin embargo, esa idea no encuentra respaldo en las Escrituras. La Biblia nunca presenta al cristiano como alguien que tiene autoridad para ordenar a Dios qué debe hacer, sino como un hijo que ora con confianza y se somete a la voluntad de su Padre (Mateo 6:10; 1 Juan 5:14).
Cuando se afirma que basta con "decretar" para recibir un milagro, se desplaza el énfasis de la soberanía de Dios al poder de las palabras del hombre. En lugar de depender de la voluntad divina, se termina promoviendo una fe centrada en el ser humano. Eso transforma la oración en una técnica para obtener resultados y reduce a Dios a un medio para alcanzar nuestros deseos.
El Evangelio bíblico no promete riqueza, salud perfecta o éxito terrenal para todos los creyentes. Promete algo infinitamente mayor: el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y la vida eterna por medio de Jesucristo. Los milagros y las sanidades son reales, pero ocurren cuando Dios, en su perfecta sabiduría y soberanía, decide concederlos para su gloria, no porque alguien los haya decretado o reclamado.
La verdadera fe no intenta controlar a Dios; descansa en Él. No dice: "Yo decreto", sino: "Hágase tu voluntad" (Mateo 6:10). Esa es la diferencia entre la confianza bíblica y el evangelio de la prosperidad.
📷 ABC Biblia