05/10/2021
Los excesos no son motivo para no procurar los dones del espíritu en la iglesia:
Con frecuencia la gente utiliza los excesos
carismáticos para probar que hoy en día no se otorgan los dones del Espíritu. Pero esa espada tiene dos filos. Hay excesos en todas las expresiones de la cristiandad. Se trata de que nos acostumbramos a nuestros propios excesos y no nos parecen tan malos como los de otros grupos. Pero ¿es así? Mientras todavía era profesor en el Seminario de
Dallas, estaba almorzando un día con un grupo de estudiantes y uno de ellos mencionó a John Wimber y a Peter Wagner. Otro terció:
—Yo tengo un grave problema con esos dos hombres.
— ¿Por qué? —le pregunté. De
—Porque enseñan en el Seminario Fuller.
Le pregunté qué era tan malo del Seminario Fuller. Me contestó que como facultad y consejo de seminario ya no afirmaban unánimemente la doctrina de la infalibilidad de la Biblia, y por lo tanto, nadie que enseñara allí podía ser confiable. Mientras la discusión proseguía, se puso de manifiesto que el asunto lo apasionaba al punto de montar en cólera.
Más tarde ese día, el mismo estudiante vino a mi oficina en privado y confesó que él había estado luchando durante quince años contra una adicción a la pornografía. También me
confesó que durante el tiempo en que había asistido al seminario había visitado prostitutas tres veces.
Este joven era casado, tenía hijos y también era pastor en una iglesia local. Lo que me asombró fue que él no consideraba que las visitas a las prostitutas fuera adulterio. Lo que más me asombró fue descubrir que él mostraba una reacción mucho más enérgica contra el punto de vista del Seminario Fuller hacia la infalibilidad bíblica, que la que tenía con su propio adulterio. Sentía con mucha más fuerza la doctrina de la infalibilidad que el hecho de que había estado atado por la lujuria durante quince años y había vivido mintiéndoles a su familia y a su iglesia.
Más tarde, cuando algunos hombres de una iglesia carismática local oraron por él (a petición suya) y le pidieron a Dios que rompiera el poder de la lujuria sobre su vida, se incomodó porque uno de los hombres oró muy bajito en lenguas. Una vez más, demostró más preocupación por el hecho de que alguien orara en lenguas que porque él fuera un adúltero esclavizado por la lujuria. Durante el tiempo en que estuve tratando de ayudar
a aquel joven, con frecuencia evalué su situación. El aspecto más perturbador no era que hubiese caído en un pecado sexual deplorable y estuviera en poder de la lujuria; yo había visto sucederle esto a cristianos en cada rama de la iglesia hoy.
Lo que más me perturbaba de este joven pastor era el hecho obvio de que él valoraba más la doctrina que su vida moral. Esta prioridad no es propia de un corazón regenerado. Esta prioridad era algo que sus maestros habían involuntariamente instilado en él. Él aprendió este énfasis de algunas autoridades religiosas en su vida, quienes le dieron mayor valor a la autoridad doctrinal. Este énfasis no se encuentra en las enseñanzas del Nuevo Testamento.
De hecho, este énfasis pervierte la doctrina del Nuevo Testamento, porque considera la mente más importante que el corazón (o sea, los afectos) y afirma que creer las cosas correctas es más importante que hacer las cosas correctas. Este pastor convirtió el conocimiento en el valor supremo de su vida. Había puesto su búsqueda de la pureza en la doctrina, por encima de su búsqueda de la pureza en su propia vida.
-Jack Deere (Sorprendido por el Poder del Espíritu Santo)