Tal vez, sea ésta una pregunta que muchos se hacen.
¿Qué acontecimientos tuvieron la fuerza para transformar radicalmente la piedad mariana de Santa Fe a casi dos siglos de su fundación? Esta pregunta, a primera vista sencilla, tiene un alcance sumamente grande y, quizás, desconocido para la mayoría. Un poco de historia, apenas un poco, puede ayudarnos a encuadrar nuestra cuestión. Santa Fe, fund
ada por Don Juan de Garay “en el nombre de la Santísima Trinidad y de la Virgen Santa María”, fue tierra devotamente mariana desde sus comienzos. Ya en su primer enclave, en la actual Cayastá, florecieron distintas devociones que echaron hondas raíces en el sentir de sus pobladores. Pensemos en la Virgen de la Merced, advocación que llegó a Santa Fe de la mano de sus primeros misioneros, los religiosos Mercedarios. O en la imagen de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora (pintada hacia el año 1634 en Santa Fe la Vieja, por el hermano Luis Berger, S.J.), en torno a la cual se desarrolló una gran devoción desde aquel 9 de mayo de 1636 en que, ante los padres de la Compañía de Jesús, las autoridades eclesiásticas y civiles y el pueblo todo, brotó de ella “una abundante exudación” (un “sudor milagroso”), llevando a que se cambiara su nombre original por el de “Nuestra Señora de los Milagros”. Pensemos también en la Inmaculada de Garay, bella imagen donada en el año 1642 por la hija de Garay y cuya devoción arraigó profundamente en la piedad mariana de los santafesinos…
Podemos ahora reformular nuestra pregunta:
¿Qué razones fueron capaces de lograr que -habiendo ya en Santa Fe devociones marianas centenarias y acreditadas por milagros clamorosos- la devoción a la Virgen de Guadalupe prácticamente estallara, tomando en pocos años el puesto principal en el corazón mariano de los santafesinos? La respuesta, en forma breve, podría ser: “Un capitán, un mercedario y una imagen providencial”, y luego un ermitaño, guiados por la Madre de la Iglesia y Reina de los Cielos.